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Haider Ackermann viste la fragilidad

Revista FUCSIA

Haider Ackermann viste la fragilidad Fotos: ©verónica morales angulo.

Desde París, el celebrado diseñador francés nacido en Colombia desentraña su proceso creativo, confiesa cómo para él la moda ha dejado de tener el poder que alguna vez tuvo, y asegura que diseña para mujeres frágiles que enfrentan la vida con dignidad y belleza.

Haider Ackermann dispone el lugar del encuentro en la Place des Vosges, un espacio lleno de galerías de arte, detenido en el tiempo y custodiado por una gran puerta que lo mantiene en un inusual silencio en medio de una zona concurrida de París. Llegará a las 6:00 p.m. Ha elegido un pequeño hotel, Pavillon de Reine, en donde suelen quedarse sus papás cuando viajan desde el sur de Francia a visitarlo en la gran ciudad, un lugar en donde incluso él, que vive en París, a veces se queda para ver el amanecer junto al jardín y disfrutar de la promesa de que esas paredes llenas de enredaderas lo alejan del bullicio.

Ackermann, el diseñador francés nacido en Colombia y adoptado por unos padres franceses que lo llevaron a recorrer el mundo en sus travesías de cartógrafos
, vive cuatro días en París y tres en Amberes. Se la pasa así, mediando su cotidianidad entre dos ciudades que, dice, son más bien lugares de encuentro, no su hogar: “mi hogar estará en donde esté la persona que ame”, confiesa en tono bajo e inesperadamente íntimo, después de unos minutos de haber llegado a la cita.

El encuentro ideal habría sido en su taller, poder observarlo callado, trabajando con sus telas y sus bocetos, y aprovechar París para ser testigos de su proceso creativo. Pero sus talleres son espacios en donde solo unos pocos integrantes de su equipo entran. Nadie ajeno al trabajo de creación puede estar allí, no solo porque es casi un espacio sagrado en el que Haider es más Haider, sino porque, como él lo explica, entrar ahí es romper el misterio. “Mi atelier es mi refugio, mi pequeño mundo. No entiendo muy bien este afán de todos de querer saber qué es lo que pasa adentro, detrás. Cuando salió el documental póstumo de Michael Jackson me preguntaba ‘¿para qué necesitamos ver esto?, si lo que nosotros amamos es verlo a él trayéndonos toda su fantasía, para qué ver tanto dolor, sudor, tanta realidad, por qué necesitamos romper ese misterio’. Yo quiero que mi proceso creativo sea íntimo y salir al mundo a mostrar lo que tengo que mostrar”, cuenta el diseñador con su voz cálida que parece dibujar con sus texturas ese carácter inmensamente tímido.

Nadie puede ser testigo de ese proceso a través del cual sus vestidos adquieren el poder de arropar con una actitud de fortaleza a las mujeres que los vestirán, solo él puede. Solo él sabe que una vez que su inspiración se ha posado en uno de sus sentimientos, de sus presentimientos, de sus viajes, no se vuelven dibujos ni bocetos, se vuelven, sí, palabras. Una libreta y muchos lápices están siempre al lado de su cama para poder atajar esa avalancha de frases que a veces no lo dejan dormir. “Me gusta escribir, me gusta leer y subrayar frases trastocadoras que invocan un estado de ánimo, a partir de ahí, continúas y traes los colores e intentas seguir en la construcción de la actitud de esa persona que quisieras crear”, dice Haider. ¿Cuál es entonces esa actitud que quiere crear Ackerman? “Pienso siempre en una mujer que va caminando sola por la calle, siempre quiero recrear una especie de aislamiento y ‘solitud’”.

Luego viene la música, como si los sonidos le ayudaran a traducir más claramente lo que las palabras no pueden. Esa clase de atmósfera con la que quiere vestir de deseo a sus mujeres. Palabras y canciones se combinan y eso es lo que le presenta al equipo que le ayudará a desarrollar su siguiente colección. Después, por supuesto, viene el tacto. Hay que tocarlo todo. Haider Ackermann disfruta descubriendo las telas, es en esa percepción íntima que le dan los materiales la que lo lleva a decidir cómo usarlos. Es innegable su predilección por el cuero: “es fuerte, es una segunda piel, es animal, es sexual, y me permite expresarme”, dice este amante confeso también de la seda, material que le regala “movimiento, brillo y otro peso a la ropa”.

Sobre la pasarela los ojos serán el tacto de los asistentes, por eso la forma como cae la tela al ser drapeada, la obsesión por crear capas asimétricas que revelan diferentes pesos y texturas, por usar amarres para envolver la tela sobre el dorso. Las formas como los amplios pantalones se transforman con el caminar de las modelos son maneras eficaces que usa Ackermann para dar cuenta de la materia de la que están hechas sus ropas.

