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Oprah Winfrey: la mujer maravilla

Revista FUCSIA

Oprah Winfrey: la mujer maravilla A Oprah la llaman “hada madrina”. Una vez regaló a las 276 personas del público carros marca Pontiac. Foto: AFP.

Oprah Winfrey se considera la celebridad más poderosa y la afroamericana más rica, según la revista Forbes. Sin embargo, la diosa del entretenimiento revivió su pasado de abusos cuando una tienda de lujo la discriminó por su color.

El incómodo diálogo tuvo lugar en una prestigiosa tienda de artículos de lujo, en Zúrich. Una visitante preguntó, interesada, por una costosa cartera de Tom Ford. “Es muy cara”, se apresuró a responderle la vendedora dándole un amigable discurso de que no quería “herir sus sentimientos”, por lo cual le habría ofrecido opciones más económicas. Quizá la negativa se debió al color de piel de la compradora, a su apariencia robusta y discreta, sin tanto atavío, y todo esto sumado a que, como ella misma explica, el "Show de Oprah Winfrey", su programa, no ha sido televisado en Suiza.

Claramente la desprevenida mujer no tenía ni idea de que estaba ante un ícono del mundo del entretenimiento, una magnate de los medios cuya fortuna ronda los 3.000 millones de dólares y para quien pagar una prenda de 38.000 —eso costaba la cartera— es una nimiedad. “Sin importar las razones, se trata de discriminación. La empleada hizo una falsa apreciación basada en lo que vio. Ahora bromeo con que todos los almacenes europeos deberían evaluar a los miembros de su staff para saber si son capaces de identificar a Oprah”, comentó a FUCSIA Danielle Belton, editora de Clutch, página web dirigida especialmente a las afroamericanas. Después de todo, es casi una cuestión de cultura general.

Oprah es la comunicadora que revolucionó el mundo de los talk shows con su énfasis en temáticas femeninas que la acercaron a la mujer del común sin distinción de raza. Es mítico el episodio en el que llevó al set un carrito lleno de grasa para mostrar los treinta kilos que había perdido en cuatro meses. Desde entonces el público ha vivido de cerca sus habituales cambios de peso. “Se volvió influyente con un estilo que hacía sentir a las televidentes como si ellas la estuvieran invitando a entrar en sus propias casas. Siempre ha sido real, una celebridad con la que se pueden asociar, pues habla de frente sobre su gordura y a cerca del hecho de haber crecido en la pobreza”, agrega Belton.

“La gente la ve como una hermana mayor o una amiga, y es difícil lograr esa conexión con una audiencia tan amplia”, afirma Eric Deggans, crítico de medios del Tampa Bay Times. Con la honestidad con la que ha referido en pantalla su historia de privaciones, se ganó la confianza para que otros le contaran la suya. En su “diván”, durante los 25 años de emisión del programa, se confesaron todo tipo de famosos, desde Michael Jackson hasta Barack Obama.

Aunque el espacio tuvo su capítulo final en 2011, en el último año ha ganado 77 millones de dólares gracias a su canal por cable OWN, a su revista O y a su productora Harpo (su nombre al revés), entre otras aventuras empresariales. Además, sacó tiempo para actuar en la cinta "The Butler", estrenada recientemente, en la que interpreta a la esposa de un mayordomo negro que trabajó en la Casa Blanca para ocho jefes de Estado. Casi tres décadas atrás había estado cerca de ganarse un Óscar por su actuación en "The Color Purple", de Steven Spielberg.

La palabra de Oprah es considerada sagrada para muchos. Cada recomendación de su club de libros producía un best seller inmediato y resultaba más efectiva que cualquier campaña de promoción de la lectura en su país. Una alusión a la enfermedad de las vacas locas generó una caída en la venta de la carne de res, y en los noventa el entonces presidente Bill Clinton firmó la Ley Nacional de Protección a la Infancia que se conoce con el nombre de la presentadora, por su activismo en contra del abuso a menores.

Luego de la tragedia del huracán Katrina que devastó a Nueva Orleans, fue la responsable de movilizar a la nación en torno a los damnificados, al punto que hasta los columnistas escribieron irónicamente: “¿alguien puede pedirle a Bush que llame a Oprah?”. Su presencia es sinónimo de poder social y mientras los detractores, en su mayoría hombres que la acusan de ser una populista que exalta la victimización, ella se siente orgullosa de haber donado más de 400 millones de dólares a causas benéficas.

Estar en su lista negra no es una idea rentable. En 2005 ya había vivido en París un episodio similar al de Zúrich, en una tienda de Hermès, cuando las vendedoras ni siquiera le permitieron ingresar al establecimiento. En esa oportunidad por poco hizo arrodillarse al director de la marca en Estados Unidos en su programa, pues la diva no se conformó con las disculpas en privado. Tal vez imitándolo, en días pasados, la oficina de turismo suiza manifestó públicamente su vergüenza. No podía ser de otra forma, porque para la estrella de 59 años, el éxito no radica en la riqueza sino en la valentía para sobrevivir al abuso, como dijo en una entrevista: “es el coraje de poder decir, ‘no te permito tratarme así’, en eso consiste”. Oprah Winfrey aprendió la lección a las malas.

