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Tras la huella de Sophie Calle

Camándula

Tras la huella de Sophie Calle Fotos: Alejandra Quintero.

La vida de esta artista francesa, que recoge historias persiguiendo a extraños y espiando a través del ojo de las cerraduras, puede reconstruirse siguiendo su obra, que se encuentra expuesta en la exhibición Historias de pared, en el Museo de Arte del Banco de la República, hasta el 17 de septiembre.

Sophie Calle se sintió perdida desde los seis años. Cuando sus padres se separaron, ella se fue a vivir con sus abuelos y se escudó en su propio mundo de ficciones. Rara desde pequeña, a los 19 años no sabía qué hacer con su vida, y se fue a viajar por los Estados Unidos, “sin nada más en la cabeza que viajar”, con el dinero que su padre, un coleccionista de arte, le enviaba para pagar la universidad. Siete años después volvió a París y se encontró sola, sin amigos, perdida en la ciudad en donde había nacido, el 9 de octubre de 1953, pero que ahora no reconocía, y comenzó a seguir a extraños en la calle, a tomarles fotos y anotar lo que hacían cuando creían que nadie los veía.

Una noche, en una fiesta, le presentaron a un hombre que ella había estado siguiendo, y él le contó que iba a filmar un documental en Venecia. Al día siguiente, camuflada bajo una peluca rubia, salió con su cámara y una libreta para abordar el tren hacia Venecia. Allá averiguó en dónde se alojaba “Henri B”, y comenzó una persecución de catorce días, que quedó plasmada en su diario con fotos y pequeños textos, una especie de fotonovela que publicó en 1980 con el título Suite Vénitienne.

Satisfecha con esa relación sin reciprocidad, quiso sentir lo mismo que sentían los extraños que ella perseguía, y le pidió a su madre que contratara a un detective para que la siguiera 24 horas y así, luego, ella pudiera comparar su testimonio gráfico y sus notas con el diario que escribía día a día.

Del 1.º al 8 de abril de 1979 invitó a 28 desconocidos para que durmieran ocho horas seguidas en su cama, mientras ella los fotografiaba. Una mujer de esas que escogió al azar era la esposa de un crítico de arte que le propuso exponer sus fotos. Sophie inauguró la muestra The Sleepers metida en un confesionario, desde donde decía que perseguía hombres en la calle.

Curiosa y entrometida, en 1981 trabajó como camarera en un hotel para espiar, requisar y fotografiar maletas, objetos personales, basura, correspondencia e intimidad de quienes pasaban por los cuartos, así como detallar la vida de una cama a través de la gente que la ocupaba, y luego montó la exposición The Shadow.

Pesquisas comprometedoras
En 1983, Sophie se encontró en la calle una libreta de teléfonos. La fotocopió, la devolvió por correo a la dirección que aparecía al comienzo y llamó a cada una de las personas que estaban anotadas para que le contaran algo sobre su dueño y así reconstruirlo a través de sus recuerdos. Aprovechando que el dueño de la libreta se había ido tres meses para Alaska, Sophie comenzó a publicar en un periódico la serie Address Book, que contenía testimonios de sus conocidos: el amigo que recordaba un chiste que le gustaba, el electricista que describía el trabajo que había hecho en su apartamento… “Me enamoré de ese hombre, me gustaba todo de él, sus amigos más que los míos, su entorno, todo. Comencé a soñar esperando a que regresara y empezáramos una historia de amor”. Pero al volver, él sintió que ventilar su vida privada sin permiso era una agresión y le exigió al periódico publicar una foto de Sophie desnuda, como ella había hecho con su intimidad. El periódico la publicó.

Romántica y extremista, en 1984 el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia le otorgó una beca para estudiar tres meses en Japón. Sophie relató en un diario la travesía de París a Tokio, pasando por Rusia, China y Mongolia, hasta llegar a India, donde hacía un año se había citado en la habitación 261 del Hotel Imperial de Nueva Delhi con el hombre que amaba. Pero como él no llegó, odió ese viaje y sintió que nunca antes había sufrido tanto. Al regresar a Francia empezó a preguntarles a sus amigos y conocidos cuándo habían tenido el mayor sufrimiento de su vida. Para curarse y exorcizar esa decepción, tomó 92 fotos, una cada día, de personas que contaban su trágica experiencia. Con ese material armó una exposición quince años después, Douleur exquise, como un recuento del viaje, con textos bordados en blanco y negro que se van oscureciendo a medida que va pasando su dolor, hasta terminar en un bordado negro sobre negro, cuando ya está curada.

En 1986, Sophie quiso saber qué era la belleza para los ciegos de nacimiento. Retrató a 23 invidentes en Francia y Australia, y fotografió sus descripciones subjetivas de la belleza: un paisaje, un acuario, la foto de un hijo… hasta que después de dos años un ciego le dijo que no soportaba la belleza porque no la podía ver, a raíz de lo cual dio por terminado ese trabajo. De 1989 a 1991 les pidió a curadores de arte, guardias y empleados de museos que describieran unas pinturas que habían sido robadas para enmarcar sus textos en los espacios vacíos, lo cual dio origen a la exposición Ghosts.

