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El demonio del mediodía

Arnoldo Mutis

El demonio del mediodía

Un documental sobre Bill Clinton que rememoró su escandaloso romance con Mónica Lewinsky y el libro de una mujer que tuvo un romance con John F. Kennedy a los 19 años, traen de nuevo a colación la polémica atracción de los hombres maduros por las jovencitas.

Bill Clinton es el expresidente de Estados Unidos más admirado de las últimas décadas, además de un filántropo muy efectivo. Pero si de algo nunca se librará es de la sombra de su desliz con Mónica Lewinsky cuando ocupaba el primer cargo de la nación más poderosa del mundo. Tan así es, que un documental sobre el exmandatario, financiado y transmitido a mediados de febrero por PBS, canal de la televisión pública de ese país, se inicia justo con aquel escándalo, a modo de gancho, seguro, pero también como para salir de una vez del engorroso tema y darle paso a su talla de estadista. En 1995, Lewinsky, una egresada del Lewis and Clark College, de 22 años, llegó a la Casa Blanca a hacer una pasantía que le dio un lugar en la historia del sexo ligado a la política. Su juventud encendió a Clinton, quien entonces tenía 49 años, de modo que ella podía ser su hija y la hermana de su hija Chelsea, de 15. Pero eso no le importó al político, que toda la vida le ha sido infiel a su esposa Hillary Clinton, la actual Secretaria de Estado. Antes de Mónica, habían pasado por su cama Judy Gibbs, una modelo de Penthouse y prostituta; Gennifer Flowers, su amante durante 12 años; Deborah Mattis, otra empleada de la Casa Blanca, entre otras. El común denominador de todas es que eran mucho menores que Clinton cuando se involucraron con él.

Con Mónica, la suerte que había tenido para mantener a salvo su colorida vida sexual se le acabó y en 1998 estalló el alboroto. En el documental de PBS, Dick Morris, exasesor del político, cuenta cómo por esos días él lo llamó desesperado y le dijo: “Desde que estoy en la Casa Blanca he refrenado mi cuerpo, quiero decir, sexualmente. Pero la embarré con esta joven. Yo no hice todo lo que dicen que hice, pero quizás hice tanto como para no poder probar mi inocencia”. En una muestra de doble moral gringa, el asesor le dio un consejo: “El problema de los presidentes no es el pecado, sino el encubrimiento, y usted debe explorar la opción de decir la verdad”. Días más tarde, basado en una encuesta, Morris se lo confirmó: “Los estadounidenses perdonarían el adulterio, pero no la mentira”. Clinton no le hizo caso, negó la relación en un primer momento y cuando unas grabaciones destaparon el romance fue sometido a un impeachment (juicio a un alto funcionario) que lo puso al borde de ser destituido, aunque al final se salvó.

Eso sí, salieron a la luz detalles como que él jugó con un tabaco en los genitales de ella, que nunca tuvieron coito, sino sexo oral en el despacho presidencial y hasta se supieron detalles de la anatomía íntima del presidente.

Mejores vientos habían soplado tres décadas atrás para su antecesor, el fallecido John F. Kennedy, cuyo voraz apetito sexual volvió a ser noticia por los días en que se anunció el documental de Clinton. Mimi Alford, de una prestigiosa familia de Nueva Jersey, publicó el libro Once Upon a Secret: My Affair with President John F. Kennedy and its Aftermath, en el que contó por primera vez que en 1962, cuando tenía 19 años, llegó a la Casa Blanca a hacer una pasantía, al igual que Lewinsky, y terminó enredándose con el Presidente, de 45 años. A los pocos días de llegar al palacio, él le quitó la virginidad. Luego la instó a practicarle sexo oral a su amigo Dave Powers, mientras los observaba, además de que le dio drogas.

Por supuesto los amores prohibidos de dos personalidades tan avasalladoras como Kennedy o Clinton captan y seguirán captando la atención del público mundial, pero la verdad es que este gusto por las mujeres mucho más jóvenes no los diferencia tanto del resto de sus congéneres.

Detrás de esa atracción, vista a veces con recelo, se ocultan muchas razones, explica el doctor José Elías Peña, sicólogo egresado de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. “Una es el demonio del mediodía, una expresión que se usa para hablar de esa crisis que padecen los hombres de mediana edad, por la cual se enfrentan al dilema de: ‘ya voy a cumplir 50 años y ¿qué he hecho en mi vida?, ¿qué no he vivido todavía?”, comenta. Es una especie de regresión a la juventud, en la que buscan hacer y tener todo eso que les fue esquivo a la veintena y les aliviana el peso de los años. En el plano sexual, una de esas cosas puede ser relacionarse con un tipo de mujer específico, muy joven, por ejemplo, dice el especialista.

