COMENTARIOS

Nosotras también podemos tener una noche de sexo sin enamorarnos

Fucsia.co

Nosotras también podemos tener una noche de sexo sin enamorarnos Foto: Ingimages

El juego de 'one night stand' se lo inventaron los hombres y, ahora, cuando nos ven ir tras una sola noche de pasión sin más promesas, muchos salen corriendo y nos dejan semivestidas y alborotadas.

María de la Mora, columnista mexicana
    
En la biodiversidad del ecosistema masculino existe un ejemplar tan único, como masivo. Dícese de ese que prende la adrenalina de las cazadoras más experimentadas. Esa cabeza que se antoja colgada en el salón, encima de la chimenea.

Hablo de un hombre inteligente, de mente abierta, ubicado mucho más allá del bien y el mal y, sobre todo, amante de los juegos que ponen en jaque a la mente y apaciguan con maestría los ímpetus del cuerpo.

No es marriage material (lo cual muchas veces, es la mejor virtud), quizá es demasiado joven, o demasiado viejo, y es lo suficientemente malo como para hacerte perder la cabeza en la cama y lo suficientemente bueno como para saber desaparecer a tiempo sin dejar rastro de sangre.

Un reto. Un jugador a la altura del juego: el player sin complejos, dispuesto a poner las cartas sobre la mesa reconociendo que la recompensa del juego es el juego mismo. Sin censura, juicios, ni consecuencias.
Un regalito envuelto en celofán (en mi mente era más bien látex) para una mujer que, por el momento, lo único que quiere es disfrutar como si no hubiera mañana.

La historia es así: el flirteo comenzó por Twitter. Él es columnista, yo también. En cada palabra que publica se declara ajeno a los convencionalismos sociales y muy a favor de la experimentación, en absolutamente toda la extensión de la palabra. Evidentemente tiene tatuajes, bastantes años menos que yo y en sus textos las palabras squirting, bangover, bondage… son la norma.

Unos 20 tweets cargados de intención y descaro, justificados por ambas partes por “el absurdo de los acartonados roles sociales, el deber ser y la falacia del romanticismo forzado” y al tercer WhatsApp, la mesa (la cama, que es más cómoda) estaba puesta.

Botella de mezcal, varios condones en la cartera, lingerie de Agent Provocateur y frente a mí unas manos que mientras se movían al ritmo de un firme discurso sobre la coherencia, yo imaginaba haciendo cosas que nada tienen que ver con ningún argumento racional.

Coherencia. Palabra imperdible en el léxico de todo aquel que se autodefine “inteligente”. Protagonista de las sobremesas “de los adultos”, nos encanta manosearla y subimos y agravamos el tono al pronunciarla.

Cuando un papá le dice a su hijo: “Da las gracias y pide por favor”, está convencido de que si él es amable con la señora de la panadería, su vástago tendrá buenos modales. Porque cree que es consecuente. Porque está seguro de que si quiere verde, tiene que mezclar azul con amarillo.
Coherencia. La palabra es tan contundente  que sonaría (PUM) si cayera por su propio peso.

Tanto, que a muchos se les llena la boca al pronunciarla. Y muchos terminan por empacharse. Es decir, esa actitud después de comer que no te permite ni mover un dedo.

Y eso fue justo lo que sucedió en mi más reciente escarceo con un player de esos muy tulastráes, el juego no pasó del primer tiempo. Él se empachó con su propio discurso de “dejar al cuerpo ser cuerpo” y yo me quedé (semi) vestida  y alborotada (-tadísima) compartiendo con el espejo y con Hank mis ganas de portarme fatal (una siempre debe bautizar a sus vibradores y juguetes, en muestra de agradecimiento).

Muchos besos atascados en un lugar muy público, la versión más honesta de mí misma (“hace 48 horas corté con mi novio, no pretendo nada más que un orgasmo múltiple, tu casa o la mía”) y, cuando la cosa se ponía buena, la música en mi mente dejó de sonar: “¿Cómo?, ¿hace solo dos días?”
 
De vuelta en mi casa antes de las 3 a.m. y sin entender nada. “Quizá no le gustaste tanto” (pero si la química y la ganas de aventarme sobre la barra del bar eran innegables). “Quizá te viste muy atascada” (pues sí, ese era el plan). “Quizá fuiste una intensa” (lo único intenso del momento fueron mis ganas de arrancarle la camisa y morderlo).

¿Por qué les cuesta tanto trabajo darnos el beneficio de la duda?, ¿por qué no nos creen cuando, de pronto, estamos perfectamente capacitadas para un one (amazing) night stand?, ¿por qué salir corriendo ante nuestra desinhibida cachondez?, ¿de qué les da miedo? De que al día siguiente, después de los cinco tylenoles y los tres litros de Gatorades, empecemos a hablar de amor a primera vista y a visualizar el cuarto del bebé. Esa es la verdad, su verdad, queridos machos.

Quizá en el fondo a lo que le temen es que una de nosotras, tan sensibles y complicadas, les ganemos el juego que alguien les hizo creer que ustedes inventaron.
   

Puedes leer otros artículos de esta autora:

Es duro ser una milf (mamá que me cogería)

La verdad sobre una esposa trofeo

    
    

También le puede interesar

COMENTARIOS

Este es un espacio de participación de los usuarios. Las opiniones aquí registradas pertenecen a los internautas y no reflejan la opinión de Publicaciones Semana. Nos reservamos el derecho de eliminar discrecionalmente aquellos que se consideren no pertinentes.
Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.