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Una duda en el zapato

Una duda en el zapato Una duda en el zapato

Si las dudas se cotizaran al precio del petróleo, todos seríamos ricos; desdichados, pero ricos. Entérate aquí de qué se trata.

 
No estamos solos en este mundo. Es cierto que hace poco el telescopio Kepler identificó un número de planetas en nuestra galaxia en los que puede haber vida inteligente, pero cuando digo que “no estamos solos”, no me refiero a los extraterrestres, sino a las dudas, aquellas que no nos desamparan ni de día ni de noche, como un ángel de la guarda, pero que en lugar de protegernos nos atormentan la vida llenándola de incógnitas e incertidumbres más difíciles de resolver que el crucigrama del domingo.

Las cosas cambian constantemente: el dólar baja, el petróleo sube, Japón se hunde, Justin Bieber cambia de peinado, pero siempre podremos confiar en algo: siempre habrá dudas. El día que usted no tenga dudas será porque: a) ha alcanzado un nivel espiritual parecido al del Dalai Lama, o, b) ha muerto. Las dudas se presentan cada vez que su percepción olfatea que ‘algo está raro’, desde el beso simplón de su novio, o una torcida de ojos de su jefe, hasta cuando el taxista le regresa mal las vueltas.

Alguna vez una amiga me confesó que no estaba teniendo sexo con su novio de seis meses. “Pero si esa es la etapa para estar como conejos,” le dije yo. Su novio dejó de tocarla y su autoestima se fue contra el piso. Ella nunca dudó de su relación, ni de él, sino de sí misma. Cada vez que ella lo confrontaba, él le explicaba que estaba gordo y por consiguiente no se sentía cómodo en la cama. Pero bueno, como dice la canción, “eso con la luz apagada no se ve.” Había ‘gato encerrado’, y se evidenció cuando la amante del novio llamó a mi amiga. Aclaradas sus dudas y sin pensarlo dos veces, mandó al novio a que se quedara con su ‘gata encerrada’.

Frente a las dudas existen dos tipos de personas: los que siempre dudan de sí mismos y piensan que todo es su responsabilidad o su culpa (no hace falta el que piense que el tsunami de Japón fue culpa suya); y los que dudan de todos los demás y quieren culpar al resto de cualquier cosa que les suceda (la que culpa a la lavandería de encogerle la ropa sin considerar que tal vez se engordó). Las dudas, además, tienen una propiedad singular, nos impiden disfrutar plenamente los momentos, es como caminar con piedras en los zapatos. Algunos se acostumbran a caminar incómodos y cojeando, mientras que otros prefieren cambiarse de calzado.

Muchas veces en las noches, cuando uno está tratando de quedarse dormido, por más de que trate de ‘apagar’ su cabeza para que deje de seguir pensando, sucede lo contrario… los sentidos se agudizan, siente el tráfico dentro de su habitación, escucha llorar al bebé del piso 5 y gemir a la parejita de recién casados del séptimo. Las dudas son las responsables del insomnio, una vez que éste se clava una en su cabeza llegan el resto, como un enjambre de abejas asesinas que no dejan descansar. En esos casos lo mejor es contar ovejitas, pero si en la oveja 2.999 y aún no se ha dormido, lo mejor es leer un libro bien malo, y si esto no funciona, péguese con el libro en la cabeza, esto sin duda la dejará noqueada.

Las dudas son el producto de vacíos, de necesidades que no están siendo satisfechas, es un mecanismo de defensa que usamos cuando las cosas empiezan a cambiar. Dorothy Parker decía: “Cuatro cosas con las que estaría mejor sin ellas: amor, curiosidad, pecas y dudas”. Para mí, las dudas son necesarias, es aquello que nos hace toser para no tragar entero, es lo que nos hace replantear nuestras vidas y preguntarnos: ¿Es esto amor? ¿Es esto lo que realmente quiero? ¿Qué me hace feliz? ¿Me veré mejor con el pelo rubio? Sin duda, los grandes filósofos fueron los que dudaban de todo, y eso fue lo que los hizo romper con lo establecido y crear nuevas escuelas y corrientes de pensamiento. Así que aproveche sus dudas para buscar nuevos y mejores caminos, como reza el dicho: “La duda es el inicio, no el final de la sabiduría”.
 
Por: Odette Chahín

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