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La musa de Haider Ackermann

Revista FUCSIA

La musa de Haider Ackermann Foto: AFP

La belleza espectral y el carácter arriesgado y único de Tilda Swinton son características con las cuales la actriz hace realidad los sueños creativos del diseñador colombo-francés.

Alguna vez Haider Ackermann dijo que lo que más lo inspiraba a la hora de diseñar era percibir “algo que en francés se conoce como errance. Es difícil de definir, pero es algo así como vagar, perderse uno mismo, tal vez escapando de un lugar familiar, o simplemente soñando”. Sin embargo, insinuó con modestia que en esa travesía él solo hace la mitad del trabajo: necesita una musa de carne y hueso, pero ante todo de espíritu, que le dé vida a su creación. “Las prendas están en segundo plano... hay un gesto, una actitud de quien las lleva que las hace seductoras. Amo a las mujeres con un cierto misterio que parecen inalcanzables”, le confesó precisamente en una entrevista a quien encarna todas sus obsesiones: Tilda Swinton.

Que al propio diseñador le parezca complejo describir ese sentimiento que materializa en ella es apenas normal. A la actriz de 52 años la han calificado de etérea, enigmática, excéntrica, andrógina, inolvidable, pero es como si con lo singular de cada una de sus apariciones se rehusara a dejarse encasillar. Sin pretensiones, ella prefiere definirse como “científica”, pues lo que realmente la apasiona es experimentar.  Admite que los papeles que más la asustan son los que de verdad la entusiasman. Le apuesta a las películas independientes de directores principiantes, pero arriesgados aunque sean percibidas como potenciales fracasos de taquilla. Para ella las cintas de Hollywood como Michael Clayton, que la hizo merecedora del Óscar, “son como unas vacaciones”.

Tanto le encanta sentirse vulnerable que se atrevió a participar en el filme "Love is the Devil" en un avanzado estado de embarazo. Fue filmada de la cintura para arriba porque, pese a su condición, el personaje tenía que ser de ella. Quizá debido a que, como explicó en su biografía el crítico del diario The Guardian, Andrew Anthony, “ella es una de esas raras intérpretes que nunca dejan a la audiencia preguntándose qué tal hubiera sido otro actor en ese rol. Cuando uno la ve es imposible imaginarse a alguien más en su lugar”. Y solo cuatro semanas después de dar a luz a sus gemelos (niño y niña), se lanzó a aparecer desnuda en el filme "The War Zone".

En 2008 creó su propio festival fílmico en Nairn, el pueblo escocés en el que vive, y reservó la entrada a quienes llevaran pasteles para compartir. Cuentan que los asistentes fueron recibidos por Swinton en pijama. También se preocupó por armar un cine rodante en un camión para mostrar producciones de Irán y la India en zonas remotas de su región. Ella misma se convirtió en una pieza de arte en una galería londinense cuando se exhibió tomando una siesta en una caja de vidrio ante 22.000 espectadores que desprevenidos visitaban el lugar. Repitió el acto en Roma y en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con la intención de simbolizar su molestia frente al exceso de escrutinio sobre la intimidad. “Siempre ha sido un poco ‘bicho raro’. Es la clase de persona que no espera la aprobación de nadie. Su curiosidad la ha llevado a hacer descubrimientos que le permiten ser única. Nadie es como Tilda Swinton”, le explicó a FUCSIA Sasha Stone, editora de la página web de cine "Awards Daily".

Y todo porque esa “criatura maravillosa”, como la denominó su director en la reciente "Only Lovers Left Alive", Jim Jarmusch, está acostumbrada a romper esquemas dentro y fuera de la pantalla. “Es habitual para mí sentirme como un alienígena”, agrega Tilda. Hasta en asuntos de belleza se sale de lo convencional. Su esbelta figura de casi 1,80 metros, adornada con su pelo corto que cambia de rojizo a rubio además de su palidez de porcelana, no pasa inadvertida. Más notorio aún es su estilo que escapa de los géneros: “Hace poco, en un aeropuerto, fui requisada en los controles de seguridad por un guardia hombre. Constantemente me dicen ‘señor’, creo que es por mi altura y por no usar demasiado pintalabios. La gente no puede imaginarse que una mujer luzca así”, confiesa esta antidiva que ni siquiera se maquilló para recibir la estatuilla a mejor actriz secundaria en 2008. En esa ocasión, le advirtió al diseñador de Lanvin, Alber Elbaz, que con su vestido quería “atraer la menor atención posible” y sentirse tan cómoda como si estuviera con ropa de dormir. Solo se cumplió la segunda condición.

