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Piezas que trascienden

Revista FUCSIA

Piezas que  trascienden Piezas que trascienden

La diseñadora María Elena Villamil demostró una vez más, en las pasarelas del Cali Exposhow, que su trabajo de tintes arquitectónicos consolida una silueta particular que habla de cómo la moda local ha madurado y de cómo sus procesos marcan una senda interesante para la industria.

Si la moda ha trascendido en el mundo mucho más allá de sus universos predecibles de prendas bellas y excelsos tacones, es porque a lo largo de su historia ha sabido crear alianzas estratégicas con disciplinas vecinas como el arte y la arquitectura. Esas colaboraciones, esos préstamos de técnicas y saberes, enriquecen la producción misma del vestido y hacen más compleja la concepción del cuerpo.

Quizás la moda nacional carece un poco de esa capacidad de mirar hacia otros lugares menos prefigurados e ir al encuentro de otras miradas que, además, le permitan ampliar su lenguaje y hablarle a un mayor universo de personas. Quizás en esto radica la importancia del trabajo que viene haciendo María Elena Villamil desde hace ya unos años –cinco, para ser más precisos–. Su habilidad de encontrar respuestas en la exploración formal arquitectónica, de observar las líneas y de trabajar sus vestidos con la rigurosidad de los planos, han hecho que su propuesta sea cada vez más consistente, que cada vestido de una nueva colección grite con furia que es un fruto emblemático de su impronta como diseñadora.

Después de dos años de silencio, de un receso necesario que le trajo mucha introspección, María Elena volvió a las pasarelas del reciente Cali Exposhow con una línea que tiene en el hexágono su fundamento. El Museo Maya de México, construido por el arquitecto Fernando Romero, que parte de esta forma esencial de la geometría en su estructura, le dio el punto de partida a la diseñadora, que iría descubriendo que esta figura resultaba más orgánica de lo que sospechaba. En su indagación no fue difícil notar que el hexágono se repetía insistentemente en muchas formas de la naturaleza y, sintiendo que esa era una metáfora casi literal de sus propias creaciones, que mutan entre lo estructural y lo orgánico, decidió empezar a hacer de este polígono la inspiración de sus patrones, de sus bolsillos, insignia de cada una de sus piezas, y de sus estampados.

Como es su costumbre, en esta colección mostró su gusto por lo monocromático y por una paleta de color básica en la que imperan casi religiosamente los negros y los blancos. Pero esta vez el amarillo, un tono complementario y vibrante, y los estampados, dotaron de nuevos elementos su lenguaje, que encontró también en el color una materia expresiva. Para esta colección, María Elena introdujo además una novedad que puede sentar un precedente muy importante entre los diseñadores nacionales: contrató a la crítica de moda Catherine Villota como su curadora, una figura de la cual se ha prescindido en Colombia aunque es muy común en el mundo.

“El ejercicio, muy interesante, fue buscar un interlocutor que me ayudara a organizar las salidas sobre la pasarela y a ‘limpiar’ hasta donde fuera posible la colección para mostrarla de la manera más coherente y eficaz. Por lo general permanezco sola en mi proceso creativo, paso meses ensimismada y hay un momento en el que estoy tan encariñada con cada pieza que pierdo un poco la perspectiva, allí es fundamental contar con la retroalimentación de un ojo fresco, conocedor, que me ayude a sacar lo mejor de esa propuesta”. Las buenas críticas no se hicieron esperar y María Elena recibió dos invitaciones a participar en las semanas de la moda de Santiago y Lima.

Los reconocimientos regionales hacen pensar que sus vestidos largos de tops sencillos, cremalleras expuestas y faldas complejas de mucho volumen, han marcado quizás una senda muy interesante en la moda caleña, que se ha sacudido de esa única y manida imagen de mujeres forradas y vestidos de reina. María Elena forma parte de una generación junto a Renata Lozano, Johanna Ortiz y otros diseñadores más que han madurado la moda local y que le han entregado complejidad, sensualidad, intelectualidad y cadencia a la moda actual del país.

Sin embargo, producir en Cali no ha sido una tarea sencilla. A diferencia de otros lugares en Colombia, esta es una región en donde conseguir un hilo o un botón es toda una proeza, por no mencionar la dificultad a la que se enfrentan los diseñadores a la hora de contar con mano de obra calificada que pueda traducir sus ideas en patrones o en buenas costuras. “Estoy en capacidad de producir más, la demanda que tengo me lo permite, sin embargo, es tan difícil encontrar costureros calificados y gente que sepa de este oficio que es duro seguir avanzando”, dice la diseñadora, que ve en la moda un lugar privilegiado para crear nuevos empleos.

Creer en esta no solo como una industria posible y rentable, sino como un lugar que puede servir de refugio a las inquietudes creativas y hasta espirituales más personales, ha hecho que María Elena mantenga hoy su nombre más vigente que nunca. Pero, más allá de la prominencia de su diseño, es la senda que ha abierto para las consumidoras y los diseñadores del país, lo que ha hecho de su trabajo una particular trascendencia.

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