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María Fernanda Pérez lleva diez años vendiendo joyas a domicilio y en su casa. Ya no sabe cuántas clientas tiene, pero sabe que el éxito de su negocio está en... que es estrictamente personalizado.

 
Pera no nació por casualidad. María Fernanda Pérez de Caro ha estado vinculada al mundo de la joyería por más de veinte años. Lo que si fue una jugada del destino fue haber terminado metida en ese negocio. De niña quería ser doctora, recuerda que su primer paciente fue Bozo, un payaso de tela que operaba con un kit médico infantil que le regaló su abuela. Era una estudiante de primaria del Gimnasio Femenino cuando su mejor amiga, Catalina Zuluaga, la empezó a llamar “Pera”. Se quedó así para todas las compañeras de su generación, y apenas tuvo la idea de montar su negocio, aquel apodo de infancia reapareció y le pareció el nombre ideal para sus joyas.

No sólo no tenía que pensar en otras posibilidades, sino que representaba algo íntimo y personal que es precisamente de lo que se trata su marca. Los collares, pulseras o aretes de Pera no se encuentran en ningún almacén del país. Para comprar uno de los diseños elaborados de plata y piedras semipreciosas que María Fernanda crea, es necesario ponerse en contacto con ella. La magia de su producto está en la atención cara a cara. En que cada pieza que elabora no es igual a otra y en que las clientas que la visitan pueden llegar con una idea en la cabeza que ella logra materializar.No fue médica como quería en su infancia. Intentó estudiar Derecho en la Universidad de los Andes, pero pronto se dio cuenta de que lo que la movía era la creatividad. Se cambió a Diseño de Textiles en la misma institución y fue feliz.

En esas estaba cuando Guillermo Cano, un soltero recién graduado de una universidad en el extranjero, se mudó a su mismo edificio. Coincidían en el ascensor y en el parqueadero, pues los puestos de sus carros estaban juntos. Pasó poco tiempo para que los presentaran formalmente y para que se casaran.

La familia de Guillermo tenía una empresa familiar de joyas y María Fernanda empezó a trabajar, muy a gusto, con ellos. Vivió en Brasil, Nueva York y, por casi veinte años, asistió a 18 ferias de joyas al año. Toda esa experiencia le sirvió para conocer el negocio y para darse cuenta de qué era lo que quería: ser independiente y manejar un mercado pequeño.

En 1999 se involucró con una fundación que dona prótesis y sillas de ruedas a personas discapacitadas. Para recolectar plata le propusieron hacer algunos collares y venderlos en una kermés de caridad. Lo hizo. Contrató a Mercedes, una mujer que le había pedido que la ayudara a vender sus collares, y con unas perlitas de plástico y unos delicados cordones hizo sus primeras creaciones. Ya era independiente.

Sus diseños tomaron fuerza y cada vez la llamaban más clientas pidiéndole productos. Ya no sabe con exactitud cuántas tiene, pero sabe que es un número considerable que se extiende hasta Estados Unidos. Cada vez que va a Nueva York sus amigas hacen jewelry parties (fiestas de joyas) donde invitan a sus amigas más cercanas a ver los accesorios de María Fernanda en las salas de sus casas.

Hasta donde María Fernanda se puede llegar con una idea básica en la cabeza, con una petición clara para un regalo, o a buscar algo que complemente un ajuar de matrimonio. En estos casos ella prefiere que su clienta tenga todo lo que se va a poner a la mano, desde el vestido hasta la cartera. Una cosa que jamás se debe hacer es llevarle un recorte de revista para que lo copie. “Eso es un pecado mortal”, dice, y luego explica que ella no copia, pero sí puede crear sus propias versiones de las tendencias que se usan en un determinado momento.

Si quieres conocer sus exclusivos diseños sólo hay que llamarla, y de eso dependerá si  la visitas a ella o ella llega a ti, con su maletica cargada de joyas.
 
Datos de contacto:
Cel:
(315) 3311157, 2263542

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