Gracias a su glamur exótico también congenió con Ackermann, uno de los responsables de que su presencia sea habitual en los listados de las mejores vestidas del mundo. El diseñador ha bromeado con que se conocieron en un karaoke chino: “creo que estábamos algo borrachos”. Por su parte, Swinton es enfática en que solo se deja vestir por amigos: “Ellos pueden saber quién eres. Es igual a que cocine para ti alguien que conoce lo que te gusta comer”. En esa analogía, sus “chefs” favoritos, además del colombo francés, son Karl Lagerfeld, Stefano Pilati, Viktor & Rolf, Phoebe Philo y Raf Simons.

Su tendencia hacia lo masculino no es gratuita, pues sus dos íconos de la moda son dos hombres cercanos a ella, con los que comparte “el mismo ADN planetario”: “Sé lo que se siente ser un fenómeno como tú, un fenómeno que incluso luce un poco como tú”, fueron las palabras que le dedicó en un homenaje al músico inglés David Bowie. El otro personaje cuya estética admira es su papá. El mayor general Sir John Swinton es un excomandante de la División de la Casa de la Reina en Londres. “De mi niñez, recuerdo más su uniforme de gala, el charol negro y las cintas de las medallas que los vestidos de noche de mi mamá. Prefiero ser ‘atractivo’, como es él, por una hora, que ser bonita toda una semana”, expresó en entrevista con W Magazine. De hecho, a veces usa en casa la ropa de su hijo Xavier, de 15 años.

En sus decisiones de vida no ha sido menos rebelde. Al convertirse en artista, Catherine Matilda Swinton le hizo caso omiso a un destino que la condicionaba a ser la esposa de un duque o un conde. Nació en una familia británica de alcurnia, cuyo linaje ha sido rastreado hasta el siglo IX, y estudió en un prestigioso internado en el que compartió aula con Lady Di. Entonces era una niña tímida y solitaria. “Cuando tenía 10 años, recuerdo que viajaba en un tren rumbo al colegio. A mi lado iban otras personas, ya adultas, con las que conversé. Seguramente pensaron que todo andaba bien conmigo pero yo me sentía miserable. Por eso empecé a inventarme fantasías sobre ellas. ‘¿Qué estarán pensando?’, me cuestionaba. Esa pregunta hace que me mantenga actuando”. 

La única mujer de entre tres hermanos sorprendió a sus padres cuando dijo que quería ser poetisa. Pero en lugar de eso decidió estudiar ciencias políticas en Cambridge, no sin antes haber trabajado como voluntaria en África. En su época universitaria se unió al partido comunista y conmocionó a sus compañeros al presentarse desnuda durante toda una obra. En realidad, ni siquiera su carrera actoral ha seguido la vía más ortodoxa.

Al graduarse rechazó a la prestigiosa Royal Shakespeare Company donde solo estuvo una temporada. Con el filme "Caravaggio", a mediados de los años ochenta, debutó en la gran pantalla de la mano del cineasta experimental Derek Jarman, quien la dirigió en siete proyectos antes de morir de sida. “A la edad de Keira Knightley yo tenía la cabeza agachada. Estaba fuera del radar y pensaba que a los 40 tendría el coraje de salir”, es su explicación de por qué no inició su vida profesional antes. “Nunca he seguido el juego de los números. La regla dice que a los 19 ya debes saber lo que quieres hacer con tu vida, ¡error! Que en los 20 ya debes tener una relación sentimental importante. Eso no tiene sentido”, expresó al diario The Independent.