Su concepción de la moda no es mucho más compleja que lo que describe este proceso de creación. “Son solo unos pedazos de tela que te conceden una actitud –dice–. Vivimos en un mundo muy extraño, creo que ahora la moda tiene mucho menos sentido del que solía tener, ahora está todo determinado por el consumo, se trata de hacer la ropa más barata, de trabajar con China y Turquía, la ropa así no tiene nunca más el poder y la fuerza que pudo tener”, sentencia mientras bebe un poco de agua San Pellegrino con limón, que le da el chance de pensar su idea: “cuando usas un traje de Tom Ford, este te determina la forma como se yergue la espalda, te cambia la actitud, te endereza como si te obligara a andar con la cabeza en alto. Eso es lo bello de la ropa, que haya sido pensada para que noblemente te transforme”.

Pero su reconocimiento en las pasarelas de París, el hecho de que encabece la lista de los mejores diseñadores del libro de I-D Magazine, que su nombre sea elogiado y sugerido por el mismo Karl Lagerfeld para que lo suceda en Chanel, está también vinculado a su particular relación con los colores, un conocimiento que parece emerger de sus viajes de niño, de esos múltiples y exóticos lugares en donde vivió y, claro, de su voluntad de no dejar que la cabeza coarte tanta libertad y referencias que aparecen en el momento de combinar.

“En un viaje por India perseguí durante más de quince minutos a una mujer porque quería entender cómo es que una combinación tan extraña como la que llevaba de colores, entre grises y nude, podía lucir tan bella y desprevenida. Cuando viajas a Japón, a India, a los países del sur de África, y ves la formas como las mujeres locales combinan los colores, te das cuenta de que no hay mucha premeditación, y ante eso me es inevitable pensar que estamos en una sociedad que está demasiado consciente, demasiado controlada, que quiere asegurarse de todo, pero yo deseo hacerle una afrenta a eso a través del color. Quiero dejar que los accidentes se transformen en belleza”.

La prensa ha bautizado como “guerreras” a esas mujeres que Haider Ackermann ha puesto a desfilar en las pasarelas
, unas mujeres que conversan con su lado masculino, que siempre llevan mucho diseño en sus hombros a veces grandes, a veces puntudos, y en cualquier caso estructurados, mujeres que reinventan el esmoquin en lugar de llevar un vestido, que renuncian en ocasiones a los tacones y apuestan por pantalones que les regalan libertad. Pero Ackermann cree que los críticos se han equivocado: “mis diseños no son de guerreras, yo diseño para mujeres frágiles que tienen que enfrentar la vida y, a pesar de todo lo duro que les trae, tienen que seguir adelante con dignidad y belleza. –Y añade–: Por eso es que quizás me concentro tanto en los hombros, me gusta la idea de que las cosas que se caen se sostienen sobre ellos, que ellos nos dan el poder de soportar. Ese contraste entre la fragilidad y el empoderamiento de tu vestido, esa tensión, resume todo mi universo de creaciones”.

Un desfile, un instante

Cuarenta años pasaron. Haider Ackermann, el elegido por la actriz Tilda Swinton para vestirse en Cannes, volvía a una tierra de la que no tenía muchas certezas, que llevaba en la piel y en los gestos escondidos de su carácter, pero que por voluntad había decidido dejar atrás. En 2012, sin embargo, aterrizó en Bogotá. “Mis padres estuvieron conmigo, para ellos fue muy importante. Yo no dimensioné la importancia de este viaje hasta que regresé, cuando estuve de vuelta en París sentí que extrañaba algo, ¿cómo era posible?, no sabía, pero lo extrañaba. Tengo parte de mi historia allá, no tengo muchas respuestas y no quiero encontrarlas, quiero mantener conmigo todo este misterio”.

A finales de julio, Ackermann volverá a Colombia. Va a hacer lo que nunca ha hecho, presentar una colección fuera de París. Aunque muchos le dijeron que era un locura, después del encuentro que tuvo con los estudiantes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en Bogotá, sintió que podía darle mucho más a esos jóvenes. “En ese conversatorio me di cuenta de que lo que yo había logrado podía ser el sueño de alguien más y me sentí útil por primera vez en mi vida, por eso me decidí a hacerlo”, dice el diseñador, que decidió recolectar prendas de sus diferentes colecciones y volverlas a juntar para crear una nueva historia. “Un desfile no es solo sobre la ropa, se trata de crear un instante, un momento cinematográfico en el que la gente se olvide del mundo y de sí misma. Se trata de crear un instante para la belleza”.

No es difícil notar que Ackermann es justamente eso, un creador de la belleza, no de la grandilocuente y bullosa, sino de la sutil, de la que no todos estamos en la capacidad de ver. Sobre la mesa del reducido salón en donde dispuso el encuentro, un pequeño florero mantiene en pie una orquídea recortada. Haider Ackermann toca la flor blanquecina que tiene al frente y descubre que es real, la toma, le sacude un poco la humedad que lleva encima y se la pone en el bolsillo izquierdo de la chaqueta, creando un efecto de exótico pañuelo, todo lo hace con una naturalidad pasmosa, como si fuera el acto obligado que todos debimos hacer ante la presencia de esa belleza. Solo él lo hace, solo él lleva por París una orquídea entre la chaqueta.

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