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Modelo a los 80

Modelo a los 80 Fotos: AFP

Carmen Dell’Orefice ostenta el récord de la carrera más larga en el mundo del modelaje. Posó para su primera portada hace 65 años y aún sigue deslumbrando en las pasarelas.

La carrera de las modelos no suele durar mucho más de 15 años. Cuando se acercan a los 30 pueden dar por hecho que pronto saldrán del mercado. Con 40 y tantos, Cindy Crawford y Claudia Schiffer ya son cosa del pasado, historia antigua en los anales de la moda. Estas cifras contrastan con la vida de Carmen Dell’Orefice quien, con 80 años recién cumplidos, es la modelo más vieja del mundo. Cualquier mujer de 25 envidiaría su glamour y belleza, pese a su pelo blanco que en nada la hace parecer una abuela.

Su primera aparición en la portada de una revista, Vogue, fue a los 15 años, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces su carrera se disparó: ha posado frente a la cámara de reconocidos fotógrafos, con algunos de los cuales ha tenido romances fugaces. También ha sido imagen de reconocidas marcas como Chanel, musa de Salvador Dalí, y ha lucido su elegancia en las pasarelas para prestigiosos diseñadores como Jean Paul Gaultier y John Galliano. Su carrera parece no detenerse, pues a comienzos de este año desfiló para Alberta Ferretti, pese a que desde hace algún tiempo sufre de dolores en los pies debido a la artritis, al parecer una consecuencia de su época de bailarina. “Soy una mujer trabajadora de 80 años tratando de averiguar cuál es la imagen que puede proyectar. ¿Cómo lo puedo hacer? Con dignidad. Me he esforzado mucho para estar donde estoy”, confesó en una reciente entrevista.

Modelo a pesar de todo
Pero llegar a ese punto no fue fácil, aunque empezó muy temprano. Su madre, una inmigrante húngara de escasos recursos, quería que desde sus primeros años Carmen siguiera sus pasos en el ballet. Pero a los 12 años la niña enfermó de fiebre reumática y ese sueño se vino al piso. Debido a las dificultades económicas y ante el abandono del padre, la pequeña tuvo que pasar algunos periodos en hogares sustitutos mientras que su mamá trataba de conseguir dinero para alquilar un lugar modesto para ambas en Nueva York. Sin embargo, su relación no era la mejor. Carmen recuerda que ella solía burlarse de sus aspiraciones de ser modelo, pues consideraba que tenía orejas de Dumbo y pies del tamaño de un ataúd. Esas aparentes imperfecciones no impidieron que en un bus una pasajera notara su belleza y le propusiera hacer una sesión de fotos de prueba con su esposo, que trabajaba para la revista Harper’s Bazaar.

Pero el resultado no fue el que ella esperaba: “Me dijeron que no era nada fotogénica”. En otra oportunidad pidió una cita con la fotógrafa Louise Dahl-Wolfe, quien la regañó por maquillarse siendo tan niña. Cuando Carmen le contestó que no se echaba nada en la cara, la mujer, incrédula, le jaló las pestañas para verificar que no eran postizas. Aun así le manifestó que no tenía edad para ganarse la vida frente a una cámara. Y en un encuentro con la editora de moda Diana Vreeland, ésta le dijo que si hacía que su cuello se estirara una pulgada más la mandaría a París. Carmen asegura haberlo logrado sin importar el precio. Cuando por fin viajó a la Ciudad Luz lo hizo acompañada de su máquina de coser para improvisar sus diseños con sábanas de segunda.

Cuenta que la editorial Condé Nast, responsable de revistas como Vanity Fair, Vogue y Glamour, pagó para que le hicieran un tratamiento con hormonas que adelantara su desarrollo y el crecimiento de sus senos. Otro detalle que podría resultar escandaloso fue haber posado topless, a los 13 años, para Salvador Dalí. Tan solo con 15 años Carmen empezó a ganar una cifra equivalente a 1.000 dólares semanales y con eso no solo ayudó a su mamá a estudiar, sino que mantuvo a su papá, un violinista italiano que se había ido de casa cuando ella era bebé.

Sin embargo, el éxito llegó acompañado de una vida caótica que en la actualidad inspira el guión de una película. Se casó tres veces y admite que a su primer marido “lo compró” siendo una adolescente, pues le regaló caballos de carreras para conquistarlo. Como él no quería tener hijos la obligó a abortar varias veces hasta que quedó embarazada de su hija Laura, con quien, admite, la relación no ha sido fácil debido a su carrera. Luego de su segundo matrimonio, esta vez con un fotógrafo, decidió paradójicamente alejarse de las cámaras por un tiempo. Y su tercer esposo fue un arquitecto drogadicto. Por si fuera poco, una de sus recientes conquistas le presentó a Bernard Madoff y con él perdió casi todos sus ahorros.

A pesar de estos reveses, Carmen asegura que no renuncia al amor, y que el sexo para ella sigue siendo uno de los métodos más eficaces a la hora de mantenerse joven. La disciplina y el ejercicio son otras de sus armas, así como dormir bien y no fumar. Pero cuando le preguntan por su mejor secreto de belleza, la octogenaria no habla de bótox, ni de cirugías o tratamientos sofisticados: se trata de una crema para ablandar las ubres de las vacas, “tan buena como una crema de Elizabeth Arden, pero mucho más barata”.

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