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Inocencia interrumpida

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Explotación laboral, presión sexual y casos extremos como situaciones de hambre son algunos rasgos de la faceta menos glamurosa de la industria de la moda y su fascinación por reclutar preadolescentes. Así lo muestra el polémico documental Girl Model, acerca de la triste realidad de las niñas obligadas a madurarse biches.

Son muchas las niñas que hoy, en el mundo entero, no sueñan con ser princesas. O, por lo menos, no el tipo de princesas de cuento de hadas, sino aquellas de cuerpo esbelto que suelen aparecer ligeras de ropa, con un andar de pasarela, mirada poderosa y sonrisa enigmática. Esas mujeres que ellas por lo general ven en afiches, revistas, catálogos de productos y desfiles televisados. El sueño de muchas es ser modelos, y lo mejor para algunas es que, con suerte, no tendrán que esperar y quizá podrán hacerlo realidad a temprana edad.

Las protagonistas visibles de la industria de la moda cada vez son menores. Diseñadores de la talla de Marc Jacobs no esconden su afición por exhibir sus creaciones en cuerpos aún sin desarrollar de preadolescentes de 12 y 13 años. Así que las pequeñas que anhelan una vida de pasarela y se preparan para lograrlo tienen el tiempo a su favor. Sin embargo, detrás de este sueño puede haber una pesadilla: abuso laboral, presión y hasta acoso sexual hacen parte de la cara menos glamurosa de este millonario negocio. Esa es la trama del polémico documental norteamericano Girl Model, que refleja la manera en la que las agencias de modelaje buscan ‘carne fresca’ en Rusia para la industria japonesa.

El filme fue realizado por la pareja de cineastas David Redmon y Ashley Sabin, aclamados anteriormente por su documental sobre el huracán Katrina, entre otros. La idea de este trabajo surgió cuando fueron contactados por una modelo de los 90, Ashley Arbaugh, quien para ese momento se dedicaba a reclutar niñas con potencial en los países de Europa del Este con el fin de llevarlas a modelar a Japón. Ella había estudiado con su tocaya cineasta en el Pratt Institute de Brooklyn, y le sugirió el tema de las niñas modelos como si quisiera denunciar lo que sucedía en su medio. Desde entonces los realizadores empezaron a seguir su trabajo y se toparon con la protagonista de su documental: Nadya Vall, una inocente y humilde rubia rusa de 13 años que quería incursionar en el mundo de la moda no solo porque soñaba con ello, sino también por la urgencia de ayudar a su familia económicamente.

La jovencita viaja sin la compañía de sus papás o de algún adulto a un país totalmente extraño cuyo idioma desconoce. En ese nuevo mundo se autodefine como un “ratón de campo”, se pierde varias veces para llegar a sus destinos, es decir, le toca crecer a la fuerza, aunque ya lo había hecho frente a las cámaras cuando los agentes le pidieron que desfilara y ella presumió de sus encantos en bikini y en unos tacones altos. En su nueva vida, comparte un diminuto cuarto tipo pensión con otra niña que anda detrás el mismo sueño, y debe afrontar que la rechacen después de varios castings.

Su historia atestigua el desengaño que sufren las jovencitas que van detrás de una carrera rentable y un estilo de vida lleno de lujos y que se estrellan con la realidad de la explotación laboral, pues deben pagar por muchos de los trabajos requeridos, como sus fotos, la soledad que manifiestan cuando llaman a sus mamás por teléfono, llorando, y las estrictas dietas: su contrato estipula que si llegan a aumentar un centímetro de cintura y caderas su carrera llegará a su fin. El documento legal también señala que las agencias japonesas pueden hacer caso omiso del requerimiento de inmigración de trabajo garantizado y, por eso, finalmente Nadya es enviada de regreso a casa con deudas de alrededor de dos mil dólares.

En ocasiones ni siquiera les proporcionan seguro de salud. La conclusión de la producción parecería ser la de que la industria encuentra su presa perfecta en jóvenes sin experiencia de las que puede sacar millones sin invertir tanto. “Estas niñas quieren mejorar sus vidas y eso es maravilloso. No voy a juzgar sus sueños y esperanzas. Lo que me deprime es que la gente se aproveche de eso”, señaló Redmon en una entrevista con el portal de internet Huffington Post. “En el Reino Unido hay ciertos requisitos de edad que son una guía para el sindicato de modelos. En ese sentido, si tú no sabes cómo moverte en esa industria, está bien, tú puedes estar segura de que te pagarán lo indicado sin explotarte. Pero, ¿cómo saber si están poniendo niñas de 13 años en revistas y pasarelas? No hay industria con una protección más grande y global que la de la moda”.

