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La verdad desnuda de los strippers

Arnoldo Mutis

La verdad desnuda de los strippers Magic Mike, dirigida por Steven Soderbegh, actúan: ( de izquierda a derecha) Joe Manganiello, Matthew McConaughey, Channing Tatum, Matt Bomer y Alex Pettyfer.

A propósito de la exitosa cinta Magic Mike, un stripper colombiano le contó a Fucsia cómo es desnudarse para las mujeres en Bogotá.

La nueva curiosidad por la desnudez masculina quedó demostrada con el reciente éxito en Estados Unidos de Magic Mike, cinta sobre strippers para público femenino, que solo en su primer fin de semana en cartelera recaudó casi 40 millones de dólares en taquilla y superó los 112 millones en total en la temporada. Según la web boxofficemojo.com, 73 por ciento de la audiencia de la película estaba conformada por mujeres, mientras que Warner Brothers, su productora, informó que 60 por ciento de ellas asistieron con más de dos amigas, como sucede cuando van a estos clubes en la vida real.

El gran atractivo de Magic Mike son los cuerpos semidesnudos de adonis de Hollywood como Matthew McConaughey, quien hace el número más atrevido, Joe Manganiello, Alex Pettyfer, Matt Bomer y el protagonista Channing Tatum, quien en el papel de Mike evoca su época de stripper en Glenville (Virginia Occidental), antes de convertirse en estrella de cine. De hecho, Tatum es el autor de la idea original y el productor de esta obra que se introduce en el mundo de los shows eróticos para mujeres, para volver sobre el tema del sueño americano.

Pese a que el director Steven Soderbergh no recurre a desnudos frontales completos, Magic Mike es generosa en traseros al aire y entrepiernas abultadas en diminutas tangas, al igual que en abdominales y bíceps esculpidos, que causan la habitual algarabía de las mujeres. “Creo que hay un cambio en cómo los hombres heterosexuales desean ser apreciados en su físico y quieren esa suerte de admiración”, le dijo Dennis Ayers, editor de afterelton.com, a The Hollywood Reporter, un sitio de cultura pop de Estados Unidos, en un artículo acerca del destape del cuerpo masculino en el séptimo arte.

Este fenómeno no es exclusivo de la pantalla, la cual en cintas como Magic Mike, For Ladies Only, Lady Killers, Summer School o la mundialmente famosa Full Monty, ha retratado el auge de una diversión que hace 30 o 35 años era exclusiva de los hombres. Hoy, las despedidas de solteros para ellos o ellas son con strippers. Y nada de raro tiene que un grupo de amigas vaya una noche de viernes a presenciar un show de este tipo.

Las colombianas están en esa onda y para el día del Amor y la Amistad estos clubes viven una especie de temporada alta. En Bogotá, el más famoso de todos es Apolo’s Men, en la exclusiva zona norte. Los encargados de su línea de atención al cliente dicen que ya tienen reservas hechas incluso para diciembre. Las clientas se apresuran a apartar cupo para presenciar, por 40 mil pesos (con derecho a dos tragos), casi tres horas de espectáculo. Vestidos de vaqueros, gladiadores romanos u otras temáticas, seis esbeltos jóvenes van despojándose de sus prendas hasta quedar sin nada en la última parte del show. Las espectadoras les gritan todo tipo de piropos a los bailarines, como “¡papito rico!”, o les exigen que muestren más piel: “¡mucha ropa, mucha ropa!”.

Tras el primer espectáculo, los strippers bajan del escenario e interactúan con las clientas. En ese momento ellas pueden tocarlos por todas partes, menos en las íntimas, y dejarles sus propinas entre las diminutas tiras de sus tangas.

En el centro de la ciudad la temperatura sube. Allí hay discotecas de strippers en donde el público es más heterogéneo (gays y heterosexuales) y el contacto se intensifica. Al igual que en Apolo’s, los bailarines se mezclan con la clientela, pero sin nada de ropa, salvo un corbatín, y con sus penes al aire y erectos. Incluso, hay instantes en los que se apagan las luces y unos y otros se entregan a la más picante lujuria. Hay también servicios a domicilio, muy solicitados para despedidas de solteras o cumpleaños. En Bogotá, las agencias dedicadas a esta diversión ofrecen shows entre los 90 mil y los 180 mil pesos. El más sencillo, de 45 minutos, presenta a un artista ataviado con un disfraz que puede escoger quien lo contrata: policía, vaquero, bombero, obrero, soldado u otros que son motivo de fetiches sexuales. El acto más caro, de hora y media o dos, consta de un par de bailarines y dos cambios de ropa. En todas las modalidades se incluyen espumas y aceites para que las espectadoras los apliquen sobre los cuerpos de los strippers. Por 30 mil pesos más, ellos llegarán a casa con luces, diademas y chocolates en forma de miembros viriles y confetis. Por otros 30 mil, harán bailes más picantes y por otro poco más se desvestirán por completo.

Damian García, un stripper de 23 años, no experimenta precisamente placer sexual de que lo vean desnudarse.
“Hay nervios, alegría, sensualidad”, dice, aludiendo a una sensación que cree es “indescriptible”. Poco antes del show las mujeres piden frenéticas su presencia. “Eso produce más ganas de salir”. Su nombre artístico es Mike, como el protagonista del filme de Soderbergh, y antes que stripper es bailarín y por esa vía llegó al nudismo. Para obtener su trabajo en un conocido club capitalino, tuvo que pasar por un casting en el que se evalúan tres puntos básicos: estatura mínima de 1,75 metros (él mide 1,80), cara y baile. Pero si una buena estampa es clave, él revela que a las mujeres lo que más les atrae no es eso, sino el juego de la seducción. “Cada uno crea su propio estilo. La forma de mirar es básica, porque así uno las domina”.

Ello sería otra reiteración de que las mujeres no se excitan viendo cuerpos desnudos simplemente, salvo el de la persona que aman, como les pasa a los hombres, una teoría avalada por estudios como el del psiquiatra John Gabriel, de la Universidad de Stanford, quien demostró que la amígdala del cerebro del hombre, sede de la libido, es más activa que la de las mujeres frente a estímulos visuales. No obstante, según Damian, hay clientas que frente a los hombres semidesnudos se muestran apenadas o reacias a que les bailen muy cerca. “Pero también está la que toca mucho y hay que controlarla o la que empieza a entrevistarnos”. Y las más audaces les ofrecen hasta un millón de pesos por llevarlos a la cama. A él se le han presentado esposas que ante sus maridos le han insinuado hacer un trío sexual. Pero aclara que el fin de su trabajo no es la prostitución.

Aunque vive contento con lo que hace, afirma que no es posible vivir solo de ser stripper y por eso él se rebusca dando clases de baile. En un mes puede ganar entre novecientos mil y un millón de pesos, según las propinas que dejan las asistentes, en general billetes de mil o dos mil pesos, y en raras ocasiones de 20 mil o 50 mil. Así como capotean al público, también les toca hacerles frente a los cuestionamientos de sus familias y parejas. En el caso de Damian, sus padres no lo veían con buenos ojos. Pero con la ayuda de un programa de televisión logró convencerlos de que se trata de un trabajo como cualquier otro. Más drástica fue la actitud de la novia que tenía cuando debutó, pues lo dejó por eso. “Mi actual pareja es bailarina también y me apoya totalmente porque sabe que lo hago de manera muy profesional”.

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