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Victoria Fernández: Una elegante dama de negro

Revista Fucsia

Victoria Fernández: Una elegante dama de negro fotos: ©raúl higuera/13.

Victoria Fernández, musa de diseñadores y fotógrafos de moda, está por estos días en el país cuidando los detalles del desfile de Haider Ackermann en Colombiamoda. Esta es la historia de una mujer que convirtió su carácter en un estilo mundialmente celebrado.

Solo unos pocos fueron invitados. Tom Ford, en el 2010, regresaba al mundo de la moda convocando a un selecto grupo para que luciera y admirara las piezas que vendería en sus tiendas. Los fotógrafos quedaron por fuera, en el salón, solo Terry Richardson iluminaba con su flash la estampa de mujeres excepcionales, la modelo Stella Tennant, Rita Wilson, la esposa del actor Tom Hanks, y la musa de la moda Daphne Guinness. Una de ellas, sin embargo, desplegaba un brillo particular cada vez que la cámara la retrataba, la colombiana Victoria Fernández, que apenas dejaba entrever su cara tras un velo de diamantes.

Ese destino, el de estar entre las poquísimas mujeres que los diseñadores eligen para que antojen al mundo entero con sus creaciones, era algo que Victoria Fernández podía haber vaticinado desde pequeña. Ser vestida por una abuela que cosía alta moda, con vestidos de telas exquisitas e importadas que luego eran replicados con esmero para sus muñecas, le creó un sentido muy particular de la moda. Sus recuerdos de sí misma están relacionados con la magia de vestirse, pues apenas aprendía a caminar y ya sentía que la ropa era una extensión de ella, el arma maravillosa que su abuela le regalaba para enfrentar la vida.

Después de estudiar en un colegio de aires europeos en Popayán y asistir un año a la universidad, en Medellín, empacó maletas y asistió a la cita que su rebeldía y su carácter le habían prometido: Londres. Allá, el día a día se fue traduciendo en prendas únicas que compraba en vintage shops cuando aún nadie lo hacía y era relativamente barato encontrarse una joya extraviada. Los profesores de la universidad en donde estudiaba Historia del Arte la reprendían. Su presencia, la forma como iba vestida a la clase, distraía la atención y hacía imposible que cualquier profesor lograra la concentración de su audiencia. “Tienes que venir vestida más normal”, le dijo uno de sus mentores; “pero esta es mi normalidad”, replicó insolente Victoria.
Luego vino el amor y de su mano la posibilidad de celebrar cada momento de la existencia con piezas de diseñadores reputados y otros no tanto, que llevaría como pionera. Su agudo sentido para apostar por aquellos creadores que tenían algo especial la hizo responsable de llevar a un grupo de diseñadores internacionales a
Japón para que empezaran un intercambio provechoso con esa cultura profunda.Su clóset fue abrigando una serie de vestidos y chaquetas que catalogó con rigurosidad, por época y colección.

Pero después de 30 años de ir encontrando prendas que la abrazaran, y después de tener que despedir su amor para siempre, un día se preguntó: “Pero, ¿por qué llevo todo este peso encima?
Sentí que debía caminar más ligera por la vida. Pensé en abrir un museo del vestido en Colombia, pero era complejo, entonces llamé a unos agentes de Christie’s y dijeron que me ayudarían con la subasta de esa colección de moda hecha de gafas, de sombreros favoritos, guantes, vestidos y abrigos emblemáticos que se destinarían a la caridad”. Victoria fue persuadida por algunos amigos para que no se deshiciera de algunas prendas, como el abrigo rojo de Vivienne Westwood de piel de zorro que, según ellos, nadie podría llevar ya sin recordarla a ella. También guardó un bello vestido plisado de Fortuny, de los años 20 que, pensó, tenía lo más importante y especial que puede tener un traje: “Cuando sea vieja seguirá haciéndome lucir bella”.

Desde 2006 decidió vestirse exclusivamente de negro. Una invocación de sencillez y elegancia, con atuendos exquisitos en su confección, que complementaría y transformaría con el uso de accesorios. “Me sorprende mucho lo que suele pasar cuando le halagas una prenda a alguien, cuando dices, ‘qué bonito ese abrigo’, siempre te responden, es Prada o Saint Laurent, como si la marca fuera importante. A mí me importa la ropa en sí misma. Compro las cosas que me gustan, me quedan bien y tienen un valor para mí. Quiero usar la ropa, no que la ropa me use a mí. Que las personas lleven los zapatos y no ver a los zapatos llevando a las mujeres”, sentencia Victoria, quien por estos días se encuentra en Colombia cuidando los detalles para la próxima visita del diseñador Haider Ackermann a Medellín, a Colombiamoda 2013.

“Cuando lo conocí en París le prometí que algún día lo traería a Colombia, y lo logramos. Es un diseñador muy especial, hace soñar y es una cosa que valoro mucho en un creador. No ha entrado en eso que se volvió la moda: una mera operación de mercadeo; él insiste en soñar más y copiar menos. Todo se desarrolla tan rápido ahora que las cosas empiezan a perder sentido, los acervos culturales se refunden y vemos un poco la moda sin piso, pero Ackermann es una excepción a la regla. Espero que esta visita y su desfile dejen un mensaje importante en Colombia”.

Victoria Fernández, con su estilo único hecho de sombreros que parecen lanzar una proclama, siempre de guantes, como invocando los tiempos del colegio en Popayán, es una mujer real que ha logrado crear un estilo propio. “La ropa debe sacar los verdaderos valores de la mujer, que debe ser sincera consigo misma, el estilo es conocerse a través de los años, luego uno va evaluando, evoluciona y lo transforma, acorde con la edad”, afirma esta amante del arte especializada en crear eventos de ensueño para artistas y galerías.

Cuando se vive viajando es preciso ir ligera, y eso lo sabe Fernández, por eso su guardarropa se compone de zapatos cómodos, finos y elegantes, de carteras que son un símbolo, como la Hèrmes Kelly, de sombreros como el clásico Panamá hecho en Aguadas, y de ropa esencial. Pero lo que nunca le falta a esta mujer, que se ha convertido en sinónimo de elegancia en el mundo, es un vestido de baño Speedo, unos guantes, un gorro y unas gafas para la piscina, por supuesto negras, que la visten cuando es más ella: el momento en que, nadando, se hace libre y deja que la vida la sorprenda en toda su sencillez.

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