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No todo puede llamarse amor

Revista FUCSIA

No todo puede llamarse amor No todo puede llamarse amor

El thriller psicológico 'Gone Girl', de la escritora Gillian Flynn, que ya es un 'bestseller,' es llevado a la pantalla por el cineasta David Fincher. El éxito mundial en taquilla pone sobre la mesa la obsesión por el otro.

El ciclo del amor parece estar escrito: empieza por una atracción y termina en llanto. En el mejor de los casos, en una tranquila despedida donde ambos concuerdan en decirse adiós. Pero aun así el amor está muy cerca de ser una tragedia, y de ese quiebre entre el afecto y la desesperanza habla la estadounidense Gillian Flynn en su novela titulada Gone Girl, traducida en Latinoamérica como Perdida. La escritora de 43 años, hija del famoso comediante Jerry Seinfeld y la novelista de suspenso Patricia Highsmith, ha creado otro fenómeno masivo en torno a las relaciones de pareja, mucho más oscuro que el que causó Cincuenta sombras de Grey.

Después de su publicación en 2012, Gone Girl es hoy el libro más vendido en Estados Unidos. Si bien tenía ya miles de lectores, fue la adaptación que hizo el reconocido cineasta David Fincher –Seven (1995), Fight Club (1999), The Curious Case of Benjamin Button (2008), The Social Network (2010)– lo que le dio una nueva audiencia en todo el mundo, y por ser Flynn quien escribió el guion de la película la esencia del texto se mantuvo. “La clave de una buena adaptación está en respetar las enormes diferencias entre un libro y una película, y hacer algunos ajustes para no guardar todo lo que me gustó del libro, solamente lo que necesitaba. Todo se reduce a la trama, que es la que mueve todo (y es muy difícil desmontarla demasiado), y a lograr que estos personajes sean creíbles para que puedan ir a los lugares locos que va la historia”, le dijo la escritora a la revista Rolling Stone.

En la pantalla, los personajes de Nick y Amy Dunne son representados por un lacónico Ben Affleck y una intrigante Rosamund Pike, quienes le dan el equilibrio necesario a la historia que comienza con la celebración del quinto aniversario de la pareja cuando ella ha desaparecido. Los hechos que rodean la trama –y que sería una tontería revelar aquí– describen a una mujer hermosa e inteligente, a la vez protagonista de un éxito literario llamado El mundo de Amy –del que sus padres se aprovecharon durante largo tiempo para contar una versión mejorada de su infancia– que empieza a notar cambios en su relación amorosa después de una mudanza.

Es la interpretación de la actriz de papeles menores en Pride and Prejudice y Die Another Day, quien le robó el papel a estrellas como Natalie Portman, Charlize Theron y Emily Blunt, la que le da a la película un tinte sombrío en la compañía de un Ben Affleck que estudió los perfiles de hombres acusados de haber matado a sus esposas y que luce tan vacío como una pieza de porcelana. Ambos resultan perfectos en sus roles.

La décima película de David Fincher es una macabra y bien contada versión sobre las vicisitudes del matrimonio moderno, que se vale de las composiciones de Trent Reznor, ganador del Óscar por la banda sonora de The Social Network, para imprimirle mayor suspenso. “Ha sido muy divertido hacer esta película, un reto interesante con algunos parámetros diferentes que nos mantienen en vilo. Eso es lo que hace que sea buena. Es mucho más oscura de lo que esperaba. El libro no es exactamente edificante o feliz, pero la película es repugnante”, expresó a Entertainment Weekly el fundador y líder de la banda Nine Inch Nails.

Por un lado, Gone Girl aborda el típico procedimiento de un crimen policíaco que acusa de sospechoso al personaje más cercano a la víctima y, por el otro, lanza una sátira acerca de cómo los medios de comunicación cubren las noticias con sensacionalismo. Este juego mental de dos horas y media es una excusa para adentrar al espectador en una reflexión en torno al amor y a los vínculos de poder dentro de las relaciones. “Yo había hecho tres películas donde la narración se adelantó a la audiencia y todo se reveló al final. Pero nunca había hecho algo con el ‘¡Oh, no, no abra la puerta!’, una especie de ironía dramática. Así que quería probar eso”, reveló el cineasta que se ha hecho un lugar en Hollywood a través de una narración poco convencional, de escenas que inspiran miedo y personajes convertidos en antihéroes.

De hecho, no es de asombrarse que en esta nueva entrega se haya tildado a la protagonista como una representación misógina que saca a relucir los miedos existentes en torno al comportamiento femenino y pone al espectador a elegir con quién simpatiza más, como si fuera una batalla de géneros. Es tal la conmoción –una paradoja a sabiendas de que la película habla del sensacionalismo mediático– que en distintos medios de comunicación del mundo se han hecho varios análisis tratando de tomar partido acerca de si Gone Girl es un retrato sobre una mujer que está loca o un manifiesto sobre el feminismo. En la revista Time, por ejemplo, se extienden sobre un concepto que la misma Gillian Flynn exteriorizó en el libro: “la chica cool”, una mujer que pretende ser lo que los hombres quieren con el fin de atraer su atención manteniendo su figura, amando el sexo y comiendo hamburguesas.

“El hecho de ser una chica cool significa que soy una mujer brillante, sexy, divertida; que adora el fútbol, el póker, los chistes verdes, los eructos; que practica juegos de video; que bebe cerveza barata; que ama los tríos, el sexo anal, y atragantarse de perros calientes y hamburguesas como si estuviera presenciando el éxito culinario más importante del mundo, mientras que de alguna manera se mantiene en talla 2, porque las chicas cool son, por encima de todo, atractivas. Atractivas y comprensivas. Las chicas cool nunca se enojan, solo sonríen de manera disgustada-amorosa y dejan que sus hombres hagan lo que quieran. Los hombres piensan que en realidad existe esa chica. Tal vez se engañan, porque muchas mujeres están dispuestas a hacerse pasar por ella... ¡Ah!, y si usted no es una chica cool, no crea que su hombre no quiere a esa chica cool”.

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