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Deseo escrito con X

Deseo escrito con X Foto: Thinkstock

La pornografía para mujeres existe y sellama ‘posporno’. Atrás quedaron los mitos en dónde era una práctica solo para hombres. Entérate aquí.

El prefijo ‘pos’, que significa después, alude a que tuvieron que pasar décadas de cine X pensado exclusivamente para los hombres antes de llegar a esta nueva tendencia que no sólo surgió pensando en los deseos de ellas, sino ideada y realizada por ellas.

Quedan pocas salas X en Bogotá y están a punto de cerrar porque su público es cada vez más exiguo. En domingo, un cine como Esmeralda Pussycat, en la concurrida Carrera Séptima, no presenta más de 30 espectadores por hora y todos son hombres. No hay mujer que se le mida a participar de ese ambiente sórdido y clandestino que allí se respira. De vez en cuando, aparece una que otra estudiante de sociología intrépida, con el pretexto de realizar “trabajo de campo”.
 
Sucede, también a veces, que una trabajadora sexual acompañe a un cliente como parte de sus servicios. De resto, si nuestra sociedad todavía ve con malos ojos a una mujer que va sola a un bar, ¿qué opinión le merecerá una que acuda a este tipo de sitios? En los sex shops, donde se vende todo tipo de materiales y juguetes sexuales, ellas compran condones de sabores o vibradores, pero muy poco preguntan por revistas o cintas del mencionado género.

Si están muy ‘traviesas’, prefieren contratar en grupo a un stripper que les colme por unos momentos esa natural tendencia a ver la figura masculina. Es normal. La pornografía nunca estuvo en la lista de prioridades sexuales de las mujeres por la sencilla razón de que hasta hace muy poco fue exclusivamente concebida para los hombres. Así, esas imágenes explícitas y rudas que han sido por décadas el estereotipo de publicaciones y películas pornográficas, causan repulsión en las mujeres. Ya desde títulos como Con todos menos con mi marido, Embestida anal, o un  clásico como Garganta profunda, ellas no encuentran nada excitante que el pene sea mostrado como un arma y no como un órgano hecho para el placer.

No hay que olvidar que en asuntos de sexo, y al contrario de los hombres, las mujeres relievan el sentimiento y la ternura, ausentes en la película porno más reputada. Los  maquillajes grotescos, las uñas largas de las protagonistas (que hacen el amor en tacones) y sus inverosímiles jadeos están muy lejos de ese ideal. Como la pornografía  se ‘ensaña’ con la anatomía femenina, dedicándole todo su repertorio a los senos y otras zonas íntimas, sometidas a los brutales instintos de un macho dominante, el veto  femenino se vuelve radical. Pero las cosas no siempre fueron así. Ya en una anterior entrega de esta sección, se vio cómo antes del cristianismo los cultos fálicos, que  juntaban el sexo con la religión, tenían como privilegiadas beneficiarias de las imágenes sexuales a las féminas, o cuando menos, ellas compartían el escenario en igualdad de condiciones con los hombres.
 
En Babilonia, Egipto, India, China, y otras culturas antiguas, los rituales para conseguir la fecundidad tenían como centro a las adoratrices del pene del macho cabrío, que se entregaban a danzas libidinosas en las que incluso copulaban con los ídolos. Dibujos y pinturas alusivos al coito, diosas de bustos prominentes, manuales ilustrados de técnicas eróticas como el Kama Sutra hindú y muchas otras manifestaciones gráficas de la sexualidad legadas por la Antigüedad, marcaron los lejanos antecedentes de la estimulación sexual a través de la vista.

Lo que hoy se conoce como pornografía nació con la fotografía en la segunda mitad del siglo XIX. Aquellas primeras escenas de sexo explícito surgieron con un carácter machista. Pornografía se forma de las voces griegas porne, que significa “prostituta”, y grafía, que quiere decir “descripción”. Ello significa que el primer objetivo de esta manifestación fue mostrar las actividades propias de lo que se conoce como “el oficio más antiguo del mundo”. Con el tiempo y hasta hoy, la pornografía abarca los materiales, imágenes o reproducciones de actos sexuales, con el fin de provocar excitación en quien las observa.

Tal es un derecho de ambos sexos, porque tanto en hombres como en mujeres las cosas entran por los ojos. Sin embargo, los primeros pornógrafos se guiaron por la  reponderancia del género masculino, al cual la moral patriarcal le concede el derecho de saciar sus necesidades sexuales hasta consumir la última gota, mientras que a las  mujeres les pide mostrarse recatadas y sumisas. De tal forma, el placer que produce ver la piel quedó como un don exclusivo de los hombres, que contaron luego con el cine y cierta literatura para desarrollar y aliviar sus fogosos deseos.
 
Con la liberación femenina, surgió el primer quiebre en la historia de las relaciones entre mujeres y pornografía. Las más recalcitrantes activistas declararon que películas y fotografías de esta índole hacían parte de la degradación de sus congéneres por parte de los hombres. Bajo predicamentos de dignidad y trayendo a colación que estas obras habían hecho del cuerpo femenino una cosa, un asunto de mercado y un filón de opresión, la causa abogó por su abolición. En el Canadá de los años 80 este  clamor se convirtió en política estatal, pero cayó cuando la sociedad descubrió que una norma en contra de estas expresiones atentaba contra las libertades individuales.

