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Sombrero encintado, y...

Sombrero encintado, y... Sombrero encintado, y...

Hace dos años Tomás Montoya fundó La Coquito Milinería, una marca de sombreros y tocados hechos a mano que tienen de cabeza a más de una en Colombia.

 
En una esquina de Park Lane, en la ciudad de Nueva York, Tomás Montoya vio una limosina parquearse. Se abrió la puerta y lo primero que se asomó fue una larga pluma de faisán. A ella le siguió la elegante señora que la llevaba como parte de un tocado en su cabeza. De eso han pasado cuatro años, mucho aprendizaje y un estimado de 300 sombreros y tocados bajo la marca La Coquito. No todo fue tan fácil como escribir esa última frase. Cuando Tomás llegó de ese viaje a la capital del mundo, archivó en un chip mental esa imagen casi cinematográfica. Sabía que lo había marcado, pero sólo un año después supo hasta qué punto. Fue después de una visita con su familia al Museo de Antioquia en Medellín que Tomás, un arquitecto graduado de la Universidad de los Andes, con una inquietud intelectual y artística bastante activa, se “encarretó” por primera vez con los cuadros costumbristas. Más que el arte (que también aprecia), lo que le llamó la atención fue el vestuario de la época. Por primera vez pensó en hacer ropa con aire antiguo. Tomás Montoya es un costurero empírico. Hizo cursos de patronaje y confección en Lasalle College y cuando se dio cuenta de que no manejaba muy bien la máquina de coser, no tuvo problema en matricularse en un taller que tomaban las señoras que vivían cerca de su casa. “Sólo fui a tres clases porque la mitad del tiempo se iba en contar qué habían hecho de almuerzo”, dice mientras se ríe. Una noche de insomnio en la que pensaba una buena manera de hacer plata para ir a Polonia a un taller de danza contemporánea (otra de sus pasiones), la imagen de la neoyorquina bajándose de la limosina con un tocado de plumas de faisán y los vestidos de los cuadros costumbristas que le recordaron el libro María de Jorge Isaacs, tuvieron sentido. En vez de desgastarse haciendo ropa antigua, iba a coger un elemento único, sencillo y elegante para hacerle un nicho. “Una forma de rescatar la dignidad del oficio”, afirma.

Cuenta Tomás que investigando sobre el tema se enteró de que en Colombia, hasta los años 50, el tocado era una prenda de vestir que usaban todas las mujeres. Por eso, cada vez que lleva sus productos a ferias de moda urbana como Las Puertas del Cielo, en Bogotá (ha participado en dos de sus cinco versiones), no falta la abuelita que le dice que ella y su mamá tenían muchos tocados que aún conservan, que se los van a regalar porque no saben qué hacer con ellos. “Pero nunca vuelven”, bromea Tomás.

El nombre tiene varios sentidos: uno tiene que ver con el hecho de que la mayoría de los tocados tienen plumas de gallo, que en francés se dice “coq”; también el “la” hace referencia a la forma como en Ecuador las personas de clase alta, para referirse a otra persona, utilizan ese artículo antes del nombre, por ejemplo: “la Manuela”. Otra de las razones es que ese “la” le da un aire romántico. Para Tomás la ambigüedad entre lo femenino y lo masculino de “La Coquito” es lo que permite crear más diversidad. Le gusta la obligación que tiene una prenda con el clima y la persona que lo usa. “Me interesa una ruana que acalora o un tocado que no se puede mojar porque se derrite”, anota. Hace unos años Danielle Lafourie, la hija de la diseñadora Olga Piedrahíta, vio sus diseños y de inmediato lo vinculó al almacén de su mamá. “Lo rico de trabajar con ellas es que les gusta experimentar, les gusta innovar en el diseño”. Para Olga ha hecho dos colecciones y ya está trabajando en la tercera. No sobra decir que todo es hecho a mano y que no hay una sola pieza repetida.

Se inspira en revistas viejas y en Internet. La elegancia es algo que sus diseños siempre va a rescatar. Ahora, esto no quiere decir que trabaje las mismas telas, estilos o patrones. Dice que la idea es estar siempre en evolución. “En La Coquito se avanza haciendo”.


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