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El español que hablamos los hombres

Gustavo Gómez Córdoba

El español que hablamos los hombres Foto: Thinkstock

¿Qué puede pensar una mujer cuando oye que un hombre habla, entre risas, con un amigo del “yogo-yogo”, la “vaca muerta” y el “calambre llanero”?. Nuestro columnista echa un vistazo idiomático a algunas palabras para concluir que nuestras diferencias van mucho más allá del género.

¿Qué puede pensar una mujer cuando oye que su novio y un amigo hablan de la “torcida cardenal” y del “estratega azucarero”? Lo que cualquier persona sensata: que un alto jerarca de la Iglesia está malversando fondos de la limosna y que Ardila Lülle ha tomado decisiones clave sobre el manejo de sus ingenios en el Occidente. ¿O no?

¿Qué puede pensar una mujer cuando oye por accidente a dos compañeros de oficina diciendo que la secretaria de gerencia “aguanta” y “se deja”? Lo que cualquier persona sensata: que la mujer es de una paciencia a toda prueba, que soporta todas las adversidades de la vida laboral y que se deja aconsejar de sus amigos. ¿O no?

¿Qué puede pensar una mujer cuando oye cantar a Ricardo Arjona sobre las mujeres aquello de “lo que nos pidan podemos, si no podemos no existe y si no existe lo inventamos por ustedes... Mujeres”? Lo que cualquier persona sensata: que es un caballero de esos que ya no hay. ¿O no? (Jamás pensaría lo que el periodista Mauricio Quintero: «Arjona es el fantoche clásico. Es el hombre que se despide soplando un beso desde la palma de la mano y recibe a las viejas en tanga leopardo con un par de copas en una mano y el control remoto de la chimenea en la otra»).

¿Qué puede pensar una mujer cuando escucha a José Clopatofsky respondiendo a una pregunta de la siguiente manera?: “En teoría, cuando hay sello perfecto de anillos y cilindros y, por ende, la mejor presión interior en estos últimos; es decir, sobre los primeros 5.000 kilómetros. Pero sucede que, con el tiempo, el carbón que se acumula en las cámaras y en las cabezas de los pistones aumenta ligeramente la relación de compresión y la potencia…”. Lo que cualquier persona sensata: que Clopatofsky habla en mandarín. ¿O no?

¿Qué puede pensar una mujer cuando, recién levantada, prende el radio y escucha a Julio Sánchez comentar que un oyente tiene problemas en la “Cancillería” y a Alberto Casas anotando que puede deberse a que su pareja está muy mal de “orejas”? Lo que cualquier persona sensata: que el oyente ha estado intentando que lo reciba el ministro Araújo para contarle de una visa que le niegan a su señora para viajar a operarse del oído en el exterior. ¿O no?

¿Qué puede pensar una mujer cuando oye que su hijo adolescente habla, entre risas, con un amigo del “yogo-yogo”, la “vaca muerta” y el “calambre llanero”? Lo que cualquier persona sensata: que a los muchachos les gustan los lácteos, que de camino a casa vieron como un camión atropellaba a una res y que las personas del Llano, debido seguramente a las tareas propias del campo, sufren de terribles problemas de circulación. ¿O no?

Un éxito asegurado tendría quien publicara —en vez de libros aburridos donde aseguran que nosotros somos de Venus y ellas de Marte— un diccionario ‘Castellano masculino/Castellano femenino’ que les permitiera a ellas saber qué estamos diciendo cuando realmente estamos diciendo lo que estamos diciendo.

Aunque, pensándolo bien, al tipo habría que matarlo antes de que publique el peligroso librito. Bueno, bastaría con cortarle una “oreja” para asustarlo… pero, ¡los hombres no tenemos “orejas”!

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