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Que el matrimonio perdure Foto Juan Antonio Monsalve.

La comunicación entre las parejas es vital para mirar al futuro con confianza. El amor es frágil y se necesita trabajar en él para mantenerlo vivo.

“Para bien o para mal”, “En la salud y en la enfermedad”, “Amar y honrar”, son algunos de los votos que todas las parejas hacen en el momento de casarse. Palabras llenas de contenido que con el tiempo empiezan a perder valor, y así es como un día descubrimos que esas pequeñas cosas que te unían como pareja, desaparecieron. Ya ninguno tiene tiempo para reunirse a ver una película. Los chistes de su consorte ya no los hacen reír y hasta la nueva colonia o perfume que usa su pareja le da al otro migraña, le provoca un profundo rechazo. ¿Qué pasó para que, de un día para otro, se acabara la magia?

En primer lugar, esto le pasa a muchas parejas y no es culpa de uno, sino de los dos. Lo importante es no tirar la toalla al primer inconveniente, como se dice coloquialmente. El amor es frágil y se necesita trabajar en él para mantenerlo vivo.

El camino fácil es pensar que a la vuelta de la esquina habrá alguien que sí va a cumplir con nuestras expectativas y que el verdadero amor está allí, esperando. Pero el pasto del vecino no siempre es más verde y, como decía un filósofo, “es mejor una onza de prevención que una libra de cura”.

Lo que quizá quiera decir que no solo hay que dedicarse a planear la fiesta, el peinado y la decoración de las mesas, o pasar horas enteras discutiendo la lista de invitados. Son pocos los que se atreven a hablar de los temas que realmente tienen un efecto sobre la vida de casados como las finanzas, los hijos, los seguros y la herencia. Y esto se complica aun más cuando se trata de contraer un segundo matrimonio y hay hijos de por medio.

Lo saludable sería empezar por discutir unas capitulaciones. Hablar de plata francamente para que este no sea el florero de Llorente que acabe con el amor. Esto es lo ideal, pero en la vida real estos son temas difíciles de abordar y por eso muchas personas simplemente piensan que estos se van resolviendo solos, y que no es necesario planear y avizorar el futuro.

Y es tan importante como los temas de dinero tener claras las expectativas que cada uno tiene y cuál va a ser su papel en la vida de pareja. Pues cuando se está enamorado los intereses y los comportamientos son unos y, a medida que el tiempo pasa, estos empiezan a cambiar. Las expectativas están basadas en relaciones anteriores, en la dinámica familiar y, en el peor de los casos, en lo que se ve en el cine o la televisión. Esas imágenes, desconectadas de la realidad, contribuyen a la falta de satisfacción en el matrimonio. Si estás soñando con que el domingo el marido te lleve el desayuno a la cama o le llene de pétalos de rosas la tina a la hora del baño, tarde o temprano te vas a desilusionar. ¡Bájate de esa nube!, pues los papeles tradicionales ya no resultan válidos y los conflictos surgen de expectativas falsas. La verdad es que el matrimonio es más una empresa que dos socios construyen, que un cuento de hadas.

No obstante, los parámetros para un matrimonio feliz no son tan complicados y se pueden resumir en unos pocos puntos. El primero de estos es la comunicación, que debe llevar a la pareja a hablar de las metas, los sueños, los sentimientos, las frustraciones, y de las necesidades de uno y otro. Hablar de estos temas es esencial para asegurarse de que el matrimonio tenga unas bases firmes.

Otra tarea es aprender a escuchar. Suena tan sencillo, pero es lo mas difícil de todo, pues uno cree tener todas las respuestas y, desde luego, las correctas, y no se detiene a oír lo que piensa el otro.

La clave de un matrimonio feliz y duradero depende en gran parte de la honestidad y de una cuidadosa planeación. Conocer la posición de la pareja en temas como los hijos, la plata, las relaciones familiares y su dinámica, lleva a las parejas a consolidar una unión fuerte. Recuerde que no basta con vivir muchos años con una persona y, sobre todo, que el casarse cambia de por vida el estatus legal de su relación.

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