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Escapa-Sutra Foto: Stone

Decir “no” sin decirlo, es una de las mejores habilidades femeninas. Pero como todas, hay que aprenderla para escapar del sexo, sin que los hombres lo sepan. Consejos para vírgenes, principiantes, expertas y casadas.

“Oye, espera a que se me ocurra una excusa y ya te llamaré”. Hasta ahora, ha sido la mejor de las excusas que ha dicho María Paula Tortolani, universitaria, para evitar los encuentros sexuales, de manera tan efectiva que a sus 19 años es lo que ella llama “una abstemia sexual; y no por falta de oportunidades, ni porque la virginidad sea un tema prioritario; sino porque no he querido, hasta ahora”.

Una actitud frente al sexo que, en las principiantes en esto de las lides del amor y la pareja, es difícil de mantener, ahora que la vida sexual está iniciándose cada vez más temprano, mientras que el matrimonio es cada vez más tarde. Después de la revolución sexual que se vivió en los 70, en la que las mujeres pasaron de decir “no” a todo, a decir “sí” a todo; tres décadas después se puede concluir que eso significó más sexo, pero no mejor. Ahora se trata de mejorarlo. Esa liberación femenina les sirvió más a los hombres, en el campo sexual, que a la mujeres.

No me apetece

El problema real con la abstinencia sexual o la castidad, según sea el caso, es como la misma fiebre: que no está en las sábanas. Y sigue siendo el mismo: el principal obstáculo para el placer femenino está, sin duda, en su cabeza, pero no por el dolor que se esgrime para evitarlo, sino por lo que significa el sexo en su mente, que entre otras cosas, es el órgano sexual más poderoso. 

Hasta que no asuman que tienen derecho al placer y valor en como se merece su cuerpo, mal lo tienen. Y para tener mal sexo (un problema de la pareja, no sólo de uno de los dos), mejor no tenerlo, sería poco más o menos la consigna que se ha convertido en el dolor de cabeza de los hombres, más que la mentada excusa de las mujeres.

Según los más proclives a juzgar la relaciones prematrimoniales, inmediatamente después de romper el himen, la mujer deja de ser virgen. Y habiendo dejado de ser virgen, pierde una larga lista de virtudes inmaculadas. Una asociación de ideas, que llevó a que muchas mujeres de todas las generaciones exploraran todas las posturas y posibilidades, pero eso sí, sin pasar por el himen. 

La penetración, por donde toca, no necesariamente cambia a la mujer, ni se transforma en otra, ni muta. Ya se pueden derribar esos muros y esos mitos que parecen salidos de la narración oral de un mimo. Se debe volver a la sentencia de las abuelas: “el hombre propone, y la mujer dispone”. Y que las adolescentes que opten por mantenerse vírgenes, manifiesten con convicción el “NO” rotundo; porque de lo contrario, un “no” con duda, con excusas, viene a ser el más efectivo afrodisiaco para los hombres jóvenes cargados de testosterona.

No hay que olvidar que, incluso para las solteras que hoy no superan los 25 años, y que ya han tenido relaciones sexuales, su primera vez sí fue realmente un dolor de cabeza, por el sentimiento de culpa que suscitó, o porque realmente no fue placentero. Muy pocas podrían decir lo contrario, y se podrían contar con los dedos de una mano, las mismas que los han sabido utilizar para explorar el placer, sin romper el mito.  Lo cierto es que la impresión de la primera vez condiciona el desarrollo inicial de la vida sexual de las mujeres.

Abstinencia en una pareja estable 

Esta es una historia real, aunque omitimos los apellidos: Roberto llegó al cuarto con una sensación parecida a la derrota. Venía en el carro con su esposa, Vanesa, luego de una reunión de amigos, ya meditabundo, y otra vez rechazado. Antes, se besaron largamente tan pronto encendió el carro para tomar camino a casa, pero cuando la situación parecía conducir al sexo, él miró por la ventana para componerse, pues había gente alrededor. 

Retomó el hilo de su apasionado abrazo, y ya Vanesa no quería ni que le respirara cerca, porque supuestamente él había mirado con lascivia a una mujer que pasaba al lado. Manejó balbuciendo cualquier cosa. No habían empezado y ya había terminado la faena. ¿Qué le había sucedido?, se preguntaba, indeciso sobre si Vanesa exageraba,  si estaba realmente irritada. 

Lentamente las ideas se fueron ordenando en su cabeza, y encontró en Vanesa explicación para la súbita caída. Durante la cena llegaron al tema de sus relaciones anteriores; Vanesa le había contado sobre un amante de quien añoraba un desempeño que Roberto podría difícilmente igualar. Vanesa había arrojado un dardo en el centro de la quebradiza autoestima masculina, que, hay que decirlo, no pertenece exclusivamente a Roberto, sino a la mayoría. No contenta con eso, le había confesado que durante un corto noviazgo había atravesado un periodo de anorgasmia muy frustrante.

Roberto debía cargar, gratuitamente, con dos pianos, no sobre la espalda sino sobre otra superficie más endeble y eréctil. Pero, en esta historia real, que dejó a Roberto perplejo en sus reflexiones de macho cabrío, lo que más le dolió fue lo que reconoció Vanesa meses después: ella solía inventar una discusión, una escena de celos o una reacción exagerada por cualquier motivo minúsculo, cada vez que no quería tener sexo con él. 

Y esa sí era la verdad. Tan verdad, que fue Roberto, quien llamó a Vanesa “la maestra del Escapa–sutra”. En cualquier caso, que este artículo no sirva para aumentar el repertorio det rucos de ninguna mujer. Y si nunca provoca, es el momento de plantearse qué es lo que ocurre (o un cambio de pareja).

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