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Sexo, mentiras y bla, bla, bla

Ana Saladén

Sexo, mentiras y bla, bla, bla Foto: Getty Images

No serán adictos al sexo pero sí a tener frecuentemente conversaciones con connotación sexual así, a la hora de la verdad, mucho prediquen y poco apliquen.

Una sentencia del siquiatra Thomas Szasz (húngaroamericano, inspirador del movimiento antisiquiátrico) reconoce que “antes, cuando la religión era fuerte y la ciencia débil, el hombre confundía la magia con la medicina; ahora que la religión es débil y la ciencia fuerte, el hombre confunde la medicina con la magia”. 

Aunque, en apariencia, un tanto ‘alocada’la frase, se le puede aplicar a esos hombres que confunden hablar mucho de sexo con ser buenos en el amor y en la artes del amor; esos conquistadores empedernidos que se lo creen, cuando apenas si croan. Los que confunden la magia de la seducción con la medicina de la erección. En cuanto más débiles son, más aparentan. Buchiplumas.

Una asidua lectora de FUCSIA, se atrevió a catalogarlos: “están los hippies de otoño—comenta Astrid Elena Gallego— que por dárselas de alternativos y con inquietudes de la nueva era lo llevan a uno de esos restaurantes naturistas ayurvédicos, donde sirven una comida muy extraña, con nombres más raros aun, y en unas porciones casi inexistentes.

Todo esto con el único propósito de enterarnos de una vez por todas de sus sueños de irse a vivir junto a su pareja —en ese momento te mira con ‘aquellos ojos’— a una comuna, que tienen unos amigos suyos de la universidad. “O los que después de haber llevado a la chica a un hermoso restaurante —continúa Astrid Elena Gallego—, con su calculada manera de hacerlo todo en la vida, y mirar todo desde una perspectiva meramente comercial, empiezan a querer cobrar la cena porque ‘¿mira, si yo me ocupo de tus necesidades, ¿porqué tú no haces lo mismo?’, osea, pretenden cobrar en especie lo pagado en el restaurante. 

Saldría más barato pagar la mitad de la cuenta. O qué tal el chico comprometido —bueno, no lo ha dicho—, pero suelo intuirlo si me lleva a uno de esos restaurantitos discretos, que no conoce nadie, ubicados al otro lado de la ciudad y se sienta en la mesa más recóndita, donde no lo encontrarían ni los investigadores de CSI

También está aquel cuya manera de sentirse importante es quejándose del servicio, de la carne que no está nunca en su punto o del vino (hace descorchar varias botellas y ninguna está a la altura de su refinado gusto). Por último, pide que le llamen al administrador para sentar su protesta mientras su ego sube como el champán. “Pero el peor es el que te lleva a ese sitio —finaliza Astrid—, del que tú habías escuchado mencionar a tus amigos entre risitas sospechosas, donde las mesas están ubicadas en unos cuartitos reservados, y el mesero timbra cada vez que va a entregar un pedido. Con este no hay más que decir, ya sabemos qué quiere y ni siquiera pagará por un sitio más cómodo y adecuado”.

El placer de hablar 

Pero más allá de las apariencias y las intenciones veladas, hay otros hombres que parecen sentir más placer en hablar de sus deseos, mientras otros tienen no sólo a flor de labios el tema, sino que realmente piensan y quieren tener sexo constantemente con su pareja y nada más.

Para los primeros, si durante el día les han dicho más de cinco veces, personas distintas, “¿será que no puede pensar en otra cosa?”, refiriéndose a sus permanentes conversaciones con connotaciones sexuales, podría requerir una consulta con un terapeuta.

Intensos o enfermos 

Y en el caso de quienes padecen el mal de novio (o mejor aún, el buen deseo de novio), basta con afianzar la comunicación y tratar de realizar actividades complementarias, pues la relación de pareja no depende sólo de eso. Cierto es que muchas mujeres acuden a sus consejeras inmediatas para desahogarse de lo intenso que se torna su parejo con el sexo, que si él confunde amor con sexo, que si lo rechaza, puede acabar la relación. Lo importante es reconocer que no hay dependencia sexual, que sería el primer paso para declarar la adicción sexual de un individuo, más allá de ser un problema de pareja (ver recuadro).

¿Condición masculina o acondicionamiento?

Pero hay más razones. La cultura light ha consagrado el hedonismo, el consumismo, la permisividad, el relativismo y el materialismo, como sus cinco fundamentos. Según el hedonismo, lo fundamental es pasarlo bien sin restricciones. El placer por el placer; disfrutar sin privarse de nada. El consumismo, a su vez, lleva a acumular experiencias sexuales. Esto se inscribe en lo que los norteamericanos llaman la sexual performance: los récords, las competiciones a ver quién damás y llega más lejos. 

Con la permisividad, lo importante es siempre hacer lo que uno quiera, de lo que se desprende el relativismo, que en materia sexual significa que nada es absoluto,sino que todo depende en última instancia de lo que a uno le parezca y le plazca. 

Todos estas bases light se van instalando en el interior de hombres con propensiones adictivas, lo vuelve ligero, liviano, sin norte. Al reducir la sexualidad a una especie de oferta de entretenimiento para pasar el rato y nada más, se cae en el intercambio de cuerpos, una unión que poco o nada tiene que ver con el amor y los sentimientos.

No obstante, se llegue con frecuencia a la promiscuidad, la adicción puede relacionarse sólo a una persona. La promiscuidad también tiene que ver en la adicción con su incapacidad para negarse, la que lleva a tener relaciones sexuales, en ocasiones, de manera forzada y ambivalente.

Aunque los medios de comunicación y la cultura light sean culpados de imponer en los últimos años la moda de la androginia, la bisexualidad, las transparencias y el hedonismo, y de engendrar la cultura light, la verdad es que pasar de la raya ya es un problema siquiátrico.

Lo cierto es que, contrario a las creencias populares que se difunden por los más conversadores de temas de sexo, la primera vez también le cuesta al hombre un poco de trabajo. La desnudez, por ejemplo, es un estado de indefensión al que es difícil someterse voluntariamente, nada más para complacer la carne. De hecho, el vestuario, el carro, el reloj y los accesorios, a veces pesan más en la personalidad de éstos hombres, que su propio cuerpo, por más que esté bien formado en el gimnasio.

 

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