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La psicosis de Hitchcock

Revista FUCSIA

La psicosis de Hitchcock Según Rod Taylor, compañero de Tippi Hedren en Los pájaros (1963), Hitchcock “la aislaba para que ella pasara todo el tiempo con él”. Foto: AFP

Después de más de 30 años de su muerte, nuevas cintas reflejan el lado oscuro del cineasta británico: el de un sádico pervertido que acosaba a sus actrices.

Suele decirse que “no hay muerto malo”, y menos si se trata de una celebridad como Alfred Hitchcock, el maestro del suspenso, condecorado como Caballero de la Reina. Aunque nunca ganó un Oscar, la revista especializada Entertainment Weekly lo escogió como el mejor director de todos los tiempos.

Recientemente, The British Film Institute hizo una encuesta entre un selecto grupo de críticos, que coronaron a Vértigo como la cinta número uno, desplazando al Ciudadano Kane, de Orson Welles, después de cincuenta años de reinado. Y pese a haber muerto en 1980, Hitchcock sigue causando terror con dos nuevas cintas que reflejan su macabro estilo creativo, The Girl y Hitchcock, en las que es interpretado por Toby Jones y Anthony Hopkins. En ellas se muestra que no solo fue un genio para atemorizar a sus espectadores.

El propio Hitchcock fue presa de sus miedos desde la infancia: “¿Miedo? El miedo ha marcado mi vida y mi carrera.
Lo conozco desde la niñez. Me acuerdo de un domingo por la tarde, el único momento en que mis padres no tenían que trabajar, tenía 5 años, me dejaron en la cama y salieron a dar un paseo. Ellos creyeron que seguiría durmiendo, pero me desperté y los llamé. El silencio me respondió. No había nadie, salvo la noche a mi alrededor. Temblando, deambulé por la casa, oscura y vacía, hasta que llegué a la cocina y encontré un trozo de carne fría que me comí mientras me secaba las lágrimas”, fueron sus palabras, recogidas por el autor Donald Spoto.

El trauma de pensar que sus padres habían muerto nunca lo abandonó, y como lo cuenta Hugo Chaparro en su biografía sobre el creador, “no soportaba estar solo en medio de la oscuridad, le asqueaban las carnes frías y el miedo se convirtió en su peor pesadilla”. También le tenía aversión a los policías desde que su papá, como castigo por una travesura, lo llevó a una estación donde lo tuvieron preso por unos minutos.

Si bien su mamá era más afectuosa, su cariño llegaba a ser asfixiante. Todas las noches lo llamaba al pie de su cama para que le relatara lo que había hecho en el día, rutina que el cineasta describía como su “confesión nocturna”, aludiendo a su estricta formación católica.

Pero su fobia a la autoridad, a los huevos (“me generan náuseas”) y su reconocido gusto por las bromas pesadas, fueron más que un juego de niños. Experimentaba con las personas para estudiar sus reacciones: a un productor le apostó un salario a que no era capaz de quedarse encadenado a una cámara en un estudio oscuro toda una noche. Sellaron el trato con una copa de brandy que Hitchcock había aderezado secretamente con laxante.


Deseos reprimidos


Detrás de su imagen de abuelito bonachón, había, según algunos biógrafos, un monstruo real más aterrador que sus ficciones. Un genio capaz de horrorizar a sus actrices más allá de la gran pantalla. Así lo revela Spoto en su libro Las damas de Hitchcock, que descubre su obsesión por algunas de sus protagonistas. Este es la fuente central de la cinta de HBO The Girl, en la que Sienna Miller encarna a Tippi Hedren, actriz de Los pájaros, su musa y principal víctima.

Para el autor, el cineasta buscaba consolar sus frustraciones en la comida, el alcohol y el set, donde además pretendía satisfacer las aberrantes fantasías sexuales que su físico, que llegó a ser de 140 kilos, no le permitía. “Tengo los mismos sentimientos que alguien encerrado en una armadura de grasa”, le habría confesado a Hedren.

 En sus cintas plasmó sus inseguridades. Analistas y grupos de feministas lo han acusado de misógino por su manera de representar los roles femeninos. No faltan además los que pese a su matrimonio con su mano derecha, Alma Reville, con quien tuvo una hija, dudan de su identidad sexual.

