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Uniformes afrodisiacos David Petraeus / Paula Broadwell.

Los atuendos militares suelen provocar una irresistible pasión en algunas mujeres, si no, que lo diga Paula Broadwell, la amante que acaba de desatar la estrepitosa caída del general estadounidense David Petraeus.

Hasta hace poco, los militares de Estados Unidos se podían dividir en dos grupos: el general David Petraeus y los demás. A través de la sorprendente trayectoria del ahora exdirector de la CIA es posible narrar los avatares recientes del ejército más poderoso del mundo. Egresado de la prestigiosa Academia Militar de West Point, doctor en relaciones internacionales de la Universidad de Princeton, soldado de élite condecorado con las más preciadas medallas, el general de cuatro estrellas se ganó un lugar en el cuadro de honor de la política de defensa de su patria porque con el viraje que les dio a las guerras de Irak y Afganistán, evitó derrotas que se venían venir.

Como le contaron a la revista Newsweek personas que lo conocen, él es un intelectual metódico, virtuoso en su discurso y producto de la cultura militar. Pero por una de esas absurdas ironías de la vida, esa suma de méritos que abrigaba su uniforme, marcó también la estruendosa ruina de Petraeus, quien acaba de salir por la puerta trasera de la dirección de la Central de Inteligencia de Estados Unidos, CIA, cargo que asumió luego de dejar el ejército, tras descubrirse su relación adúltera con Paula Broadwell, quien desde que lo vio se sintió subyugada por su aire marcial.

El escándalo que estremece a Estados Unidos, digno de un sustancioso culebrón, comenzó a gestarse en el 2006, cuando Broadwell, oficial de la reserva y definida por los medios gringos como una ambiciosa, feroz y desmedida, halagó a Petraeus pidiéndole que fuera el sujeto de estudio de su tesis doctoral sobre liderazgo en la Universidad de Harvard. A lo largo de un paseo por Washington, el general descubrió la honda sintonía que tenía con Broadwell, dado que ella también había estudiado en West Point y conocía la vida militar, en especial su espíritu competitivo. Así, la entrevista terminó en una carrera al trote por los bellos paseos de la capital federal, en la que ella lo venció.

“Yo estaba fascinada por ese hombre que capta las grandes ideas en el aire”, dijo ella una vez en Denver. Casada con el radiólogo Scott Broadwell y madre de dos hijos, Paula no dio la talla en Harvard, de donde la echaron, pero aterrizó en otro plantel prestigioso, el King’s College de Londres. Entonces, el proyecto de la tesis sobre Petraeus se convirtió en una biografía, por la cual obtuvo un millonario contrato con la editorial Penguin Press. De acuerdo con Newsweek, ella quería utilizar la obra como trampolín para una eventual carrera política, como ella misma lo confesó.

Petraeus, casado hace 38 años con Holly Knowlton, aceptó seguir cooperando con el libro y para ello la invitó varias veces a Afganistán, donde estaba de servicio, para que lo siguiera entrevistando y viera de cerca cómo operaba. En el deletéreo ambiente de Camp Cupcake, el campamento del ejército gringo en Kabul, donde según testigos se respira un aire fétido y polvoriento y no es difícil establecer lazos de afecto con los camaradas ante la lejanía del hogar, el general y la biógrafa se acercaron cada vez más. “Petraeus y Broadwell eran de cierta manera espejo el uno del otro”, explicó Newsweek.

Si bien Petraeus afirma que su relación con Paula comenzó luego de su regreso de Afganistán, no es descabellado suponer que la pasión empezó a calentarse allí. El caso es que de nuevo en Estados Unidos, prácticamente se vio obligado por la Casa Blanca a renunciar a su carrera militar para atajar sus pretensiones de lanzarse a la presidencia. Acto seguido asumió la dirección de la CIA, cuyo entorno muy distinto al castrense lo condujo a la depresión… y a los brazos de su nueva confidente y amiga, Paula.

Todo esto no se habría sabido de no ser porque ella se murió de los celos por la amistad de su amante con Jill Kelley, una mujer de la alta sociedad de Tampa que actúa como una especie de relacionista informal del ejército. Paula sospechó que Jill también se había rendido ante el poder afrodisiaco del uniforme de su general y le empezó a enviar una serie de amenazantes correos electrónicos para que se alejara de él. Haciendo uso de sus contactos, Jill logró que el FBI investigara y descubriera que Broadwell era quien la estaba acosando y de ahí a que se develara su romance con Petraeus solo hubo un paso. A estas horas, se investiga si el militar puso en riesgo la seguridad nacional revelándole a su amante información privilegiada cuando retozaban en la cama.

Mientras se conoce si el affaire alcanza la categoría de asunto de Estado, el escándalo ha puesto de nuevo sobre el tapete el tema de la fascinación que ejercen sobre muchas mujeres los hombres en uniforme militar. Si bien el caso de Petraeus es hoy por hoy el más sonado, no es el único, pues en ese mismo Estados Unidos que castiga las canas al aire de sus soldados, se ventilan otros muchos casos en que mujeres casadas o solteras no se resistieron ante ese supuesto sex appeal marcial.

La psicóloga colombiana Sandra Alejo, especializada en sexualidad y relaciones de pareja, no es muy amiga de generalizar en estos aspectos, pero reconoce que los hombres de uniforme “transmiten responsabilidad, seriedad y garantía de un proyecto de vida organizado”, en lo cual a su vez las mujeres entrevén la seguridad y la estabilidad que tanto buscan en una relación.

Desde el punto de vista meramente sexual, continúa la doctora Alejo, egresada de la Universidad Santo Tomás de Aquino, ese estereotipo de la gran virilidad que respiran los militares quizá se debe a que su imagen es sinónimo de buena presentación, organización y estricto seguimiento de reglas. Tal claridad mental puede ser vista por las mujeres como un anuncio de que así como en sus labores castrenses estos hombres se esfuerzan por ser los mejores, no se quedan atrás a la hora de sus vivencias más íntimas. En fin, la especialista habla de una “sensual mezcla entre seriedad y carácter”.
 
Además, no hay que olvidar que la vida militar exige un arduo entrenamiento físico que forma cuerpos atléticos, fuertes y deseables para las exponentes del género femenino. Como lo han demostrado varios estudios sobre la atracción sexual, por dictados de la conservación de la especie, ellas prefieren a aquellos que lucen más saludables y potentes para ser los padres y protectores de sus hogares e hijos.

Al respecto, de todos modos, la psicóloga advierte que no hay que quedarse en el cliché que han impuesto los medios de comunicación, los bares de strippers masculinos o la información que circula en internet acerca del buen desempeño sexual de un hombre impecablemente uniformado. “La sexualidad es una expresión tan particular, que depende del lenguaje propio que cada pareja desarrolle, al igual que cualquier otro tipo de comunicación, y necesita de la seguridad, la autoimagen y la forma como cada cual se proyecta a sí mismo. Entonces, reconozcamos que la escuela militar forma básicamente en esos aspectos”, concluye Alejo.

Pero no son solo las mujeres las que se dejan llevar por los portadores del uniforme. Estos, asimismo, suelen en algunos casos aprovecharse de la seguridad y confianza que exhalan en aras de su faceta de donjuán. De acuerdo con la psicóloga, son justamente las mujeres carentes de esas condiciones las que caen fácilmente en sus redes. Lo paradójico, como le sucedió a Petraeus, es que en esos devaneos los hombres de armas tomar ponen justamente en riesgo sus hojas de servicios, sus ascensos y el honor que es tan caro a los estamentos militares.

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