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El Faenza se levanta El Faenza se levanta

El Teatro Faenza atraviesa su última fase de reparación bajo la dirección de la restauradora Claudia Hernández, quien ha dedicado su vida a reconstruir memoria arquitectónica.

“Subamos al escenario para sentirnos artistas”, dice Claudia Hernández, magíster en Restauración de Monu-mentos y cabeza del equipo de arquitectos que se encarga, desde hace casi ocho años, de restaurar el Teatro Faenza de Bogotá, una reliquia arquitectónica y cultural fundada en 1924. Claudia cuenta que cuando la Universidad Central se apropió del teatro en 2004, decidió empezar por la restauración de la fachada para generar expectativa, y que poco a poco el proceso de reparación permitió reabrir sus puertas y hablar por sí solo. Al atravesar los largos corredores de paredes de ladrillo nos recibe el escenario en el que alguna vez cantó Carlos Gardel: un espacio amplio, imponente, vivo. “La memoria se siente. Eso no se logra en todas partes, hay restauraciones que quedan como muertas. Creo que aquí sí se alcanza a identificar algo propio de la esencia del teatro”, dice la restauradora.

Hoy es difícil imaginar el teatro en decadencia. Hace pensar en sus años de gloria, cuando daba la bienvenida a artistas que venían del exterior, y entre espectáculos musicales y teatrales, sacudía una Bogotá que aún se mantenía cerrada a costumbres convencionales heredadas del recelo religioso. No hay que olvidar que luego de conocerse como el Salón Luz, hacia la década de 1940, el Teatro Faenza se vio inmerso en el creciente deterioro del centro de la ciudad. Desde los años 1950 hasta 2002, el escenario pasó de oficiar espectáculos populares hasta llegar al cine rotativo, declive que hasta hace pocos años parecía definitivo. Hoy la restitución de los ornamentos de yeso de la fachada, el levantamiento de los revocados para descubrir los murales que se mantenían en secreto y la renovación de los balcones de madera le devolvieron luz al estilo art nouveau, y algo industrial de paredes limpias y espacios abiertos.

Pero eso solo se obtiene cuando existe un profundo respeto por la memoria y pasión por la arquitectura. Claudia Hernández aprendió de restauración con Álvaro Barrera y Alberto Saldarriaga, a quienes considera sus mentores, y desde hace 15 años trabaja en su propia empresa en investigación, consultoría y restauración, un oficio que considera exigente, riguroso y satisfactorio. Sabe que para tener proyectos que “solo se ven una vez en la vida” es necesario creerse capaz. Luego de ser parte de proyectos como el Hotel de la Ópera y el Hotel Santa Teresa de Cartagena, Claudia dirige con su equipo, conformado en su mayoría por mujeres, la restauración de la Basílica del Voto Nacional, y espera más adelante publicar un libro que recopile su trabajo. Reconoce el valor de su oficio cuando afirma que cada espacio restaurado es un punto que dinamiza, aporta y construye cultura. Se oye en sus palabras la correcta intuición de que al renovar un espacio se motiva una nueva apropiación de la ciudad y se insufla vida sobre imaginarios estancados. “Para mí trabajar en patrimonio es como una regresión, devolverle a los espacios su momento de gloria, es identificar cómo éramos para poder entender lo que somos y mirar hacia el futuro”.

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