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La convivencia previa en entredicho

La convivencia previa en entredicho La convivencia previa en entredicho

Que las parejas le apuesten a vivir juntos como garantía de un buen matrimonio puede no ser un buen negocio. Los estudios demuestran el poco efecto de esta medida preventiva.

No es un secreto, ni un asunto de última moda, el hecho de que cada vez son más las personas que deciden vivir con sus parejas antes de casarse. Unos lo hacen pensando en un mecanismo para prevenir el divorcio, pues vieron el ejemplo de sus padres y quieren evitar a toda costa repetir los mismos errores. Otros lo hacen porque les parece un paso definitivo hacia el matrimonio, mientras algunos, por el contrario, consideran que es una estrategia para darle largas a ese paso. Y están los que se van a vivir con su novio o novia porque simplemente quieren pasar más tiempo juntos, y en últimas les sale más barato compartir gastos de hogar. Luego llegan a los 30 años de edad y piensan que lo lógico es formalizar su relación.

Pero vivir juntos no ha resultado ser la fórmula mágica de un exitoso matrimonio. Las estadísticas en Estados Unidos han demostrado que la cifra de convivencia previa ha aumentado en más de 1.500 por ciento en el último medio siglo. Según el diario The New York Times, en 1960 había 450 mil parejas que cohabitaban sin casarse, mientras que en la actualidad el número supera los siete millones y medio. “La mayoría de adultos jóvenes en sus 20 vivirán con una pareja al menos una vez, y más de la mitad de matrimonios serán precedidos por la cohabitación. Esto se debe a la revolución sexual, al control de la natalidad y a factores económicos, pues compartir cuentas hace atractiva la idea de unirse”.

Sin embargo, los estudios han demostrado en años recientes que si la idea es asegurar un buen matrimonio, las parejas quizá podrían saltarse ese paso, pues hay muy pocas diferencias de resultado entre aquellas que convivieron antes del matrimonio y las que no lo hicieron: de quienes llevan diez o más años de casados, 61 por ciento de mujeres y 63 por ciento de hombres solo habían vivido con la persona con la que se casaron. Al mismo tiempo, 66 por ciento de mujeres y 69 de hombres que llevan el mismo tiempo casados nunca cohabitaron antes de casarse. Los resultados también han mostrado que aquellos que decidieron convivir después de hacer planes para casarse o con un compromiso serio tienen las mismas posibilidades de divorciarse que las parejas que nunca cohabitaron antes del matrimonio. Pero, definitivamente, el riesgo de divorcio aumenta en esas parejas que se van a vivir juntas sin una decisión clara respecto a su futuro.

En Colombia la situación es similar. “Según el Dane, hay más de 25 tipos de uniones distintas y la unión libre es la número uno en nuestro país desde hace mucho tiempo. No es algo nuevo, aunque todavía hay muchas personas tradicionales”, explica la terapeuta de pareja Nelly Rojas de González, autora de Ser amigos para ser amantes y El amor se construye. La experta señala que no se trata de acabar con el mito de la convivencia previa, pero que definitivamente esta no es garantía de un matrimonio feliz y menos cuando las razones para dar ese paso son equivocadas, como “cuando las personas se unen como una forma de escape de una situación familiar difícil, de problemas económicos o por prolongar la llegada del compromiso. Entonces no hay un proceso de construcción del amor que sí requiere un compromiso y que hace parte de uniones favorecedoras. No se puede generalizar y decir que vivir antes sea bueno o malo. Es más probable que funcione si la motivación es conocerse de verdad, aceptarse con tolerancia, hay expectativas comunes, se crean acuerdos y no se está buscando llenar una necesidad afectiva que no se satisfizo en el hogar”.

