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Un paraíso perdido Un paraíso perdido

El Hotel du Cap-Eden-Roc es un lugar de extrema belleza. Situado en la punta de Cap d’Antibes, en la Costa Azul, está en medio de un bosque de pinos, un romántico rosal y un jardín de plantas aromáticas.

Había leído mucho sobre este hotel del sur de Francia, un lugar mítico entre Cannes y Niza que cada año se ve invadido por las luminarias del cine durante la época del Festival de Cine. Invitada a conocerlo a finales de septiembre pasado, durante los últimos días del verano, pasé allá unos días maravillosos.
A 20 minutos del aeropuerto internacional de Niza, a 15 de Cannes y a menos de una hora de Monte Carlo, su localización estratégica en medio del azul intenso del mar lo hace el lugar habitual de descanso de reyes, políticos, intelectuales artistas y celebridades de Hollywood. Construido en 1870 por Auguste de Villemessant, fundador de Le Figaro, el hotel ocupa una mansión estilo Napoleón III, pensada inicialmente como un lugar de acogida para escritores convalecientes en busca de la inspiración perdida, pero ni Villemessant ni los siguientes cuatro dueños tuvieron suerte y perdieron una fortuna.
Solamente con la llegada de Antoine Sella, hotelero piamontés que lo convirtió en uno de los hoteles de lujo más importantes de Europa, gracias a sus contactos con la realeza, llegó el éxito, hecho en el que también influyó la aparición de los trenes de lujo que recorrían la Costa Azul. Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, puso de moda pasar los inviernos cerca de las cálidas aguas del Mediterráneo y, como nadie se quería quedar atrás, los nobles rusos y alemanes que invadieron la costa eran huéspedes frecuentes del lugar.
En 1914 se construyó la piscina, que fue tallada en medio de las rocas, y el Pavillon Eden-Roc, al borde del mar, pues la mansión principal queda a la entrada del parque. Durante los años 50 y 60, la elite internacional se tomó literalmente el hotel. La familia Kennedy, el armador griego Niarkos, los Duques de Windsor, Winston Churchill, la cantante y actriz Marlene Dietrich, y escritores como Scott Fitzgerald y George Bernard Shaw eran sus visitantes frecuentes. Entre las anécdotas divertidas está la llegada de Elizabeth Taylor, precedida por un camión que transportaba sus maletas, en busca del lujo en medio de la simplicidad.

El paso al modernismo
En 1964, Maja y Rudolf Oetker conocieron el Eden-Roc y se enamoraron del lugar. Esperaron cinco años para adquirir el hotel y adaptarlo a las necesidades y el confort modernos. Lo importante para ellos era conservar el alma del establecimiento, como lo hicieron también con el hotel Bristol, en París, y el Brenner Park, en Baden Baden.
La primera impresión que se tiene al llegar al hotel es la de entrar a un mundo mágico. Uno empieza a imaginarse escenas de películas con actrices glamurosas y actores divinos. Las fotografías de ellos, huéspedes en distintas ocasiones, decoran las paredes y sirven para introducir al visitante en un ambiente de lujo infinito. Sin embargo, lo más impactante es el paisaje, que se encarga de dejarlo a uno sin aliento.
Cada salón tiene un estilo particular. La decoración, dirigida por Maja Oetker, es refinada y acogedora. Ni hablar del servicio, especialidad de esta cadena, presto a cumplir cualquier necesidad del huésped. Amables y diligentes, los empleados se ocupan de todos los detalles, desde hacer una reservación para almorzar en uno de los restaurantes de la región con estrellas Michelin, en los que normalmente es imposible encontrar una mesa, hasta recobrar una billetera perdida en un taxi después de una excursión por los anticuarios de Niza.
Durante el Festival de Cannes, celebrado en mayo desde hace 64 años, el Hotel du Cap es el lugar más apetecido de la Costa Azul. Muchos aspirantes a estrellas sueñan con reservar una de sus 124 habitaciones para codearse con la realeza del cine. El resto del año el lugar es un paraíso escondido detrás de un bosque de pinos de Alepo.
El chef Arnaud Poëtte, responsable de la cocina, es el encargado de complacer los caprichos de las celebridades y ha creado una cocina de gran inventiva para darles gusto. El plato favorito de Clint Eastwood es la Mousseline de hinojo. Por su parte, Lilian Bonnefoi, chef repostero, cuenta que un día, en una de sus visitas, Madonna decidió pedir al desayuno rosas blancas y un capuchino acompañado de fresas. Para Bonnefoi fue una lección de humildad, pues en lugar de degustar uno de sus maravillosos postres, la actriz prefirió unas simples fresas. Este dúo trabaja en una sincronía perfecta para satisfacer cualquier capricho. En otra ocasión, tuvieron que conseguirle a Sharon Stone, durante una noche en la que estaba ‘inspirada’, un arpista y una botella de champaña Nabucodosor, que no es una marca, sino una botella con capacidad de 15 litros, según las referencias propias de los fabricantes de champaña.
Desde el restaurante Gastronómico se domina el Mediterráneo. Ver el atardecer desde allí es el sumum del romanticismo. Tuve el placer de probar la cocina de este restaurante y no tengo palabras para describir las delicias que preparó el chef. El ambiente, la comida y la música eran la combinación perfecta. El otro restaurante, el Grill, es mucho más informal, tiene su propio menú y es más apropiado para la hora del almuerzo. Si uno quiere comer pasta, pollo asado y papas fritas, puede solicitarlos, pero, asimismo, puede pedir caviar.

En las cercanías
El Museo Picasso, en Antibes, es magnífico no sólo por su colección de pinturas y cerámica, sino por el edificio que lo contiene, un antiguo palacio de la familia Grimaldi que le prestaron a Picasso durante una época y que finalmente donaron a la ciudad. Antibes es una joya fundada por los fenicios en el siglo V a.C., cuyo puerto natural la hizo un centro de comercio. La ciudad pasó a manos de los romanos y sólo hasta el siglo XV alcanzó estabilidad, cuando la región estuvo bajo la protección de Luis XI, rey de Francia. Todavía conserva gran parte de sus murallas y el encanto de su arquitectura.
La Fundación Maeght, en Saint Paul de Vance, aloja una importante colección de Miró en medio de una arquitectura medieval y bellos jardines. Vale la pena pasar el día recorriendo este pueblito de artistas que, además, tiene uno de los mejores restaurantes de la región, La Colombe d’Or. No menos importante es la Chapelle du Rosaire, diseñada por Henri Matisse.

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