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Gloriosos defectos físicos

Revista FUCSIA

Gloriosos defectos físicos Foto: Camilo George/15

Parece que nos negamos a aceptar la imperfección. En Fucsia creemos que son justamente esos detalles los que deberíamos engrandecer, celebrar y reivindicar, porque son los que hacen que nuestro cuerpo sea único.

ODA A UNA NARIZ
Silvana Saffon. Modelo


Angustias tenemos todos al crecer. La adolescencia es una batalla física de la que siempre se quiere salir ileso. Ella era alta, altísima, y empezaba a sobresalir al lado de los de su edad. Otra cosa sobresalía también: su nariz. ¿Qué había de malo en tener algo que la diferenciara? Esa fue una pregunta que empezó a responderse con la cabeza en alto solo con los años.

Hubo atisbos de complejos, claro, su perfil no encajaba propiamente con las narices espigadas de las canónicamente bellas. Sin embargo, ese perfil que desencajaba la fórmula parecía a la vez regalarle algo especial, algo que no solo detonó rasgos fuertes de su personalidad, sino que además pronto atrajo la atención del director de una agencia de modelaje, quien vería en esa nariz ocultada, rechazada, no querida un verdadero don. En sus veinte, con mucha más seguridad en su mirada y en su forma de caminar, con un imponente 1.80 de estatura, descubrió que lo podía todo, que una nariz no era un obstáculo sino una ventaja al momento de ser recordada, incluso en el difícil mundo del modelaje.

Las fotos publicitarias, mucho más tradicionales en sus búsquedas de belleza, no iban a ser su fuerte, lo serían sí, por el contrario, las pasarelas y los catálogos de los diseñadores, lugares en donde siempre se está buscando algo que sorprenda, que desafíe la norma, que conmueva, que capture por unos instantes la atención volátil de la audiencia. Ahora ve su nariz y sabe que en ella no solo residen los gloriosos genes de su familia, sino que es el detalle que la hace inolvidable.


Foto: Camilo George/15

ODA A UNAS OREJAS
María Teresa Mora. Top Model


Se las han pegado con cinta, han usado su pelo de mil maneras para ocultarlas y en su casa sus hermanas decidieron operarse de una vez por todas ese par de orejas que parecían siempre asomarse indiscretas entre el pelo y romper con los ángulos armónicos de sus caras. Ella, sin embargo, no ha querido tocarlas, aunque le han sacado llanto. De niña, una compañerita de salón a quien trató de ofender diciéndole “cumbambona” le gritó: “tienes una cabeza muy pequeña para esas orejas tan grandes”. Sentenciada quedó y vino a la luz una revelación de sí misma: tenía, efectivamente, las orejas grandes.

Pero esas indomables compañeras fueron convirtiéndose con el tiempo en su manera más genuina de decirle al mundo que ella no quiere parecerse a nadie más.Se cree de forma ingenua que esas mujeres que vemos desfilar perfectas en las revistas no padecen su cuerpo, pero, como alguna vez dijo la artista plástica Vanessa Beecroft al ver desnudas a las modelos con las que trabajaba en una obra, “tenerlas a todas así era ser testigo de que toda mujer, por idílica que parezca, guarda un grado de imperfección”. En lugar de esconder sus orejas, ella ha sabido volverlas un objeto de gracia, una buena manera de mantenerse aterrizada y, sobre todo, una excusa para reírse un poco de sí misma entre tanta solemnidad y glamour que le exige ser una de las modelos más reputadas de este país.


Foto: Camilo George/15


ODA A LA CABEZA
Laura Rojas. Estudiante y editora


El pelo de la cabeza se va, se van también las cejas, se van las pestañas, ese anodino vello de los brazos, se van todos esos hilitos dorados que alguna vez adornaron el cuerpo. Una margarita deshojándose, pensó, o, más bien un diente de león de esos que se soplan y sus pelusas salen alegremente a volar por los aires. Así perdió su pelo. Así opera la alopecia areata universal, una enfermedad que apareció en su vida a los 17 años.

Su padre le dijo que la prefería sin pelo, su madre que estaba feliz de haberle cuidado bien la redondez de la cabeza cuando era una bebé, sus amigas propusieron raparse como ella la cabeza, su abuelo le dijo que esta era la manera más efectiva para saber quién la amaría de verdad y su abuela llamó a sus amigas y armaron una fiesta de té y de pañoletas para volver ese espacio silencioso que había dejado el pelo algo alegre, lleno de colores, de vida. Así, ella no tuvo tiempo de sentir compasión por si misma.Tuvo sí días de tristeza. Un tarde, sentada en el cuarto, con una peinilla se peinó y se peinó hasta que el tapete quedó lleno de bolitas enmarañadas de pelo. Fue un día de oscuridad que se dio el permiso de tener.

Debía, sin embargo, seguir adelante, le había sido arrebatado el pelo, pero no sus ganas de ser mujer. Le dio un no rotundo a las pelucas, eran para ella como uno de esos brasiéres rellenos que tarde o temprano revelan la verdad de lo que esconden. Si se ponía pelo falso, ¿cuándo iba ella a confesarle a ese él que la mirara que no tenía pelo? Prefirió andar así por la vida, sincera, sus cejas y sus pestañas aparecieron de nuevo para devolverle su expresividad y decidió inventar un origami complejo de pañoletas y turbantes que terminaron por hacerla dueña de un estilo que jamás sospechó. Hizo de la alopecia la enfermedad de la perseverancia. Nadie sabe qué la produce, pero lo cierto es que los folículos capilares nunca se mueren, siempre tienen la potencia de sanar. Así que prueba una cosa y otra, mientras con su cara pícara desafía las reglas de la belleza.

A la final sabe que por haber perdido su pelo no fue más o menos coqueta, mejor o peor recibida, más o menos amada –los hombres cometieron las mismas embarradas que habrían cometido con cualquier mujer–. Ella sabe que la especialidad de un alma no radica en una sola parte del cuerpo, y mientras su pelo indeciso un día vuelve, ella termina sus parciales, edita un libro y escribe artículos para evidenciar la inmensa amplitud de la belleza.


Foto: Camilo George/15


ODA A UNA CICATRIZ
Ana María Cano. Diseñadora industrial

Una cicatriz. Una cicatriz enorme le recorre la espalda. Cuando la ve en el espejo recuerda los días en los que nada había dejado huella en esa piel, los días en que su espalda inmaculada era quizás el lugar que más celebraba de su cuerpo. Eran, sin embargo, días en los que sus piernas inexplicablemente siempre estaban adormecidas. Una cicatriz. Una cicatriz divide su dorso en dos y le trae a la memoria ese momento en el que un médico descubrió que padecía de una escoliosis severa, que no le iba dejar descansar del hormigueo en los pies. La operación la liberaría de las molestias, pero tendría dos consecuencias: podía quedar inválida y además dejaría una extensa cicatriz.

No tuvo miedo. Por eso, la gran línea que delimita su columna vertebral, como si alguien la repasara con un lápiz rojo, es el emblema más bello que le dejó su arrojo, su riesgo de ir a la operación.Claro que lloró la espalda virginal perdida, claro que lamentó los días en los que no había rastros de hospital en su cuerpo, sin embargo, antes que pena o lamentos, esa cicatriz empezó a evidenciarle cada mañana, cada tarde de playa, cada desnudez en la ducha, que ella era una verraca y que no había manera de que tanto valor no encontrara forma de ser amado.


Foto: Camilo George/15

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