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‘Mujer Colombiana 2011’: Una mujer de temple

Camándula

‘Mujer Colombiana 2011’:  Una mujer de temple Fotos: Cortesía Julia Salvi

Por votación de nuestros lectores, Julia Salvi fue elegida como ‘Mujer Colombiana FUCSIA-La Riviera 2011’. Alma del Festival de Música de Cartagena, está empeñada en llevar la música y difundir el arpa por todos los rincones del país.

Generosa, obstinada, leal, estricta e impaciente, Julia Torres Forero, hoy Julia Salvi, cree en Dios, en los milagros, la música, el respeto y el destino. Le reza a la Virgen, medita con su iPad, y hace yoga para fortalecer su espíritu.

Extrovertida y sociable, le encanta la gente y la incluye en sus proyectos, con la seguridad infundida por el amor de su padre y los privilegios de su abuela.  De paladar criollo, pan de yuca y café colombiano, reside entre Francia e Inglaterra, en casas de estilo provenzal, llenas de recuerdos de viajes, antigüedades italianas y cuadros de Campuzano, Roda, Zamora, Grau…

No puede tener más vestidos, zapatos o carteras, pero vive en una maleta y duerme en los aviones acompañada de la foto de sus hijos y un dije con San Cristóbal, el santo de los viajes, que le regalaron sus nietos. Lectora de Isabel Allende, García Márquez, Dostoievski, Kafka, le gusta toda la música, clásica, los vallenatos, el bolero Solamente una vez, la canción Señora María Rosa; María Dolores Pradera, Cuco Sánchez.

Hace cinco años cambió su vida amable, consentida y sofisticada, entre proyectos con el Príncipe de Gales y el círculo calmo y cerrado de intelectuales en Francia, por crear en Colombia el Festival de Música de Cartagena y conseguir fondos aquí y allá, para llegar a barrios apartados y comunas, becando y formando jóvenes talentos con músicos famosos. Misión de sacrificios y milagros que vive de la generosidad de la gente. Al Festival lo cuida un ángel.

Raíces
“Yo nací en Cali. La familia de mi madre es del Valle, mi papá es opita. Ellos se conocieron cuando la gente no se movía y se casaban con los de su pueblo. Mi madre era de una familia muy grande de primos, de Roldanillo. Su madre era la mayor de tres hermanas, casadas con tres hermanos. Eso marcó nuestras vidas, porque ellas eran muy unidas y tenían fincas en el Valle del Cauca, al lado del río, así que crecimos todos juntos como hermanos. Llevábamos una vida de familia, no había extraños.

Mi madre sabía cocinar, bordar, coser, limpiar y hasta virutear el piso con el pie. Esperaba a que su esposo llegara y le tenía el mejor puesto, el mejor plato; todo el mundo se callaba, no había ruido, los hijos se acostaban temprano. Nos bañaban con agua fría y nos secaban en el jardín bajo el sol, porque era bueno para la circulación. Nos peinaban con colas de caballo y nos ponían vestidos de organza almidonada".

Muy contemplada por mi papá, él no me sabía decir que no. Para controlarme, mi mamá me castigó más de una vez por saquear la despensa o jugar rayuela hasta tarde… Yo era el compañero de juegos de mi hermano, nos subíamos a los árboles, jugábamos trompo en la calle y ‘La vuelta a Colombia en bicicleta’, con tapas de gaseosa que llenábamos con cera. Las vacaciones eran en Semana Santa con mi abuela, oyendo música clásica por la emisora Carvajal y rezando el rosario con paciencia. Mi infancia fue feliz, pero sin fiestas, porque mi madre era muy estricta. En realidad, éramos cuatro monjas y un cura, y salir era complejo.

En el Colegio de la Presentación fui aplicada, pero necia e indisciplinada. De niña fui un tomboy; de mujer, superfemenina. De mi primer novio no me gusta hablar. Sufrí mucho. Entré a estudiar Economía en la Universidad Javeriana y terminé estudiando Riesgos en Seguros, en Londres. Allá conocí a mi esposo, Víctor Salvi. Yo tenía 24 años y él 60”.

El destino

Arpista e inventor, que figura en las enciclopedias de la música como el creador más importante después de Erard, un constructor del siglo XIX que hizo los cambios más importantes en el piano y el arpa, Víctor viene de una familia italiana de músicos. Su padre era luthier, los padres de su madre, constructores de instrumentos, y el hermano mayor de su abuelo, Alberto Salvi, el arpista más importante de todos los tiempos.

“Víctor nació en Chicago, estudió arte en el conservatorio, interpretó el arpa en Nueva York con la Orquesta Sinfónica de la NBC, cuyo director era Arturo Toscanini, uno de los más importantes de esa época, y con Leonard Bernstein, el compositor de la música de West Side Story. En Italia continuó la tradición familiar y empezó su fábrica de instrumentos, con los mejores talladores y restauradores del Piamonte y expertos suizos en la parte mecánica. Empezó a viajar para dar a conocer el arpa en el mundo, hizo un mal matrimonio y después lo conocí yo”.

El hombre del arpa

“Educado, culto, galante, discreto y detallista, desde el principio lo admiré y comprendí que el especial era él, sus cosas, su vida, sus pensamientos; no yo. Cuando me propuso matrimonio, preferí que viviéramos juntos. Me llevó a su residencia en Rapallo y empezamos a viajar por el mundo. Nació mi hija y luego mi hijo… yo quería ser mamá, tener diez hijos y ser como mis tías, pero el destino me llevó por otro camino.

Víctor no nació para ser papá, sino para tener una esposa y cómplice que lo siguiera. No había espacio para los hijos. Él no me sabía compartir y yo, joven e inmadura, me dediqué a trabajar con él, como su sombra, y metí a mis hijos internos en Londres, de los 7 a los 18 años. Nunca tuve tiempo para ellos. Ese es un regret en mi vida. Yo era la business y él era el artista. Yo hacía realidad sus sueños y, como la música y su mundo son tan hermosos, fui feliz acompañándolo.

Lejos de Colombia desde la época de violencia de Pablo Escobar, empezamos a volver en vacaciones y en el 2007 lanzamos el Festival Internacional de Música de Cartagena. Fue tal la emoción de mi esposo al ver realizado su sueño, que le dio un infarto en la inauguración. A los 16 años no me dejaron ser monja misionera. Ahora trabajar por mi país es mi misión, aportándole a una sociedad que necesita que se le enseñe y se le eduque, para poderse superar”.

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