En 1992 Swinton ya era una figura de culto cuando conquistó a la crítica al protagonizar "Orlando", la adaptación de la obra de Virginia Wolf de la realizadora Sally Potter. En esta interpretó a un joven al que no le pasan los años y quien a lo largo de su historia cambia de sexo. “Como Orlando, yo escribía poesía. En mi adolescencia leí este libro y sentí que era una alucinógena e interactiva biografía de mi vida y mi futuro”, reveló la actriz.  No es la única vez que no ha sido una mujer. En teatro ya había personificado a Mozart y en Constantine fue Gabriel, un ángel asexuado.

De este gran banquete que ha sido su trayectoria dice que Hollywood es “solo un plato más” que comenzó en el año 2000 junto a Leonardo DiCaprio en "The Beach". Con George Clooney trabajó en "Michael Clayton" y en la comedia "Burn After Reading" de los hermanos Coen. Aunque la tiene sin cuidado el éxito en taquilla, lo vivió con "The Curious Case of Benjamin Button" y la saga "The Chronicles of Narnia". El Óscar tampoco significó demasiado para ella: nunca había visto una de esas ceremonias y cuando fue premiada se salió como siempre del molde al comparar el trasero de la estatuilla con el de su agente Brian Swardstrom, a quien prometió regalársela. Pero antes estuvo relegada al mesón de la cocina. Considera que las cintas comerciales traen el dolor de cabeza del interés mediático. “No sé para qué tendría un publicista. Se supone que su oficio es mantenerte en las noticias pero no me interesa estar ahí más de lo necesario”.

Lo que la motiva es sacar adelante proyectos poco vendedores, pero cuyo instinto le indica que serán toda una experiencia. Esperó una década al lado del director italiano Luca Guadagnino para rodar "I am Love", y a ambos se les ocurrió crear una productora. Algo similar le sucedió con Lynne Ramsay y la dramática "We Need To Talk About Kevin", en la que interpreta a la madre renegada de un adolescente sociópata. Cuenta que ese papel fue especialmente duro porque la sociedad suele juzgar entre “buenos y malos”. Con el fin de enfatizar su punto de que ninguna familia está exenta de pasar por pesadillas semejantes, ha revelado que a los cuatro años ella quiso matar a su hermano menor porque no quería otro hombre en su familia: “Fui hasta su cuna y vi las cintas de su sombrero en su boca. Las jalé y, cuando me descubrieron, pensaron que estaba salvándolo de ahogarse”.

Sin embargo, es clara en que el rol más demandante ha sido el de mamá en la vida real. Hacer películas le parece mucho más fácil que “amamantar a gemelos”. Tal vez por su papel de bruja en "Narnia", Swinton da la impresión de ser fría. “Cuando la entrevisté esperaba que fuera distante. Ella es carismática y al hablarle te mira a los ojos como si nadie más existiera”, asegura Stone. La misma artista lo confirma con sus niños: “Dicen que si uno los abraza mucho van a crecer. Pues bien, ambos son enormes”. Honor y Xavier son producto de su relación de más de dos décadas con el dramaturgo John Byrne, 21 años mayor que ella. Se conocieron durante sus épocas en el Traverse Theatre en Edimburgo: él decidió crear un personaje para ella en la serie de televisión "Your Cheatin’ Heart" y habría dejado a su esposa y a su hija para vivir con Swinton.

En otro giro poco convencional de su historia, hace algún tiempo los tabloides empezaron a rumorar que la pareja compartía la casa con el amante de la actriz, el pintor Sandro Kopp, 17 años menor que ella, en una especie de ménage à trois. “Se necesita de hombres extraordinarios para que esto funcione”, habría dicho ella, pero aunque no le gusta referirse a su vida privada, aclaró que su relación sentimental con el papá de sus hijos había terminado desde antes. “Hay muchos mitos. La realidad es más aburrida”, explica para referirse a su hogar que además comparte con cinco perros, en el que no hay televisión ni es habitual que se usen el teléfono ni el computador. Quizá el secreto para no caer en la monotonía es su carrera que le ofrece el lujo de “vivir más de una vida”.

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