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Nigella Lawson, la caída de una heroína

Revista FUCSIA

Nigella Lawson, la caída  de una heroína Foto: www.thejogblog.co.za

Para la mayoría de los lectores puede resultar desconocido el nombre de Nigella Lawson. Pues bien, aparte de ser la chef más famosa de Inglaterra, era mi heroína.

Por: Lila Ochoa

Una mujer de más de 50 años, de bonitas curvas, divina. Apasionada por la cocina, su programa de televisión se convirtió muy pronto en el favorito de la audiencia en su país y el resto del mundo gracias al cable. Educada en los mejores colegios, como que estudió lenguas en Oxford, Nigella era a la vez una intelectual amante del arte y de los libros, editora literaria de The Sunday Times, y acostumbraba a codearse con los poetas, escritores y artistas más importantes de su época. Fue crítica de restaurantes y finalmente creó un programa de cocina único en su especie. En teoría, una vida de privilegios, pero no en la realidad. 

Para empezar, en los años ochenta su madre, con quien no se entendía muy bien, murió a los 48 años de cáncer. Le siguieron la hermana de Nigella, Thomasina, de 32 años, y John Diamond, su primer marido, de 47. Su padre, Nigel Lawson, canciller durante el gobierno de Margareth Thatcher y periodista, era su ídolo. Como a él no le gustaba tomar solo, muy pronto la joven se aficionó al licor. Y también lo perdió a él a causa de un cáncer. Aparentemente Nigella, quien enfrentó una vida marcada por el dolor de sucesivas pérdidas, había tenido la fuerza interior para superar y asumir su nueva existencia, pasando de ser periodista a convertirse en una estrella de la televisión. 

Para su primer libro, How to Eat, rescató las recetas de su familia. Afirmó entonces en una entrevista: “mi libro es una continua conversación con mi hermana y mi mamá”. Eso me hizo salir a comprar sus libros y aficionarme a sus programas. Hace diez años se casó con Charles Saatchi, un millonario dueño de una agencia de publicidad y luego, después de vender la compañía, coleccionista de arte. Era un matrimonio de cuento de hadas que después de una década se convirtió en un escenario de horror.

Nigella llegó al mundo de la fama gracias a sus recetas y a su carisma en televisión. Empezó a ganar millones de dólares y, mirando la cosas desde afuera, era imposible pensar en alguien más feliz. Con Saatchi tenía el matrimonio perfecto de una familia binuclear, como se dice ahora, en la que todos vivían bajo el mismo techo, dichosos y felices y, como en el cuento, “comiendo perdices”. Las cosas empezaron a cambiar en julio del año pasado cuando un fotógrafo captó una imagen de Nigella y Charles, en Scott’s, un conocido restaurante londinense. En la foto se ve a su marido intentando ahorcarla. Cuando estalló el escándalo, ella se divorció, callada la boca, sin pedir nada, pues tenía su propia fortuna. Seguí admirando su fortaleza para romper esa relación de violencia y maltrato, y su integridad de no mezclarle al escándalo asuntos de plata, cosa nada fácil de hacer. 

Pero ayer, leyendo la prensa inglesa, me enteré de su secreto mejor guardado, que acaba de salir a la luz en una corte de Londres. Nigella se drogaba, era una usuaria habitual de cocaína. Para mantener su ritmo alocado de trabajo, para no engordarse, se envició y de paso llevó a su hija a ese temido abismo. Tuve que leerlo más de dos veces porque no podía creerlo. ¿Por qué tendemos a endiosar a personajes que terminan siendo ídolos de barro? ¿Por qué una mujer que lo tiene todo lo tira por la borda por cuenta de una adicción? ¿Será que la riqueza y la celebridad son enemigas de la felicidad? Según se supo, las dos asistentes de Nigella eran las encargadas de comprar la cocaína y a cambio podían gastar sin límites con sus tarjetas de crédito.
Pero, ¿cómo diablos pasó esto? Como suelo repetirlo, no somos jueces de nadie pero creo que nos estamos haciendo los de la vista gorda frente a la droga, no solamente los colombianos sino el resto del mundo. Cada vez se oye más que las fiestas de los jóvenes en Colombia son lugares donde abundan el trago y las drogas. Con el cuento de que es algo recreacional, los muchachos tratan de convencer a sus padres de que no pasa nada. Pero cada vez sabemos con mayor frecuencia de un cantante o una joven actriz que terminan en rehabilitación.

Por eso me pregunto si estamos subestimando el efecto destructor de estas substancias, y qué es lo que nos impide educar a las generaciones que nos siguen para que entiendan el peligro y se alejen de estos enemigos mortales. Finalmente, uno aprende a no pasar el dedo por la llama para no quemarse, y por eso no puede entender por qué no comprenden que las drogas también queman el cerebro y el alma, que acaban con la vida. ¿Cómo puede uno acolitarle a una hija de 19 años algo que le va a destruir? Sí, somos humanos, tenemos debilidades, nadie es perfecto, pero, ¡por Dios!, hay que tomar en serio los estragos de la cocaína y de sus primas hermanas. Ahora entiendo por qué Charles Saatchi quería ahorcar esa noche en Scott’s a Nigella Lawson. Y viene a mi mente, inevitablemente, una lección de vida: celebridad, riqueza y poder son un coctel venenoso. Un mal que no respeta género, clase social, religión ni afiliación política. Por favor, dejemos de jugar con las drogas, son substancias adictivas y destructoras.

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