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Esta columna es una queja franca a la falta de sentido común de quienes diseñan algunos de los objetos con los cuales nos relacionamos en la cocina, la oficina y hasta en el baño. Es un guiño al “Made in China” y al dicho de que “lo barato sale caro”. Un réquiem por la ergonomía.

No sirve. No sirve. No sirve. No sirve. Hay que ver la cantidad de objetos a medio hacer que en la vida cotidiana son el origen de muchas frustraciones. Acá va mi protesta para los diseñadores que parece que nunca usaran los productos que diseñan. Dicho esto, propongo apoyar los premios a lo peor del diseño, al estilo de los Golden Raspberry o premios Razzies a lo peor del cine.

Comencemos nominando a los objetos de uso doméstico. Porque este no sirve, pero ese tampoco:
¿Han notado los ataques de ira santa que despiertan las envolturas “abre fácil” cuando no abren ni fácil ni difícil, simplemente no abren? Inalcanzables quedan para siempre el quesito, el maní y el chocolate sellados herméticamente hasta el fin de nuestros días.

¿Y qué tal esas tapas de bebidas aferradas al envase como uno a un mal amor? ¿O esas cajas de leche a las que uno les rompe el papelito plateado al intentar jalarlo para terminar acuchillando la abertura como en la mejor escena de Chuqui, el muñeco diabólico?

En cambio, quien alguna vez haya caído en la tentación de comprar esos cuchillos que venden por paquetes en algunos puntos estratégicos de la ciudad sabrá que Chuqui jamás los usaría, corta más el papel en el que está impresa esta columna.

Encendedores tercos que dejan los dedos pelados de girar y girar una rosca paleolítica que no da fuego.
Cauchitos para el pelo que ni se estiran ni se encojen, se quedan ahí, esperando la cantidad exacta de pelo que quepa en su diámetro. No insistas, nunca es la tuya.

¿Y conocen las toallas que no secan?, son cien por ciento indiferentes al agua.

Pasando lista a los objetos de oficina, estos son mis nominados entre los más inútiles: Las cintas pegantes que se pierden para siempre en los pliegues de su transparencia.
Los esferos que parecen dotados de tinta invisible hasta que estallan en tu bolsillo blanco, tu cartera nueva o tu boca para recordarte que su tinta es negra o roja.
Los sacapuntas que literalmente le sacan la punta a tu lápiz, se la arrancan y no la ves nunca más.
Y los borradores que esparcen con gracia la mugre sobre todo el papel.
Dispensadores de papel higiénico que no permiten que el rollo gire. ¡Debieron ser patentados como trituradores de papel!
Y termino nominando a esos buenos para nada que encontramos cualquier día en una calle de la ciudad:
¿Qué tal los chicles de dispensador que no hacen bombas? Se desintegran en la boca.

Aplausos para los cándidos taxímetros, como los bogotanos, que parten de la premisa de que los conductores son honrados. Con diseño cien por ciento amigable para ser alterado.
Memorables las sombrillas que compras de afán en medio de una tormenta, sobre todo si son tamaño cartera, soportan una llovizna pero se doblegan frente al primer aguacero con viento.
Una venia para las máquinas expendedoras de comida que cada tanto se quedan con tu plata, y tu sensación de que hoy era un buen día, a cambio de nada.
Todos estos objetos están agrupados, sin querer, por una función para la que no nacieron. Son lo que llamo “gatilladores del mal genio”. Y brindo por todos ellos, lejos de mis manos.

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