Sin duda, hay la opinión generalizada de que vivir en pareja antes del matrimonio es una buena manera de evitar el divorcio. Pero la experiencia en muchos casos demuestra lo contrario. La sicóloga clínica Meg Jay explica el fenómeno en un artículo titulado ‘La desventaja de cohabitar antes del matrimonio’. La razón se encontraría en lo que ella llama ‘el efecto de la cohabitación’, que significa que las personas que le apuestan a convivir previamente y especialmente sin haber establecido un verdadero compromiso, suelen ser menos convencionales frente al matrimonio y por consiguiente más abiertas al divorcio.

La especialista se refiere a que probablemente las razones del fracaso radican en algunos casos en la misma cohabitación, en parejas que no van a sentirse satisfechas con el matrimonio: así como convivir puede ser un paso dado a la ligera, sin mayor planeación, solo con la idea de pasar más tiempo juntos, la salida en caso de que las cosas no funcionen también puede ser igualmente rápida. En últimas, lo que a muchas parejas les hace falta es tomar una decisión real frente a su futuro. “Todo depende del compromiso con el que se inicie y se desarrolle la convivencia. Si hay interés en el otro, empeño en sacar la relación adelante, diría que la probabilidad de que esa relación funcione es tan alta o equivalente a la de una relación de casados. Pero lo que he visto que ha cambiado es el nivel de compromiso de las parejas, tanto en las que han convivido como en las que no. Es como si renunciaran muy pronto a hacer el esfuerzo extra para que la relación mejore, para que continúe, para superar los problemas”, explicó a FUCSIA la terapeuta de pareja y profesora de la facultad de Administración de la Universidad de los Andes, Connie Cárdenas de Santamaría, autora de La relación de pareja: la importancia de la diferencia.

Al parecer hombres y mujeres tienen intereses y agendas distintas a la hora de pensar en la convivencia. Ellas podrían ver la cohabitación como una vía directa hacia el matrimonio y ellos más como un método de diagnóstico para probar los pros y los contras de la relación y hasta como una forma de posponer el compromiso real. Esto indica que es probable que haya asimetría en cuanto a la proyección de la pareja, pero el común denominador para ambos géneros, según Jay, es que los estándares para su relación de convivencia son más bajos que los que tienen frente a un matrimonio. Como consecuencia, la exigencia es mayor estando casados y la insatisfacción tendería a crecer.

Nelly Rojas afirma que “culturalmente ellas apuntan a tener un matrimonio, un hogar, una familia, se mueven más por las emociones y por ser escuchadas. Ellos buscan la aventura, el sexo y la independencia y el tema del compromiso es como un bozal que los limita. Aun así, lo cierto es que tanto para los hombres como para las mujeres hay diferencia entre vivir juntos y el matrimonio: la primera opción es relacionada con libertad, y en la mayoría de los casos no hay hijos. Cuando se oficializa la situación puede bajar el enamoramiento y con la estabilidad caen los velos de la negación y se notan cosas que antes no”.

Por su parte, Connie Cárdenas agrega que “si la relación de convivencia funciona, el matrimonio puede ser la continuidad de ese bienestar. Si la convivencia termina en ruptura, pues no hay abogados de por medio, aunque haya un duelo, de alguna manera hay menos trámites complicados, por decirlo de alguna forma”.

Una relación construida desde un “vamos a ver qué pasa” o un “quizá seas tú”, no suena a un compromiso de estar dispuestos a construir juntos. En esos casos la calidad de la relación tiende a ser más pobre y está en mayor riesgo, aunque llegue al matrimonio. Por eso los expertos coinciden en que, si bien no se puede generalizar, lo más conveniente es que los interesados discutan sus motivaciones personales para darle el sí a vivir juntos, y consideren este paso como algo decidido, intencional y bien pensado, más que como un movimiento obvio que “simplemente se dio” o un examen para poner a prueba la relación. Como explica Cárdenas, “la convivencia sí puede ser un buen medidor debido a que están ahí, día a día, confrontados con las exigencias permanentes de compartir y esto les da a las parejas elementos de juicio sobre qué tanto están dispuestas a continuar, a mantener y a desarrollar la relación. Pero todo depende del empeño, del interés y del compromiso que tenga cada uno”.

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