Cuentan que más bien eran como hermanos, y el mismo Hitchcock habría revelado que su unión era célibe y que solo consumaron su matrimonio un año después de la boda, cuando su esposa quedó embarazada. Ante la impresión que ese hecho le causó no fue capaz de mirarla durante nueve meses.
Sin embargo, dependía de ella. Cuando recibió el premio del American Film Institute a toda una vida de logros, afirmó: “Agradezco a cuatro personas que me han dado su afecto, apoyo y colaboración: la primera es una editora fílmica, la segunda, una guionista, la tercera, la madre de mi hija, y la cuarta, una excelente cocinera que hace milagros. Y sus nombres son Alma Reville”. Como anuncia la publicidad de la cinta protagonizada por Hopkins, “detrás de todo psycho hay una gran mujer”.

Hitchcock aseguraba que los actores debían ser tratados como vacas o “pedazos de carne para entretener a otros. Más todavía por cuanto el cine fue para él una paradoja: su obesidad –y su autoestima, situada en la punta de su ombligo– contrastaban con el reino de la belleza filmada en el cuerpo femenino. A las mujeres las codició, las amó, soñó con ellas, mientras que su esposa hacía honor a su nombre, Alma, un alma paciente y astuta, sufriendo por las pesadillas carnales –e imposibles– de su marido”, comentó Chaparro a FUCSIA. “Las rubias fueron entonces el sexo hecho placer –en sus mejores y, sobre todo, peores sueños–”.

Declaraba sin pena que seguía el consejo del dramaturgo Victorien Sardou, que decía “tortura a las mujeres”, para lograr una buena trama, y le gustaba hacer demostraciones de cómo ahorcarlas con tan solo una mano. Spoto describe su estilo dictatorial de dirigir: controlaba los peinados de sus actrices, el maquillaje y cada prenda que usaban tanto dentro como fuera del rodaje para que sintieran que sin él no existían.

Para lograr la expresión de espanto deseada en un personaje usaba una sádica terapia de choque: a sus actrices les susurraba al oído frases obscenas como “tócame” justo antes de gritar “acción” para filmar una violación, como le sucedió a Hedren en Marnie. Ann Todd contó que en una escena de cama le saltó encima y le gritó “relájate”. A Anny Ondra la fotografió tirada en el suelo, encima de un muchacho, para producirle una erección que sobresaliera por entre las piernas de ella, y las pocas veces que le dirigió la palabra a actrices como Doris Day, lo hacía mirando sus partes íntimas.

Madeleine Carroll, a quien llamaba “puta”, vivió algo similar cuando se desabrochó la bragueta frente a ella. También la esposó a Robert Donat todo un día durante el rodaje de Los 39 escalones para ver cómo resultaría una parte crucial de la cinta. Sabiendo que Elsie Randolph era alérgica al humo, la hizo actuar en una cabina telefónica llena de vapor. A Joan Fontaine, en Rebeca, la obligó a repetir varias veces una toma en la que tenía que llorar, y como no lograba el resultado deseado, se levantó de su silla y la cacheteó, antes de decir “corten, perfecto”. La pobre era tan insegura y a él le gustaba tanto el efecto que esa fragilidad producía en cámaras, que lo explotaba diciéndole que sus compañeros de reparto odiaban su trabajo. “Quería dividirnos, para ejercer un control absoluto sobre mí”, dijo la actriz. Aun así reconoce: “Eso ayudó a mi interpretación, pues mi personaje estaba aterrorizado por todo el mundo”.

Rubia obsesión

Spoto afirma que el realizador era una especie de voyerista impotente, como el fotógrafo en silla de ruedas de La ventana indiscreta que vigila a su vecino, personificado por James Stewart. Le gustaba hacer realidad, en la ficción, sus deseos reprimidos. Quizá por eso, como explicó el cineasta Francois Truffaut, Hitchcock “filmaba sus escenas de amor como asesinatos y sus asesinatos como escenas de amor”.

El caballero las prefería rubias de tipo nórdico, elegantes, frías, sensuales e inalcanzables. “Debo tener en cuenta si es la clase de chica a la que puedo dar forma como la heroína de mi imaginación”, explicaba. Pero nada lo complacía más “que quitarles su aura de divas”, porque en el mismo cuerpo convivían la admiración y las ganas de humillarlas. Su fijación era tal que a la primera chica Hitchcock, la castaña clara June Tripp, le tocó ponerse una peluca platinada. Spoto cuenta que también se dedicó a hacer sentir fea a Anne Baxter, hasta que se tiñó el pelo.

Su primer amor platónico fue la sueca Ingrid Bergman. Las malas lenguas dicen que ella le coqueteaba y que por su personalidad fuerte se ganó el respeto del director al punto que la dejaba opinar. Les gustaba tomar Margaritas y al parecer tanto consentimiento molestó a Alma, y se rumora que se desahogó con un escritor. “Yo lo quería aunque no del modo que él esperaba”, dijo alguna vez la actriz, quien le causó un gran dolor a Hitchcock cuando cayó en brazos del director italiano Roberto Rossellini. En Grace Kelly encontró su princesa perfecta. Al primer chiste sucio ella le respondió: “En la escuela de monjas me decían cosas peores”. Después de tres cintas juntos ella se volvió una princesa de verdad al casarse con Rainiero de Mónaco.