Nació en un poblado rural de Misisipi en condiciones paupérrimas, cuando los derechos civiles de su raza eran solo un sueño. Ni siquiera tuvo el nombre correcto: su mamá, una adolescente soltera y empleada del servicio, como lo habían sido todas las mujeres de su familia, descendiente de esclavos, quiso ponerle Orpah, como un personaje bíblico, pero ante la incapacidad de pronunciarlo bien empezó a llamarse de la manera en que el mundo la conocería.

Su crianza corrió por cuenta de su abuela, quien solo tenía recursos para vestirla con costales de papa. Pero se encargó de que aprendiera a leer, y cuenta la leyenda que a los tres años, cuando jugaba a entrevistar a sus muñecas hechas con tusas de mazorca, o cuando recitaba versos en la iglesia, ya era evidente su talento.

Sin embargo, a aquella mujer que la educó a fuerza de castigo físico la vida le había enseñado que no había espacio para las ilusiones: la única manera de salir adelante, aleccionaba a la niña, era trabajar para “buena gente blanca” que le permitiera llevarse las sobras de su mesa a casa. Aun así, con cierto aire megalómano, Oprah asegura que siempre supo que “sería grande”. Por eso enfatiza en que no cambiaría su pasado. Ni siquiera el hecho de haber sido violada desde los 9 años. La primera vez, el responsable fue un primo que estaba encargado de cuidarla. Para silenciarla la premió llevándola al zoológico y ofreciéndole un helado. En la lista de abusadores seguirían su tío favorito y el novio de una pariente.

Pensando que así se vivía la vida, se volvió una joven problemática y promiscua que pasó por un centro de detención juvenil y que a los 14 años quedó embarazada, aunque el bebé murió dos semanas después de su prematuro nacimiento. Para entonces ya había tratado de suicidarse ingiriendo detergente y estaba en manos de su supuesto padre biológico, pues su mamá había tenido tres hijos más: a una de las niñas la dio en adopción, la otra fallecería años más tarde por su adicción a la cocaína y el varón moriría de Sida.

Oprah tuvo la suerte de que Vernon Winfrey la disciplinara con su estilo de soldado del ejército, pues la joven empezó a sobresalir académicamente y ganó un concurso de oratoria y otro de belleza: el primero la hizo merecedora de una beca para estudiar comunicación. El segundo le dio la oportunidad de visitar una estación de radio de Nashville, donde en su calidad de reina leyó las noticias. En ese momento se convirtió en la conductora más joven y la primera mujer afrodescendiente en ese cargo.

Luego llegó a la televisión y cuando sus jefes notaron que cada vez que mostraba un hecho triste lloraba, no tuvieron más remedio que sacarla del equipo de periodistas. Gracias a esa “debilidad” pasó a presentar un espacio matutino y se convirtió en Oprah, con todo lo que eso significa. El resto, como se dice, es historia, pero una que ella misma escribió, borrando un destino al que parecía predestinada.

“Toda mi vida he tenido que luchar”, expresa una de las líneas de su personaje de Sofia en "The Color Purple", hecha a su medida. Y desde su posición privilegiada lo sigue haciendo. Quizá por eso el episodio de la tienda suiza le dio la vuelta al mundo, pues desde hace mucho ella creó su propio final feliz: “me duele que mi abuela no viviera para ver cómo ahora alguna 'buena gente blanca' trabaja para mí”.

Si le pasa a Oprah…

La presentadora no cree que el hecho de que no quisieran mostrarle una costosa cartera en un almacén de lujo se debiera a un malentendido, como expresó la vendedora. “Quise crear un episodio al estilo 'Pretty Woman', cuando Julia Roberts compra toda una tienda y luego regresa a donde no quisieron atenderla y dice: ‘grave error’. Yo simplemente dejé el almacén, pero el racismo todavía es un problema”. Ella no es la única que ha pasado por ese tipo de rechazo: a Condoleezza Rice, la exsecretaria de Estado norteamericana, una vez le ofrecieron unos accesorios más baratos en lugar de las joyas que pidió ver. “Cuanto más alto llegues en la cadena, menos van a esperar que ocupes esa posición”, analiza Oprah.

¿Y qué puede esperarse para el común de los mortales? “Simplemente no tienen medios para contar su historia”, comentó a FUCSIA Elaine O’Connor, directora de Wigs and Gowns School of Fashion en Londres. Todos sabemos que la industria favorece los cuerpos blancos y delgados. Basta mirar las pasarelas y las revistas. Por cada Jourdan Dunn, hay cientos de rubias flacas como Cara Delevingne. La presencia de modelos negras en los desfiles de Nueva York pasó del 8,1 al 6% en el último año”. La crítica cultural Danielle Belton opina que “las personas de raza negra sienten la presión de lucir ‘correctamente negras’ y demostrar que son ‘aprobadas’ por los blancos”.

Para Heidi Moore, columnista del diario The Guardian, esa tendencia se traslada a las boutiques: “lo mejor y más costoso es reservado para quienes evidencian obvios marcadores de estatus: buena apariencia, la compañía de un hombre que aparente riqueza, y la delgadez. La raza es habitualmente asociada a temas socioeconómicos, como el peso. Hay estudios que muestran que las mujeres de bajos ingresos tienden a ser de tallas más grandes”.

Entre las teorías que explicarían la relación estaría la poca capacidad para adquirir alimentos saludables. Quizá por eso el presidente de la marca Abercrombie expresó tranquilamente que su estrategia de mercado iba dirigida a gente “delgada” y “cool”.

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