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Un huracán llamado Fanny Mikey

Fucsia.co

Un huracán llamado Fanny Mikey Foto: Semana.com

Hace 8 años, Colombia perdió a una de sus maravillosas mujeres. Fanny Mikey, la progresista y transgresora, la que no tenía pelos en la lengua y una defensora del poder de la mujer, dejó huellas imborrables no sólo en el teatro sino en nuestra forma de hacer cultura.

La mayoría de personas la recuerdan por su estrambótica cabellera entre roja y naranja, que con el paso de los años pareciera que incrementaba su color y su brillo. Era fácil detectarla en un lugar, y no sólo por el color de su pelo, sino porque ella no podía pasar desapercibida.

Todo el mundo la saludaba, la abrazaba y los que no podían tanto, se quedaban con el sólo gusto de mirarla.

Fanny Elisa Mikey Orlanszky era así. Un desparrame de carisma y soltura, quizás aprendidas de esos años en Cali, cuando como ya es sabido llegó detrás del amor del actor argentino Pedro Martínez en 1958.

Ocho años se quedó en la capital vallecaucana, haciendo lo que fue su pasión natural, nada aprendida ni heredada de nadie: el teatro. Fanny, que llegó de su natal argentina a donde su padre, un inmigrante polaco también había arribado huyendo de la guerra y quien nunca la vio actuar porque "el teatro no dejaba nada bueno", se dedicó a la actuación al lado de Enrique Buenaventura.

"Pensé que llegaba por poco tiempo y me enamoré de Colombia. Los primeros años trabajé como actriz, pero también vendía boletos de puerta en puerta para sostener el grupo", le dijo en una entrevista en 2008 para la revista Semana a la periodista María Isabel Rueda. (Lea también Las 9 frases de amor más celebres del teatro).


Foto: Teatro Nacional

Fanny Mikey también era un derroche de sensualidad y sus maravillosas piernas un arma letal en el escenario. Ella tenía ese 'touch' de las mujeres de antaño, de esas que apenas dan un abrebocas de lo que pueden ser y al final lo son todo. De esas que logran cautivar al público con su magia escénica, con su voz ronca, con su maravilloso arte de asumir las tablas como el "espectáculo definitivo".

La "Dama de las tablas", como algunos la llamaban, hija mayor de una familia judía de origen lituano, era una mujer frentera y una defensora a ultranza del poder femenino. Tenía ese aire de bohemia, de intelectual, pero también una mezcla perfecta de mujer de pueblo en el sentido más amplio de la expresión.

Ese fue el secreto de su éxito. Su paso por el Teatro Experimental de Cali, del que fue su directora y con el que pudo organizar varios Festivales de Arte y semanas culturales en diferentes ciudades del país, le dio a esta colombiana de corazón el impulso suficiente para hacer crecer su sueño e intentar ampliarlo al llegar a Bogotá.

Su convencimiento sobrepasaba a las mismas tablas. Afuera, en el mundo empresarial fue una mujer de visión. Al llegar a la capital colombiana se involucró de cuerpo, alma y sombrero con el teatro y la actuación llegando a ser la directora del Teatro Popular de Bogotá.

Fueron tiempos difíciles, según contó en varias entrevistas. La gestión artística y la creencia de los sectores público y privado sino era nula era bastante escasa. Y la cultura de ir al teatro no ha sido nunca, para infortunio nuestro, uno de los placeres colombianos.

Pero nunca desistió de su "misión". Y así, de la mano de su amigo Santiago García asumió la dirección ejecutiva del Teatro Popular de Bogotá (TPB). Una mujer al mando de un teatro en plena década de los años 60, cuando todo el tema de Woodstock y el amor libre no pegaba tan fuerte en los muros de la sociedad colombiana.



Foto: Ingimage

-La Gata Caliente, un desnudo y el Teatro Nacional-

Apasionada, franca, desparpajada, libre de prejuicios, una mujer desde siempre "más allá del bien y del mal", y hay que decirlo cansada del teatro "mamerto", como ella lo llamaba fundó "La gata caliente", el primer café concierto que existió en Colombia y donde por fin podía poner en la escena los grupos y espectáculos que según ella necesitaba el país.

Su directa coquetería y esa felicidad colombiana que ella llevaba a su máxima expresión o mejor, ese desinterés de los años, ese sentirse siempre sexy, la llevó a protagonizar el primer desnudo del que se tenga noción en Colombia. Fue allá por los años 60 cuando en la publicación "La vida pública" se expuso ese material fotográfico.

Nunca se supo si cuando la tachaban de loca, era de loca real o por su papel en la obra 'La loca de Chaillot'. Pero sí, algo demencial se apoderó de ella cuando en 1981 se le ocurrió la idea de crear la Fundación Teatro Nacional, que actualmente integra el Teatro Nacional Fanny Mikey (o de la 71), el Teatro La Castellano y la Casa del Teatro Nacional. (Lea también Colombia, lamenta la muerte de Fanny Mikey).

Ya ese recorrido la pone en la cima de los gestores culturales de Colombia, pero su obra cumbre no serían los edificios teatrales sino algo más inmaterial, rico y dinámico: el Festival Iberoamericano de Teatro.

Una locura que llevó a cabo con el exembajador Ramiro Osorio en 1988 como parte de la celebración de los 450 años de Bogotá y que ha traído a nuestro país cientos de compañías de teatro, circos. Es el festival más grande del mundo de este tipo, considerado uno de los eventos culturales más importantes.


Foto: Teatro Nacional

Lo logró. Sacó el teatro de la aristocracia, de los estrechos círculos intelectuales y lo puso asequible, en la calle. Avaló lo artístico como lo que es: una muestra de lo que somos todos, un espectáculo del y para el pueblo.

Fanny se fue arriba de las tablas, "rompiéndose una pierna". En 2008 durante la gira de ‘Perfume de arrabal y tango’ y en Cali, la puerta por la que entró y nunca se fue de Colombia.

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