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La  “Evita Botox” La “Evita Botox”

Se dice que a sus 60 años los mejores amigos de Cristina Fernández de Kirchner son los retoques faciales, las joyas y las carteras Louis Vuitton.

Antes de su llegada a cualquier país, su equipo debe asegurarse de que cada hotel disponga de un mayor número de empleados para dedicarse exclusivamente a complacer sus deseos. No pueden faltarle una máquina para trotar, una bicicleta estática, una tostadora, un exprimidor de frutas, pan de salvado exportado de Argentina, una cama de masajes, una alfombra especial para hacer yoga, sábanas de hilo egipcio, frutas a temperatura ambiente, varias botellas de agua mineral marca Nestlé y todo tipo de quesos dietéticos. Y preferiblemente su habitación debe tener piscina propia. No se trata de los requerimientos de una estrella como Madonna durante una de sus giras. Son, según el Hotel Grand Velas All Suites & Spa Resort y la periodista Sylvina Walger, las peticiones de la presidenta argentina desde el 2007, Cristina Fernández viuda de Kirchner.

A sus 60 años recién cumplidos, y con una popularidad que ha llegado a estar por debajo del 30 por ciento en el último año, pese a haber sido reelegida en el 2011 con un holgado porcentaje, sus excentricidades de diva no han dejado de ser noticia desde que llegó a la Casa Rosada. Muchos medios le critican que hable de inequidad en su prédica populista, en un país donde más de once millones de personas son víctimas de la pobreza, vestida de pies a cabeza con joyas que superan los cincuenta mil dólares en cada aparición, como lo hizo cuando estaba en campaña, sin contar su lujoso Rolex, que le agregaría otros veinte mil al atavío. Como lo explicó en el 2009 el escritor Mario Vargas Llosa en una columna, refiriéndose al matrimonio Kirchner: “A juzgar por los discursos con que suelen hipnotizar a los electores que los llevaron al poder, el capitalismo no les gusta nada (...). Sus corazones son de izquierda, solo sus bolsillos y los vestidos de doña Cristina son de derecha”.

Al parecer, la mandataria trata de emular a la carismática y legendaria Eva Perón, heroína de los pobres, quien se ganó el apodo de “Santa Evita”, por sus discursos incendiarios a los “descamisados”, vestida de Dior. El propio diseñador habría dicho que ella fue “la única reina” que vistió. “Es imposible no establecer semejanzas entre una y otra. Las dos son las dirigentes políticas argentinas más conocidas internacionalmente. Ambas son mujeres y figuras icónicas del peronismo y de la Argentina y estuvieron ligadas a hombres políticos muy fuertes. Es curioso el hecho de que las tres mujeres que han tenido más poder en el país, incluyendo a Isabel, tercera esposa de Perón, salieron todas de ese movimiento, que fue el primero y único en tener una rama exclusivamente femenina”, comentó a FUCSIA la periodista del país gaucho Florencia Sañudo, experta en temas de género. “En cuanto a si Cristina fomenta la comparación, sus allegados dicen que no, pero dudo que íntimamente no la halague”. De hecho, con bombos y platillos lanzó un billete con el rostro de Evita. En sus constantes alocuciones por la cadena nacional, Cristina suele aparecer con un cuadro de fondo en el que se ve a la mítica mujer vestida de gala con sus perlas, que también se convirtieron en las preferidas de la actual presidenta.


Mala copia

Pero para sus detractores, cualquier intento de parecerse es forzado. Piensan que si Evita se vestía como rica era con un propósito ideológico y que incomodaba más por su discurso que por sus vestidos, con los que pretendía demostrarle a la clase alta que viniendo de abajo podía ataviarse mejor. Según escribió Pablo Vázquez, académico del Instituto Nacional Eva Perón, en el diario Clarín, “ese modelo sirvió para que miles de mujeres se animaran a cortar amarras con el patriarcado. Su cambio personal, que es también el cambio de esas mujeres, lo reafirmó desde su militancia política y también desde lo estético”.

Así explicaría su fascinación por las marcas nacionales más prestigiosas de los 40: Paula Naletoff  y Henriette. En una ocasión le pidió a esta última que le mandara la nueva colección que estaba a punto de presentar esa misma noche a la crema y nata de la sociedad, prometiéndole que se la devolvería a tiempo para el desfile. Cuando la dueña de la casa de modas empezó a angustiarse por la tardanza, llamó a la propia Evita, quien le habría contestado: “Dígale a esas cogotudas que esperen”. 

Según el libro La moda en Argentina, pedía vestidos exclusivos de París, que viajaban en compartimentos especiales, colgados, para que no se arrugaran. También habría encargado un Dior con brillantes de un quilate en la falda, que hoy costaría más de medio millón de dólares. Incluso no llegó a estrenar un traje del mismo creador que habría sido adecuado para transformarse en su mortaja. Ante la incongruencia de su doctrina en pro de los menos favorecidos y sus atuendos respondía: “Quiero estar linda para mis grasitas”.

Cristina ha hecho suya esa idea al decir que “para ser buena política no tengo que disfrazarme de pobre”. Sus críticos aseguran que lo de ella es puro arribismo de una “nueva rica”, pues poco se refiere a su origen humilde. No le gustaba hablar de su padre porque era conductor de bus, aunque bastante lo mencionó durante una huelga de choferes. Walter cuenta en su libro De legisladora combativa a presidenta fashion que además no le agradaba mezclarse con “la plebe” durante los viajes de su marido, Néstor Kirchner, aunque ahora use una retórica popular como la que se evidenció en un acto para promover las bondades de la carne de cerdo, en el que dijo sin tapujos que para “la actividad sexual” era mejor que el Viagra y que lo había comprobado con su marido: “El anterior fin de semana, cuando estuvimos en El Calafate, nos comimos un cerdito a la parrilla, riquísimo, al aire libre. No solo me comí la carne sino también el cuerito crocante… impresionante. Y anduvo todo muy bien”.


