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Lo que todos quieren Ivette Salom.

Unos lo buscan por la vía del poder, otros por la de la complacencia, algunas se ponen tetas, otros creen que llegará por la ruta de la indiferencia. Y otros más piensan que su único camino es renunciar. La economía global, la política local, las religiones, las series mundiales deportivas, los concursos literarios y los reinados de belleza se alimentan de la misma necesidad.

Soy sexy, ruda e independiente. Soy fuerte y poderoso. Soy el primero, siempre. Soy divina. Tengo cosas que los demás quieren tener. Escribo como los dioses. Soy el que manda. Soy la que manda. Nadie me manda.

La amiga diva, inteligente y vertiginosa, el colega que deja claro con la voz que el más fuerte aquí es él, el deportista extremo, la amante de la moda que no repite vestido, el inversionista de la bolsa, tú y yo. Todos queremos lo mismo.

El cínico que se cansó de creer y ya no le apuesta a nada, la intelectual de la clase que sabe que no va a ser fácil, tu jefe, el mío y Álvaro Uribe Vélez. Todos queremos lo mismo.

El papa, el procurador, Fidel, Chávez, Gates, Zuckerberg y Santo Domingo. Angelina Jolie, Oscar Pistorius, Cristiano Ronaldo, el taxista, el vecino y Ricardo Arjona, cómo no. Si pudiéramos, pediríamos a una voz: ¡Pacheco, dame el amor!

La gente con la que te cruzaste en la calle hoy y con la que te vas a cruzar mañana, las miles de almas que se mueven en Transmilenio, en los taxis neoyorquinos y en los metros del mundo. La gente que anda a caballo, en Mercedes Benz, en avión privado y a pie, todos, todos, todos deseamos, antes que cualquier otra cosa, ser amados.

Pregúntenle a Gabo, que nos dio Cien años de soledad para que sus amigos lo quisieran más… No es nada nuevo, será la certeza más vieja y trasnochada del mundo, ¡pero me sorprenden tanto quienes se portan como si no fuera su caso!

A algunos se les nota desde lejos, ¡hacen grandes cosas para ser amados! Con otros hace falta leer entre líneas para notar que llegar primero significa antes que nada la aprobación de su papá. Para otros, les costará creerlo, la plata será una manera de garantizar que los necesiten más, la seguridad de que no estarán solos ya.

La búsqueda está tanto en el jefe estricto y castrador asegurándose de que siempre haya alguien incapaz de creer que dejarlo es una opción, como en la empleada complaciente que no se atreve a discutir, teme que si nos disgusta no la queramos igual.

Está también en el que cree que el amor soporta todo y en el que renunció antes de intentarlo. Está en el que se sabotea siempre, a ese nunca lo han dejado. Ya sea implorado, ganado, tuiteado, obligado, mendigado, todos queremos lo mismo y queremos más. Aspiramos al amor universal.

Que algunos lo quieran glaseado, otros áspero, gótico o refinado no hace que sea harina de otro costal: credenciales cursis, tesis laureadas, pactos de sangre, poemas latosos, peluches y látigos, tanto los de cuero como los de la indiferencia, son distintas formas de buscar. Así lo quieran disimular.

Está en las niñas regias que se presentan inalcanzables, en los artistas oscuros con gabán, en los genios incomprendidos sin nada que compartir con los de al lado de allá, ni los del lado de acá. Lo buscan las que hacen disertaciones sobre el matrimonio, esa institución decadente a la que nadie debería aspirar, los que organizan fiestas de solteros que no se llenarán, los que no vinieron a hacer amigos sino a ganar y los que se venden como gente que está más allá de la estúpida idea que otros tienen de amar.

Solos, a la espera de ser vistos, descubiertos, reconocidos, nos despertamos todos los días con ganas de gritar: “Mundo, acá estoy, muerta de ganas de que me ames. Lista para ser amada”.

Todos, todos, inventamos nuestras vidas buscando amor. Lo demás es mentira.

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