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La revolución de las mochilas

Revista FUCSIA

La revolución de las mochilas Foto: Camilo Rozo/15

“Sin el mercado de las mochilas wayúu, este pueblo ya hubiera muerto de hambre”. Esta contundente sentencia de una líder indígena wayúu es solo la afirmación de una nueva realidad que ha creado este tradicional objeto tejido.

Conchita Iguarán aprendió a tejer casi al mismo tiempo que a decir sus primeras palabras en wayuunaiki. Las agujas de croché fueron su juguete y su lápiz; los tejidos fueron sus planas, sus cartillas para desentrañar el mundo y la manera más natural para responderle todos los días a su madre lo que había soñado.

En la cultura Wayúu toda niña debe aprender a tejer, esa será su manera de serle útil a su comunidad. Ellas tejerán los chinchorros donde duerme la familia, las mochilas grandes que sirven de escaparates en la casas de barro de las rancherías. Tejerán también las mallas amplias en las que se pone la múcura para transportar el agua, siempre escaza, y los síira, cinturones de la vestimenta tradicional de los hombres.

Cuando Conchita fue aprendiendo a poner tres hilos de color alrededor del dedo gordo de su minúsculo pie, para luego enredar el hilo y hacer los amarres de las mochilas, no podía sospechar todavía que ese oficio que hacía su abuela y su madre, ese que veía hacer a las mujeres de su tierra, iba a cambiar para siempre la historia del pueblo Wayúu.

Eran los años 70 y los coloridos tradicionales de un pueblo que siempre se ha adornado para celebrar la vida, que han sacudido el desierto de su mutismo, permanecían más bien desconocidos. Los tejidos no salían de las cortas fronteras de las rancherías, eran creaciones simplemente utilitarias y las artesanías apenas eran una cosa considerada por los poquísimos extranjeros que se acercaban al convulso país de entonces. Así, ese saber que para Conchita era natural y que había acompañado toda su infancia constituía un verdadero misterio para la gente de la ciudad. Lo seguiría siendo durante muchos años.

Se despidió Conchita un día, ya más grande, de su arena amarilla, de las puyas del suelo, de su familia, y con su manta se fue a Riohacha. Aprendió a fumar y a tomar café, y así fue deslizándose dentro del mundo de esos otros que no eran indígenas.

 Ella tenía una tremenda misión por delante, quería recoger todo el acervo que durante siglos el pueblo Wayúu había consignado en sus tejidos. “Fueron las monjas las que les enseñaron a las indígenas, en la época de la Colonia, la técnica del croché. Desde entonces las mujeres dejaron atrás los hilos extraídos del trupillo —un árbol que abunda en la zona—, con los que tradicionalmente se tejían sus mayas amplias, para usar los hilos convencionales de algodón. Durante mucho tiempo se tejió solo flores y mariposas en las mochilas. El único lugar en donde la cosmogonía y la imaginería indígena se conservaron fue en los cinturones de la ropa de los hombres”, cuenta Conchita, rememorando todo ese conocimiento que recogió.

A mediados de los años 80, sin embargo, el país asistió al despertar de un interés por lo autóctono, y esto hizo que Conchita y otras mujeres líderes de su comunidad se plantearan si había llegado la hora de indagar en las manifestaciones más profundas del pueblo Wayúu, para expresarlas en los tejidos y dejar de lado esas mariposas y rosas que se podían encontrar en cualquier lugar del mundo. Como el cinturón de los hombres era el último vestigio que quedaba de las maneras como los antepasados habían contado el mundo, las mujeres wayúu empezaron a echar mano de esos dibujos geométricos y de perfecta simetría llamados canás para llevarlos a las mochilas. Así aprendieron a representar en los tejidos la cabeza de la mosca, el ojo del pescado, las estrellas, la tripa de la vaca, la huella de los caballos y algunos elementos para colgar objetos. “Esa simple transformación, ayudada con iniciativas que se comenzaron a hacer en el interior del país —como las pasarelas de Identidad Colombia, que juntaron por primera vez a los grandes diseñadores con los artesanos—, hicieron que la mochila empezara a gozar de una reputación nunca antes imaginada”, confiesa Conchita.