La historia de Arbaugh es aun más compleja. Es evidente que tiene un dilema moral en tanto su trabajo la hace cómplice de la explotación de menores. Incluso hay un momento en el que de manera poco clara dice que a su jefe “le gustan las jovencitas”. Durante la grabación, para facilitarles el trabajo a los cineastas, los presenta a las agencias como sus asistentes. Sin embargo, al parecer no tuvo una posición firme, pues luego de las grabaciones rompió todo contacto con Redmon y Sabin y según ellos trabaja para agencias de modelaje en Nueva York.

Para Sabin la situación es grave porque es difícil acabar con la cadena de abusos: “De alguna manera todos somos cómplices, incluso los consumidores, porque vemos las imágenes y compramos con la idea de que la moda es glamurosa. Pero no es cuestión de culpar a alguien, lo que hay que señalar es la asombrosa falta de transparencia, ¿por qué no sabemos cómo viven esas niñas?”. Los medios de comunicación, de la mano de la publicidad, son los encargados de dar a conocer las tendencias de la moda, como explica la sicóloga experta en tratamiento a menores Pilar Aguirre: “Es un negocio que mueve millones a partir de una necesidad creada. La moda no es un requerimiento básico como alimentarse. Cubrirse el cuerpo sí lo es, pero no si lo debo hacer con pieles o demás accesorios”. Explica que, si bien la moda es una expresión personal de identidad, se vuelve un asunto grupal, de pertenencia, cuando los medios la masifican. “Las niñas pequeñas que ven el canal Disney quieren ser como Selena Gómez o Miley Cyrus, y no solo como sus personajes, sino que quieren imitar su estilo y hasta sus vidas. Por eso, aunque no estén en uniforme de colegio las vemos a todas igualitas, como uniformadas”.

Los niños se han convertido en un blanco importante para las distintas industrias, porque hoy en día es reconocida su capacidad para influir en el consumo de los adultos. A su vez, los más pequeños son más influenciables. “Usar niñas en la industria de la moda tiene varios propósitos: cuando ellas ven modelos coetáneas se identifican de manera inmediata”, agrega Aguirre. Para ella, las pequeñas que hacen parte de la industria se adaptan más rápidamente a una carrera que es corta. Por otra parte, señala que la androginia está en auge, y sus cuerpos sin curvas son perfectos para verse ambiguos, así como, en aras de la estética, resultan la mejor ‘percha’ para lucir prendas. Según la especialista, otra explicación tiene que ver con la cultura machista. En muchos lugares, las ‘Lolitas’ con su aura infantil son producto de fantasías. “Se ha llegado a extremos como aquel que se dio en África de hombres que tenían sida y abusaban de niñas vírgenes pensando en que de esa manera iban a sanarse”.

Los efectos en las niñas expuestas a esta industria eran de esperarse: “En terapia cada vez recibo más casos de niñas de 8 años con desórdenes alimenticios como la anorexia. Conozco anécdotas de profesoras de kinder que ofrecen dulces y sus alumnas no los aceptan porque temen engordarse. Vemos niñas que se visten como adultas, pero en miniatura, y muchas con problemas de autoestima porque se sienten excluidas, como cuando se hace un fashion show y, sin tapujos, los expertos en moda les dicen que no pueden participar porque no tienen las medidas necesarias”, concluye Aguirre.

Una foto de Gisele Bündchen en una playa bajo el sol evoca glamour y una vida perfecta. Pero esto no es lo que viven las más inocentes del medio, en muchos casos. Refiriéndose al documental, la escritora Koa Beck asegura que las preadolescentes modelos están en las mismas circunstancias de un niño que trabaja en una mina de carbón: “Un padre o una madre que permita que su hijo pase 14 horas en una mina podría ir a prisión pero, ¿qué pasaría con los que incentivan a su hija a ser parte de un negocio en el que trabajará la misma cantidad de horas, si no son más, sin descanso alguno, sin comida, seguro de salud ni garantía de pago, con documentada presencia de cocaína y presión sexual?

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