Estilo de diva

Sus gastos, calificados como desbordados, han ocupado titulares alrededor del mundo.
En el 2011 el periódico The New York Post aseguró que durante su viaje a la Asamblea General de la ONU, la jefe de Estado había comprado alrededor de veinte pares de zapatos marca Christian Louboutin por ciento diez mil dólares, pues le gusta que sus tacones tengan el mismo color de sus trajes. Las carteras Louis Vuitton y Hermès son su otra debilidad. Sus preferidas, según Walger, son las de cocodrilo, la Kelly y la Birkin Bag (inspiradas en Grace Kelly y Jane Birkin). Las malas lenguas afirman que una vez retrasó un evento porque envió a un asistente a comprarle una que hiciera juego con su vestido, y que después de haber hecho abrir almacenes con ese propósito, el colaborador llegó con una cartera, pero la mandataria la rechazó por considerarla de mala calidad. En un ataque de ira casi cancela el acto.

En cuanto a las joyas, la apasionan el oro, las pulseras tailandesas y gargantillas de India, así como las artesanías de plata y platino de lugares exóticos. Walger insinúa que para Cristina es como si no hubiera crisis. Tiene fama de no repetir vestido y de cambiarse de tres a cinco veces al día. La revista Noticias publicó que su guardarropas tiene el tamaño de un apartamento de 95 m2. 

“Es algo totalmente exagerado. Cristina compra ropa, carteras, zapatos, como cualquier mujer de su posición social”, explicó a esta publicación el periodista especializado en moda Diego Vecino. “El problema para mí tiene que ver no con que gaste dinero, sino con su estilo, muy femenino. Aceptamos como natural que las mujeres en posiciones jerárquicas tengan que vestir lo más parecido a un hombre para ocultar, de alguna manera, el recuerdo de que son mujeres ocupando posiciones tradicionalmente destinadas a los hombres. Estos son los casos de Michelle Bachelet en Chile o Ángela Merkel en Alemania.

Por otro lado, ¿qué primer mandatario, hombre, no gasta muchísimo dinero en su guardarropa? Con excepción de Pepe Mujica, que hace de la austeridad y la pobreza un culto, los políticos gastan mucho dinero en su atuendo, trabajan con diseñadores exclusivos, incluso Evo Morales, que tiene unos trajes con ciertos símbolos de su tradición aborigen que cuestan una fortuna. Eso no está mal porque forma parte de su posición. No se puede caer a una cumbre del G20 o de Unasur en pantuflas”.

Su cara es otra de sus obsesiones. Comentan que ama el Photoshop y que ha gastado millones en inyecciones faciales, por lo que fue bautizada como “Evita Botox”. “Me he pintado como una puerta desde que tengo 14 años. Me demoro mucho más tiempo maquillándome que en el gimnasio”, habría confesado. Al mismísimo rey de España lo hizo esperar casi una hora. Y de visita en el mismo país, una anécdota relata que una noche, pasadas las 11, movió sus influencias para que abrieran el almacén El Corte Inglés solo para hacer algunas compras.

También ha sido objeto de críticas su temperamento: la acusan de sufrir de cambios repentinos de humor y de odiar que la contradigan. Cuentan que durante una cumbre en Roma, cuando se alojó en el hotel Edén, pidió a su séquito reservar la mesa Fellini en la terraza, pero luego los reprendió porque desde esa ubicación no veía la cúpula de la Basílica de San Pedro. Se habría disculpado con la excusa de que es “una católica ferviente”. Aunque con ironía Walger relata que no todos sus empleados piensan lo mismo: “Es una mujer educada. Jamás le oí un grito ni una palabra más alta. Eso sí, si me ve por la calle no sabe quién soy, porque no te mira, te ignora. Para ella no eres nadie”, le habría contado un súbdito de la “reina Cristina”, como la apodan. Al parecer su mayor dificultad es aprenderse los nombres, hasta de los famosos. Al economista Amartya Sen lo llamó “Marcia Sen”.
 
Walger escribió que su papel de mujer fuerte, que se precia de defender las causas de su género, es una farsa. “Cristina es machista. No tiene amigas ni colegas, solo subordinadas”. Afirma que mientras vivió su esposo era quien llevaba los pantalones y que incluso llegó a pegarle durante una discusión por un tema de impuestos. La periodista recoge las infidelidades de la pareja, las de ella “con un senador, un banquero, un gobernador y hasta su jefe de escoltas”. Pero ahora, en honor a su marido viste de negro, un estilo que ha sido catalogado de “luto hot”. En cada discurso lo recuerda y su última excentricidad consistió en promocionar una serie de muñequitos de trapo de celebridades como Evita, un Kirchner con alitas y, por supuesto, uno de ella. Porque según Walger, es ególatra, no en vano siente una admiración por Napoleón y dice que sufre de “falso self”, se cree quien no es por un resentimiento de clase.

Si bien estos rasgos de personalidad son pequeñeces para algunos, ciertos medios destacan que son la punta del iceberg de algo de fondo: la corrupción. En el 2008 su patrimonio familiar superó los once millones de dólares, con un incremento de setecientos por ciento desde que la pareja llegó al poder. Sus secretarios privados contarían con una “suerte” similar. Con esas cifras no es raro que les haya ido bien en el negocio de la consultoría para asesorar a inversores. Hace algún tiempo, la revista The Economist se encargó de hacer un balance de su gestión con un título que resume el sentimiento de muchos argentinos: “Lo de Cristina es socialismo para los enemigos, capitalismo para los amigos”.

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