Luego de su decepción, presentó a Vera Miles como su reemplazo. La tildó de traidora cuando ella rechazó protagonizar Vértigo, pues estaba embarazada: “Intenté complacerlo, pero no pude porque era demasiado terca y él quería a alguien a quien pudiera moldear”. Tuvo que sustituirla por Kim Novak, a quien habría hecho sentir “como una niña desvalida, dócil y obediente”. Y a pesar de que inmortalizó a Janet Leigh en la mítica escena de la ducha de Psicosis, ella sufrió una notable presión para que la hiciera desnuda. Como no aceptó, la torturó con largas horas bajo el agua repitiendo la toma, hasta que fue necesario maquillarle la piel arrugada. Además, le hacía peticiones extrañas como que excitara a su compañero, John Garvin.


Acosador sexual


Con Nathalie Tippi Hedren, su última obsesión, habría perdido la cabeza por completo. “Fue amor a primera vista”, comentó un colaborador del cineasta a Spoto. El flechazo se produjo cuando la vio en un comercial y pidió a los estudios Universal que la buscaran. Ella era una modelo de más de 30 años, divorciada y madre de una niña (que se convertiría en la actriz Melanie Griffith) y no tenía experiencia en la actuación. Él le apostó a su capricho y convenció a los productores de firmar un contrato por siete años. Para probarla, hizo que besara a un tipo horrible.

“Es como un volcán dormido. Sabemos que un día entrará en erupción”, expresó Hitchcock. Aunque se convirtió en su mentor, las clases se transformaron en miradas incómodas, invitaciones a cenar y llamadas a deshoras. Hedren aseguró años después que la obsesión lo llevó a analizarle la letra, fiscalizar sus llamadas y hasta lo que comía, y hacerla espiar para saber si salía con alguien. Creía que era su propiedad, no dejaba que después del “corten” sus galanes, Rod Taylor en Los pájaros y Sean Connery en Marnie, la tocaran y tampoco le gustaba que en el set estuviera su hija, a quien le dio un regalo perturbador: una muñeca idéntica a su mamá en un ataúd.

The Girl retrata un episodio en el que Hitchcock habría forzado a Tippi a besarlo en el asiento trasero de su Rolls-Royce. Pero más la afectó el maltrato físico que sufrió durante el rodaje de la primera cinta: para la escena en la que la atacan unos pájaros en una cabina telefónica, el director le explicó que los vidrios serían irrompibles. Pero cuando uno de los animales mecánicos chocó, se destruyeron y pasó la tarde sacándose pedazos de cristal de la cara. También la engañó cuando dijo que en un rodaje en el ático usaría pájaros de mentiras. La actriz fue acosada por aves de verdad durante horas por cinco días y colapsó cuando uno casi le saca un ojo. Tuvieron que darle una semana de reposo. Hitchcock, furioso, fue a hablar con el médico para continuar con la filmación. “¿Quiere matarla?”, fue su respuesta.

Hedren afirma que aceptó una segunda película atendiendo el contrato de exclusividad, aunque en Marnie la situación empeoró. Cuenta que echó a un guionista porque rechazó una escena explícita de violación. Según ella, Alma sabía todo pero no hizo nada: “Lamento que tengas que pasar por esto”, le habría dicho.

Hitchcock no la dejó abandonar la grabación para recibir un premio como Actriz Revelación, pero en cambio la habría llamado a su oficina para pedirle que estuviera sexualmente a su disposición o de lo contrario arruinaría su carrera. La leyenda dice que ella lo llamó “cerdo gordo” y que él nunca le perdonó que se metiera con su peso. Desde entonces usó intermediarios para dirigirse a ella como “That girl” (“esa niña”). “Nunca volvió a ser el mismo después de Marnie”, escribió Truffaut.

Amarrada legalmente a sus designios, Hedren pasó dos años recibiendo 600 dólares semanalmente sin hacer nada. Si un director mostraba interés en ella, Hitchcock respondía que no estaba disponible.
“¿Por qué tendría que disculparme? ¿Por hacer lo necesario para convertirla en una estrella?”, habría dicho el maestro. Suele decirse que el fin justifica los medios. Que en los listados de las películas más destacadas de la historia permanezcan un gran número de sus 53 creaciones demuestra que quizá su método de llevar al límite a sus actrices fue más que efectivo.

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