Lo bueno para ellos es que entre los 40 y los 50, el rango de edad de Clinton y Kennedy cuando fueron amantes de Lewinsky y Alford, los hombres resultan muy tentadores para las mujeres, “levantan mucho”, afirma el doctor Peña, quien se ha especializado en terapia de pareja. Una de las causas de ello es que, en general, han alcanzado una posición social y económica que les imprime una confianza que no exhiben los de 30. No hay que olvidar que hoy, a esa edad, no son pocos los que aún están viviendo con sus padres, terminando sus estudios y saliendo apenas de una larga adolescencia, en el sentido sicológico.

“Si tienes un estatus social interesante serás más seductor, y si eres uno de esos personajes (como Clinton y Kennedy), con poder social e influencias, lo serás mucho más”, declara el sicólogo. De ahí, posiblemente, esta abierta confesión de Mimi Alford: “El hecho de ser deseada por el hombre más famoso y poderoso de Estados Unidos agrandaba mis ansias al punto de que resistirme no era una opción. Fue por eso que no le dije que no al Presidente”.

Peña, cuya otra especialidad son las estrategias de seducción, pero como resultado de una adecuada construcción personal, apunta que las facilidades de los hombres maduros en sus conquistas son también un reflejo de cómo asumen su papel. “Uno de los principios de la persuasión es que lo ejerzas bien. Es decir, si eres un profesor, no le eches los perros a tu alumna en la clase, sino ejerce bien tu papel. Yo garantizo que Brad Pitt no sería tan cautivador si no fuera tan buen actor”, señala el especialista. En fin, un hombre que cruzó la madurez lleva mucho tiempo ejerciendo un papel específico, seguro con la suficiente destreza, lo que aumentará su salero.

Pero hay también un factor biológico que conduce a los mayores a ir a la zaga de las “muchachas en flor”, como las llamara Marcel Proust. “Ellas tienen en su estructura física ciertas características que dan la señal de que pueden ser buenas mamás. La atracción sexual se basa en eso”, recuerda Peña, aludiendo al punto de vista de la evolución de la raza humana.

Este proceso sembró en lo profundo de la conciencia masculina la idea de que una piel lozana, unos labios carnosos y unos cabellos largos y abundantes en la mujer son señal de buena salud y, por ende, una garantía para la conservación de la especie. Así, recuerda Peña, el antojo por el cuerpo sinuoso de las jóvenes no es un capricho de los hombres: “Cuanto más curvilínea sea la relación entre cintura y cadera, significa que el útero tiene menos probabilidades de que el embarazo se complique”. De ahí ha surgido en la cultura popular el cliché de que las mujeres de menor edad son mayormente provocativas y mejores en el sexo, lo cual el doctor Peña desmiente de plano, basado en la experiencia de su consultorio. Así mismo, cuenta que “estudios han demostrado que en realidad a las mujeres que mejor les va en la cama son aquellas entre los 35 y los 45 años, ya que tienen experiencia, se permiten vivir lo que a las de 20 les hace falta y tienden a liberarse de los tabúes”.

El doctor Peña también cita entre las causas que hacen confesar a los hombres grandes su apego a las jóvenes al síndrome de Peter Pan, tan frecuente: “Muchos hijos de madres sobreprotectoras, o que han tenido una gran cercanía con ellas, desarrollan conductas infantilizadas. Ello hace que busquen relacionarse con personas y ámbitos de rangos de edad menores al suyo, en los cuales se sienten más cómodos”.

¿Y qué lleva a jovencitas como Mónica Lewinsky o Mimi Alford a liarse con hombres que podrían ser sus padres? “Lo que he encontrado tanto en mi experiencia de vida clínica es que son mujeres que tienen una figura paterna un poco ausente y la sustituyen con hombres mayores. Pueden ser también personas que valoran mucho a sus padres y van tras personas muy similares a ellos”, responde José Alonso Peña.

En concreto, buscan a quienes cumplan con las tres grandes funciones de un papá: cuidar, proveer y controlar, y eso genera atracción. “En el caso de los hombres poderosos (como los expresidentes estadounidenses), ellos también cumplen esos roles; es también una dinámica paternal. En el caso de Clinton, Mónica era una subalterna y él tenía un poder que a lo mejor ejercía de una manera muy particular”, reflexiona el sicólogo. Y de acuerdo con la biografía de ella, su relación con su padre Bernard Lewinsky era muy estrecha, al punto de que fue él quien la defendió ante la prensa y organizó una colecta de fondos para pagarle a su abogado en medio del escándalo sexual del 98.

Sin embargo, el fiasco que ilustran las relaciones adúlteras de los célebres políticos y tantos otros hombres con jovencitas, no significa que estas relaciones estén siempre condenadas. Para Peña, si hay infidelidad o abuso de por medio, se tratará de situaciones muy complicadas de manejar. De lo contrario, “se puede trabajar en el asunto”, pues depende más que todo de la edad emocional de las personas. “Es más, si tienes 50 años, pero piensas como alguien de 40 y estás con alguien de 25 que piensa como si fuera de 35, a la final, en términos sicológicos, es una relación que se puede sostener”.

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