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¡Mala mamá!

¡Mala mamá! Existen mujeres que, a cambio de conservar una relación de pareja, callan o ignoran el maltrato de sus hijos por parte de su compañero. (Foto: Thinkstock)

Existen mujeres que, a cambio de conservar una relación de pareja, callan o ignoran el maltrato de sus hijos por parte de su compañero. ¿Maternidad vs. feminidad?

El registro de noticias en los medios que narran episodios de violencia contra menores de edad, se dispara cada día. La cosa podría parecer parte del flagelo que enfrentan muchos niños víctimas de este drama, sin embargo, lo que deja interrogantes en el aire es que, en un gran porcentaje de los casos, las agresiones son cometidas por el novio, compañero o esposo de la madre.

¿Qué hace que una madre pueda actuar con indiferencia ante el maltrato de sus hijos, y, peor aun, cuando el maltrato proviene del hombre que supuestamente debe ofrecerle afecto a ella y su familia?

Parece increíble, pero para algunas mujeres que se enfrentan a las dificultades de ser madres solteras, el maltrato parece una situación frecuente que están dispuestas a soportar por razones diversas.

Por un lado están quienes le temen a la soledad, piensan que ese sujeto que llegó a sus vidas es la única oportunidad de rehacer su vida sentimental, bajo la premisa de que son pocos los hombres que se animan a organizarse con una mujer y sus hijos de relaciones anteriores.

Por la misma orilla están las que tienen en su compañero un respaldo financiero, es decir, el tipo asumió las riendas de la casa con niños y todo, por lo tanto, la mujer considera que puede endosarle la ‘actitud de padre’ como si eso le otorgara la libertad para aplicar castigos físicos a los pequeños.
No faltan las que renuncian a sus hijos porque el nuevo amor les dice que sólo podrán ser felices si comienzan de cero su propia familia, así que los despachan para donde alguna abuela, tía o madrina caritativa que se encargue de terminar la crianza.

Ni qué decir de las que simplemente no están dispuestas a dar crédito a las denuncias de sus propios hijos. Se oyen historias diarias en las que niñas y jovencitas acusan a sus padrastros de abuso sexual, sin embargo, sus madres se niegan a aceptar la realidad, argumentando que son mentiras para dañar la relación, e incluso no falta la que condena la coquetería de la víctima.

En España, a mediados de marzo de 2006, un caso conmovió a la opinión pública. Se trataba de Ana María, una niña de escasos 4 años que llegó a un hospital de Valencia con fracturas en el cráneo, un brazo partido, la cara reventada y múltiples contusiones en todo el cuerpo y además estaba inconsciente. La madre y su acompañante dijeron a los médicos que la niña había rodado por las escaleras, sin embargo, tan pronto la pequeña recobró el conocimiento pudo relatar parte de los hechos: el novio de su madre le había propinado semejante golpiza porque no quería irse a dormir cuando él se lo ordenó.

Es cierto que la maternidad cambia la vida de cualquier persona y a veces la mujer queda relegada a su rol de proveedora incondicional de sus hijos, y la sociedad se olvida de que alguna vez existió un ser lleno de vida y sentimientos que necesitan ser explorados para sentirse realizada. Una madre no sólo necesita dar amor, sino también recibirlo, además de sus hijos, de una pareja estable que la complemente desde el punto de vista sexual y afectivo, pero sobra decir que cuando esa pareja vulnera un punto tan débil como la integridad de los hijos, es un signo evidente de que no hay un respeto por el entorno de la mujer, que está compuesto además de su rol de madre.

Lo más grave, como siempre, el silencio, la indiferencia y la negación de muchas mujeres que viven esta pesadilla, mientras destruyen por pedazos la vida de sus propios hijos en nombre de una felicidad personalizada.

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