Años antes, en 1973, se había desatado una polémica cuando surgió la revista Playgirl, en respuesta a una vertiente más moderada del feminismo que no pedía la desaparición de la pornografía, sino la versión para mujeres de publicaciones como Playboy  o Penthouse, famosas por sus desnudos femeninos explícitos. Al ser entrevistada al respecto, la joven actriz colombiana Judy Henríquez dijo que no estaba de acuerdo con una revista de ese estilo porque la mujer ya tenía una concepción del hombre que en nada se parecía a verlo posando de manera provocativa.

Voces como ésta se oyeron en todo el mundo, pero ello no atajó el ímpetu de los editores. La revista dio gusto a las lectoras deseosas de desnudos masculinos frontales, aunque no en todas sus páginas, a sabiendas de que para muchas las sugerencias son más excitantes que el destape total. En 1990, la publicación le ofreció 45 mil dólares al príncipe Carlos de Gales por aparecer sin ropa, propuesta que Su Alteza, por supuesto, declinó. Ello no le restó ventas a Playgirl que, pese a su buena posición en el mercado, no ha logrado llenar el vacío que ahora por fin empieza a colmar el posporno.
 
Se trata de cine pornográfico hecho para mujeres y por mujeres. Sus rasgos básicos apuntan a revertir todo aquello que las féminas repudiaron por años. Si en las cintas tradicionales la penetración es el centro del argumento (si así se le puede llamar), en el posporno los juegos preliminares ostentan la mayor importancia. Aquellas interminables secuencias de genitales en primer plano aquí no existen y cobran importancia las caras de los actores y sus expresiones de goce. Mientras que la pornografía de siempre le da toda la importancia a la mujer, las nuevas realizaciones son más igualitarias y tanto actores como actrices son dueños de la pantalla, en alusión a que ellas son menos egoístas.

El posporno ya es toda una industria que cuenta con sus vacas sagradas. Una de ellas se llama Annie Sprinkle, una ex prostituta y estrella de cintas X que ahora gana millones como sexóloga y protagonista de filmes, cargados de humor y con una clara intención
de variar los estereotipos y darle cabida a asuntos como la eyaculación femenina y la sensibilidad de la vagina. Otra pionera es Candida Royalle, dueña de la casa Femme Productions, la cual produce, además de vibradores, cintas que ella define como “porno para parejas”, cuyo gran objetivo es crear nuevos modelos de comportamiento sexual desde la satisfacción del deseo femenino. El posporno, más allá de obras ‘edificantes’, le apunta, como cualquier negocio, a vender, y va con el signo de los tiempos. Su diversificación incluye películas de corte lésbico y el porno mezclado con la ciencia ficción. En rechazo a los viejos moldes, estas cintas acaban con los clichés y presentan protagonistas de menos de 1,60 de estatura, rapadas, para nada voluptuosas, depiladas o con vello, en fin…
 
Para dar gusto a los morbos más facetados, toman como eje argumental prácticas como el spanking (el placer a través de las nalgadas) y el bondage, para aquellas que disfrutan esclavizando a sus amantes. Fieles a su gusto por sugerir y no mostrar, las realizadoras del posporno han acuñado en sus obras la ‘desgenitalización’ del cine X, de manera tal, que en películas como Dominatrix Waitrix no se ve un órgano sexual en 40 de los 44 minutos que dura la cinta. Todo ello sucede en Europa y Estados Unidos. Por los lados del mundo hispano, al parecer el posporno todavía se demora en llegar, de manera que las espectadoras tendrán que conformarse con el hecho de que lo más cercano a la pornografía para mujeres que se ha hecho en estos contornos fue una exitosa novela colombiana llamada Pasión de Gavilanes, que debió su alto rating también a que sus galanes, inexplicablemente, siempre terminaban con sus fornidos torsos desnudos. 
 
Menú erótico
La pornografía ofrece una variada gama de clasificaciones que se rigen por las posturas, los participantes y los gustos en la intimidad. Sin embargo, la forma de mayor uso se basa en la manera más o menos explícita de mostrar los cuerpos desnudos y las posiciones de los protagonistas de las fotografías o escenas. Presenta tres modalidades.

‘SOFTCORE’: Sólo muestra algunas partes del cuerpo asculino desnudas. En el caso de las mujeres, el destape puede ser total, pero ocultando el pubis. Artista famosos han protagonizado este tipo de escenas, como Demi Moore en la película Strip–tease. En Colombia, la más atrevida ha sido Amparo Grisales.

‘MEDIUMCORE’: Es la modalidad más convencional de la pornografía, y en ella los modelos exhiben enteramente sus cuerpos desnudos en actitudes provocativas. El mejor ejemplo lo constituyen las fotografías que llenan las portadas y las páginas interiores de revistas comoPlayboy y Penthaouse.

‘HARDCORE’: Conocido también como ‘porno fuerte’, presenta explícitamente el acto sexual vaginal, anal u oral. Además puede incluir aparatos o juguetes sexuales. Se subdivide en ‘Heterosexual’, que conforma la gran mayoría de películas de este género, y ‘Homosexual’, que le sigue en ventas en todo el mundo.
 

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