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El síndrome del ratero

Odette Chahin

El síndrome del ratero Foto: Thinkstock

Los ‘rateros’ de hoy no son los que roban, sino los que son una cosa un rato y otra al otro… ¿Eres una de ellas o conoces a alguien que lo sea? Entérate aquí.

La primera vez que escuché el nuevo significado del término “ratero”, fue haciendo fila para pagar mi canasta de necesidades innecesarias en un supermercado. Mi amiga, la que me acompañaba, a quien le gusta más golosear una revista que los tentadores chocolates de los estantes, me estaba mostrando una foto de Estefanía de Mónaco y me dijo: “Esta vieja es una ratera”. Inmediatamente, sentí como si estuviera cayendo en un vértigo de ignorancia y estuviera reprobando un examen en historia de la farándula.

¿Cómo es que yo, que soy una perita en jet–set criollo, hollywoodense y europeo, desconocía ese dato? La única cleptómana famosa en mi memoria era Winona Ryder. “¿Y qué se robó Estefanía?”, le pregunté a mi amiga, quien me miró aterrada como si le hubiera eructado en la cara. “Hello! Es una ratera porque a ratos se ve linda y a ratos se ve como un bofe”, me contestó. Su respuesta me tranquilizó porque confirmaba mi total dominio en la historia farandulera, pero también mi absoluta ignorancia en la jerga.

Los rateros de hoy se extienden a muchas categorías en las que tal vez nosotros también caemos. Los más obvios y notables al ojo, son los rateros estéticos, aquellos que pueden ser bellos y bestias al mismo tiempo, y que en ciertos ángulos o momentos del día despiertan desde un piropo hasta un mal pensamiento, pero que el resto de días del año no son rompecorazones sino ‘rompeespejos’, sencillamente, feos. Para ilustrar mejor a esta especie, piense en Marc Anthony, quien en sus videos musicales logra aparecer churro, pero que en las fotos que le toman los paparazzi para los tabloides siempre aparece como un usuario del Sisbén.

Existen también los rateros sociales, que son aquellas personas levemente esquizofrénicas o severamente hipócritas. Estos son los que un día lo tratan a uno de mejor amiga y anteceden todas sus oraciones con “mi vida”, “mi amor”, y en el peor de los casos, “gorda” (como si eso fuera un calificativo afectuoso), y luego, al rato, fingen lagunas mentales para no saludarlo a uno y pasar de largo. En el colegio, yo era una nerd sin pinta de nerd, y una vez me tocó trabajar en grupo con una persona, a quien llamaremos ‘Arequipe’, que se quería aprovechar de mi comedura de libros para obtener una buena nota. En el colegio y en su casa ella era la encarnación del arequipe, la persona más dulce y empalagosa del mundo conmigo, pero en la calle y en las fiestas, jamás me saludaba. Le di el beneficio de la duda pensando que tal vez no era una maleducada, sino que sufría de miopía avanzada y por eso nunca me veía.

Un día en el descanso, decidí resolver esa duda, le puse una moneda de $500 cerca de donde estaba caminando para ver qué tan ciega era; y la perra de visión 20/20 se agachó y la recogió… Era absurdo que ella pudiera ver una moneda en el piso y no me pudiera ver a mí. Desde ese día, no le volví a dirigir la palabra por ratera y como diría Andrea Echeverri, también por “garulla, retrechera, abeja, bergaja, fulera, guaricha, garosa, morronga, farisea, gorzobia; sí señora…”

Los rateros del tipo sexual también abundan en la viña del Señor por estos días, ya nadie es ciento por ciento hétero ni ciento por ciento homo, sino, en cierto grado, bisexual, ya no es raro ver que alguna amiga está rumbeándose el viernes con un tipo y el sábado con una vieja. La ratera sexual más famosa es Anne Heche (más conocida por sus actuaciones fuera de los escenarios que en ellos), quien después de haber salido con muchos hombres y ser la novia del canosito Steve Martin, cambió de equipo al enamorarse de Ellen Degeneres, declarándose lesbiana, para que, al rato, dejara a Ellen por uno de sus camarógrafos, con el que se casó y tuvo un hijo, y del que ahora se está divorciando.

Y quién puede olvidar a los de la categoría alimenticia, aquellos con títulos de vegetarianos un día que se llenan la boca diciendo que los animales también son humanos y debemos tratarlos con dignidad y, al rato, los vemos salir con una bandejita de El Corral dispuestos a comerse la vaca sagrada en combo con papitas fritas.

Nada está escrito sobre piedra, es apenas normal ser voluble y querer cambiar, el problema es cuando el cambio nos roba integridad y coherencia de quiénes somos con nosotros mismos y con los demás. Uno no no tiene la culpa si no es bonito los 365 días del año, pero sí tiene la culpa si actúa como un hipócrita 300 días al año.

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