El poder de un tejido

La ranchería Kasiwoluin, a una hora y media de Uribia, está circundada por un árido paisaje cuya belleza es arrebatada por cientos de botellas y bolsas que la rodean. El mar está lejos, la basura muy cerca. Ahí, entre casas oscuras de barro amarillo habitan más de 25 mujeres que tejen al mes, en promedio, más de cien mochilas, que Conchita Iguarán les compra para llevarlas a ferias artesanales como Expoartesano. “Nuestro tejido es nuestra almohada, no nos separamos de él. Yo estuve enferma, pero tan pronto me tomaba la pastilla seguía tejiendo”, cuenta Ramona, una de las mayores de este clan, que apenas ve llegar a Conchita —que ha ido a recoger el nuevo pedido— le dice: “Ajá, Conchita, viniste a traernos más conocimiento”.

De todas, Cirita es la que más teje. En promedio puede hacer más de cinco mochilas al mes. Teje todo el día. Interrumpe su jornada apenas para alimentar a los críos. Su marido es pescador y ella usa su tiempo a solas para apretar bien los nudos y rendir con la costura. Pero cuando el hombre vuelve a casa, ella ya no interrumpe su silencioso ritual. A diferencia de lo que ocurría antes, ahora Cirita sigue tejiendo. Todos en casa saben que de eso depende no pasar hambre en las temporadas en las que la pesca escasea.

Tradicionalmente las mujeres creaban sus tejidos solo para usarlos en la comunidad, y lo máximo que les permitía era colectar mejores rebaños cuando lograban que un hombre les comprara alguna mochila para irse de viaje y les pagara con un par de chivitos. Las mujeres nunca trabajaron y en consecuencia tampoco tuvieron dinero para solventarse, dependieron siempre radicalmente del dinero que proveyera el hombre.

Sin embargo, con el incremento de los pedidos de mochilas desde el interior y con la popularización de la técnica wayúu, impulsada por embajadoras como Amelia Toro o María Luisa Ortiz, los tejidos se fueron convirtiendo en una fuente inesperada y poderosa de ingreso para las mujeres. “Yo le digo que si se quiere ir, que se vaya. Yo ya sé trabajar”, dice Isadora. “Yo pago el estudio de mis hijos y soy la que lleva más dinero a la casa”, replica Cirita, para darle paso a Carmela: “Yo hasta le doy plata cuando me pide para una cerveza”. Ante la carcajada colectiva, Conchita lanza una cruda verdad: “Si no fuera por las mochilas, este pueblo ya se hubiera muerto de hambre, aún así nadie del gobierno local parece ver esto con seriedad”.

A pesar de la algarabía que ha armado la presencia de Conchita, el tiempo de la costura es más bien solitario, en el que cada mujer calladamente comparte sus pensamientos con ese lienzo que teje. Es el silencio la condición sagrada para guardar la armonía de los tejidos. Así, como lo asegura Ramona, tejer mochilas no solo ha transformado su relación con el dinero, sino que también “ayuda al espíritu a conectarse con algo que encierra el misterio mismo del pueblo Wayúu”. Por eso las invade un profundo temor cuando oyen que los intermediarios les piden a costureros de otras regiones que imiten lo que hacen las indígenas, mejor si es con doble hilo grueso para que rinda más y así poder vender una pieza a 40 mil pesos y no a 120 mil, que es el valor apenas justo que reciben las mujeres de esta comunidad por su trabajo. Las alarma, sobre todo, saber que en Medellín una máquina replica los complejos patrones wayúu que ellas han guardado durante años en maltrechas hojitas, que han pasado de generación en generación, y que una simple programación amenace con hacer en un santiamén una mochila perfecta. Les ruegan a los compradores, desde ese rincón lejano de Colombia donde viven, que no dejen que otros les arrebaten esa sagrada fuente de ingresos y de identidad.

Su clamor es difícil de oír. Son mujeres de pocas palabras, no se desenvuelven bien con el español, su lengua, el wayuunaiki, no la habla nadie más excepto los de su pueblo y además habitan uno de los territorios más recónditos y desvalidos de Colombia. Seguir tejiendo es su única verdadera herramienta de protesta ante el mutismo de los gobiernos locales, que han sido lentos en asegurarles una denominación de origen que proteja este acervo.

Tejer mochilas y chinchorros para que líderes como Conchita lleven suficientes productos a Expoartesano, feria que se ha convertido en uno de los pocos lugares que les asegura una venta digna y abundante de sus productos. Tejer para que la perfección de sus nudos —siempre tan apretados que hacen que las mochilas sean consistentes y duras— sea difícil de imitar. Tejer para que en las grandes ciudades siempre haya mujeres intrépidas que quieran romper la igualdad global de la moda con un objeto que cuente la historia de las manos de la mujer que lo hicieron. Tejer para dejar de celebrar calladamente la magnífica supervivencia de su pueblo y compartir con nosotros, los otros, el misterio que los define.

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