En 1992, el escritor norteamericano Paul Auster se inspiró en Sophie para crear el personaje de María Turner en su novela Leviatán: “Una fotógrafa de piernas largas y senos atractivos, mujer de gracia sensual y descuido erótico”. El personaje había sido stripper, lo mismo que Sophie. “Ese personaje comía alimentos de determinado color cada día de la semana. Quise imitarla, pero el autor se opuso porque no quería ser responsable de lo que pudiera pasarme. Insistí mucho, porque sé cómo insistir, y durante ocho días comí por colores, porque me interesaba obedecer lo que decía en el libro, como una regla establecida por otro”, confiesa Sophie al respecto.

Miradas excéntricas
Caprichosa y manipuladora, Sophie estaba enamorada de Gregory Shepard, un director de cine norteamericano, así que para casarse con él le tendió una trampa: le dijo que estaba interesada en un documental que él quería hacer. Compraron dos cámaras de video para que cada uno grabara y anotara sus experiencias y el devenir de su relación durante el trayecto por el oeste de los Estados Unidos en un Cadillac viejo, que les hizo pasar la mayor parte del tiempo de taller en taller. “La relación fue un horror durante el viaje. Él no me hablaba, y después me enteré de que me desposó en Las Vegas para darle un clímax a su película, pero ambos logramos lo que queríamos: yo un esposo y él su película de 35 mm, No sex last night”.

Excéntrica y ocurrente, el 5 de octubre del 2002 Sophie quiso dormir en una cama dispuesta en el lugar más alto de la Torre Eiffel para que la gente subiera a contarle historias que le ahuyentaran el sueño, pero acudió una avalancha de 16.000 personas que convirtieron la experiencia en toda una locura. De allí surgió la exposición Room with a View.

En 2006 le dieron a su madre tres meses de vida y para acompañarla todo el tiempo, Sophie instaló una cámara en su cuarto. “Cuando ella murió yo estaba a su lado, pero no pude ver su último suspiro. Durante 11 minutos no logré saber si estaba viva o muerta. El crítico de arte Robert Stock me propuso que hiciera algo con ese material. Como mi madre murió de una manera muy bella, decidí exponer los 11 minutos donde la muerte es inasible para representar ese frágil límite entre la vida y la muerte”.

En 2007, Sophie recibió un e-mail de “G”, que no parecía destinado a ella, con una serie de explicaciones que terminaban con un frío y despedidor “¡cuídate!”. Sin saber qué contestar, le pidió a 107 mujeres astrólogas, poetas, periodistas, bailarinas, criminólogas, traductoras, editoras, pintoras y otras profesionales escogidas por su talento, que le ayudaran a descifrar, analizar, representar, cantar, bailar, disecar y agotar el mensaje. En el libro Prenez soin de vous, Sophie recopiló sus interpretaciones: una sicoanalista hizo el perfil sicológico del autor, una correctora de estilo subrayó los errores ortográficos y gramaticales, una espía del servicio secreto hizo su interpretación en un código de seguridad, una crucigramista armó un crucigrama con las palabras del mensaje, y una campeona de tiro con carabina le disparó desde cincuenta metros a la palabra amor, que aparecía tres veces en el original.

En otra ocasión recibió un mensaje de un hombre recientemente abandonado por su esposa, diciéndole que quería pasar el duelo en la cama de ella, hasta curarse. Ella se negó, pero no dejó pasar el asunto: “Me gustaba el estilo de su carta y una carta bien escrita me llega al corazón”, dijo entonces, así que pagó una gran suma de dinero para enviarle su cama a California. Posteriormente, Sophie expuso una foto de su cama en la casa del hombre, el viaje de esta y su historia.

En 2011 colgó la exposición Voir la mer en el Museo Sakip Sabanci de Estambul, la antigua Constantinopla, una ciudad rodeada por el mar de Mármara y el mar Negro, con catorce fotografías de ciegos que vivían allá y nunca habían visto el mar. Con la ayuda de la cinematógrafa francesa Caroline Champetier, Sophie logró captar su mirada después de haber estado de cara al mar por primera vez.

Leal a sus raíces y a sus afectos, sigue haciéndole homenajes a su madre, una mujer excéntrica que siempre había querido ir al Polo Norte. Para cumplir su sueño, Sophie viajó en su lugar, llevando el anillo de diamantes que durante la guerra había intercambiado su abuelo por su departamento, antes de que los alemanes se lo arrebataran por ser judío, y una foto de su madre dentro del ataúd, con un libro de Marcel Proust que le gustaba, fotos, sus zapatos y una botella de alcohol, porque tomaba mucho. “Dejé todo encima de un iceberg para que ella se quede en el Polo Norte para siempre”.

Ahora quién sabe qué locura estará maquinando…

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