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Todas las mujeres son juzgadas por su talla

Lila Ochoa. Directora Revista FUCSIA

Todas las mujeres son juzgadas por su talla Foto: Juan Antonio Monsalve.

La talla sí importa, y en gran medida cuando las mujeres juzgan a las demás. Cuéntanos cuál es tu opinión sobre este tema.

Después del debate que se armó a raíz de la columna sobre las mujeres gordas que escribió Alejandra Azcárate para la revista Aló, y que a la vez suscitó entre quienes se sintieron vulneradas un ataque de intolerancia exagerado, a mi juicio, me puse a investigar sobre el tema del sobrepeso y encontré un estudio publicado hace poco en los Estados Unidos, cuyos resultados son sorprendentes.

¿Qué tanto influye la apariencia física, específicamente el peso, en la primera impresión que una mujer tiene de otra? Esta fue la pregunta formulada en la encuesta hecha a 1.800 mujeres, a quienes también se les pidió que se imaginaran a sus congéneres desconocidas, gordas y flacas, y que a continuación las describieran en pocas palabras. Los resultados mostraron que las gordas eran calificadas como “lentas”, adjetivo que nunca les dieron a las flacas. La palabra “indisciplinadas” la usaron siete veces más, y nueve veces más las describieron como “descuidadas” y “perezosas”.

Cuando les mostraron fotos de mujeres flacas, las encuestadas las calificaron como “malas”, “controladoras”, “tacañas” y “vanidosas”. Ocho veces más que a una gorda, las tacharon de “presumidas” y “superficiales”. Y aquí viene la conclusión del estudio: todas las mujeres somos juzgadas por la talla. Aunque supongo que la actitud de estas mujeres no necesariamente es compartida por todas las del género femenino en el planeta, es muy significativa, pues quiere decir que la primera impresión que tenemos de otra mujer está determinada por su peso, un prejuicio que, según el estudio, afecta al género femenino a la hora de buscar trabajo, en las relaciones amorosas, e incluso puede llegar a limitar las oportunidades de promoción en la carrera, comparadas con las de una mujer de peso promedio.

Este asunto produce en realidad toda clase de reacciones contradictorias, pues por un lado se critica a las flacas y no se las considera buenas personas, y por otro se hace la burla de las gordas, pero se las considera “generosas”, “dispuestas a dar”. Históricamente, en expresiones artísticas como la pintura, por ejemplo, las malas siempre han sido dibujadas como flacas, pues existe la presunción de que así como una flaca controla las calorías, controla sus emociones. El rechazo a la delgadez existe, aunque sea inconsciente, pues se presume que ser flaca es un privilegio y que por lo tanto una mujer delgada no tiene que encarar los mismos problemas que las demás para mantener un peso adecuado.

Todo esto me hace pensar que las reacciones alrededor del peso y la talla son primitivas y están grabadas en el subconsciente, pero esta no es, en lo más mínimo, una excusa a las reacciones desmedidas que causó la columna de Azcárate. Reacciones que confirman los prejuicios a los que se refiere el estudio. A Alejandra ni siquiera le otorgaron la presunción de inocencia. “Como es flaca, es mala”, fue el veredicto. Tan inexcusable es burlarse de las gordas como atacar sin compasión a las flacas. Y llegar a las amenazas de muerte es absolutamente reprochable.

Me pregunto en qué país vivimos, cuando a raíz de unas palabras desacertadas se pretende ‘crucificar’ a la persona que las dijo. O, reprochándole a un muchacho que tenga el pelo largo, sus compañeros de rumba lo lanzan por el hueco de un ascensor. Un caso aún más aterrador es el de una mujer que dejó caer de un dieciochoavo piso a una niña de seis años, hija de su novio, y luego desapareció de la escena como si nada hubiera pasado.

¿No será que ha llegado el momento de hacer un alto en el camino y reflexionar? Me cuesta aceptar que, con la historia de violencia y sufrimiento que ha tenido este país, no hayamos aprendido la lección de la tolerancia y el perdón. ¿Qué le está pasando a la gente joven en Colombia?

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