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Malala, una niña de Nobel

21/11/2013

La Academía acaba de premiar a la joven paquistaní con el Premio Nobel de la Paz por su activismo a favor de los derechos de las mujeres en su país y en contra de la opresión. A sus 17 años, es la persona más joven en recibir el preciado galardón.

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El 9 de octubre de 2012, un talibán abordó un bus que llevaba a Malala Yousafzai, de 15 años, y a sus compañeros de escuela, y los abaleó con frialdad, a quemarropa. El movimiento Tehrik-e-Taliban no solamente se atribuyó la responsabilidad por este flagrante intento de asesinato de la joven activista que defiende el derecho de las niñas a educarse, sino que cuando se supo que sobreviviría al ataque, reafirmó su intención de asesinarla. El hecho ocurrió en la comunidad local de Swat Valley, donde nació Malala, y gracias a la intervención de sus amigos y familiares, el ejército paquistaní la llevó en avión a Peshawar. Desde allí fue trasladada en otro avión-ambulancia, costeado por el príncipe de Abu Dabi, a Inglaterra, donde fue intervenida quirúrgicamente. Por fortuna, Yousafzai sobrevivió, al igual que los otros niños.

Suena paradójico que el nombre de Malala signifique en su idioma “afligida por la pena”. Porque la joven de 17 años ha pasado en el curso de este año de la aflicción a la exaltación, y sobre todo al entusiasmo por continuar luchando por sus ideales, y la respalda el hecho de que acaba de hacerse acreedora al premio Nobel de Paz, junto al indio Kailash Satyarthi, por su lucha a favor de los derechos de la mujer en su país, en particular, y a nivel mundial, en general. Premio que viene a sumarse a otros que ya copan su repisa, como el Sajarov del Parlamento Europeo por su libro Yo soy Malala, cuyas ideas fueron recabadas por la periodista inglesa Christina Lamb, corresponsal en el extranjero de The Sunday Times.

Con signos visibles de la reconstrucción que los cirujanos hicieron de su cara, esta joven de pelo negro, cejas pobladas y ojos color miel, se ha convertido en la vocera contra de los talibanes, promoviendo el empoderamiento de las mujeres como ella en Pakistán y en todo el mundo musulmán.

Taufiq Rahim, analista político asentado en Dubái, que escribe regularmente un blog en TheGeopolitico.com, ha hecho un acercamiento a la escena de una Malala reincorporada a la vida, cuyos pasos son seguidos uno a uno por sus partidarios y detractores, pues de estos últimos también tiene, y muchos. Aparentemente no hay nada erróneo en la sobreexposición en los medios de esta joven que se pronuncia acerca de la paz y que invita a otras muchachas como ella a luchar por sus derechos y a educarse en contra del patriarcado. Pero parece que sí lo hubiera. De hecho, en Pakistán y en su pueblo, Mingori, la aprobación casi unánime que le han brindado es motivo de escarnio: “Está arruinando el nombre de Pakistán en el mundo”, dicen algunos. Otros lanzan acusaciones siniestras contra la CIA, que involucran tanto a Malala como a su atacante, diciendo que todo este asunto es un complot de Occidente”.

A Malala Yousafzai la enaltecieron después del ataque del que fue objeto, tan absurdo y discordante que los líderes paquistaníes no pudieron menos que condenarlo, entre ellos el presidente Asif Ali Zardari, que lo definió como un atentado “en contra de la gente civilizada”. Pero antes de que sucediera, Malala tenía ya un nombre como activista en pro de la educación de las niñas y en contra de las políticas y valores de los talibanes, por lo cual fue el primer objetivo de la balacera. Siempre fue estimulada en sus convicciones por su padre, Ziauddin Yousafzai, un poeta y activista local que en su juventud coqueteó con el islamismo más radical antes de convertirse en uno de sus mayores críticos. Sin empuñar un revólver, el mensaje de Malala era considerado una amenaza a este movimiento, alucinante en sí mismo.

El 12 de julio de 2013, día de su cumpleaños número 16, cuando habló en la Asamblea de las Naciones Unidas, la joven rompió en llanto ante los ojos de millones de personas alrededor del mundo. Visiblemente recuperada de sus heridas, y sabiéndose todavía víctima de amenazas de muerte, Malala dio un paso categórico en frente de la audiencia y habló con decisión y confianza: “Los terroristas creyeron que acallarían mis ideas y que detendrían mis metas, pero nada cambió en mi vida, excepto que mi debilidad, mis miedos y mi desesperanza desaparecieron, y en lugar de estos nacieron una mayor fortaleza, poder y valentía”.

La doble cara de una realidad


*Malala es una heroína seglar, no musulmana.
*La joven es un ejemplo más de los occidentales tratando de constituirse en salvadores de los orientales.
*Los crímenes de Occidente a través del lanzamiento de drones sobre Irak y Afganistán superan con creces los cometidos por los talibanes.
*Malala desarrolló una profunda pasión por el aprendizaje, la igualdad y la justicia a muy temprana edad, imbuida de las enseñanzas de su padre.
*Este es un esfuerzo de Occidente por eludir su propia complicidad en la situación de Pakistán que llevó a que Malala fuera abaleada.
*Su figura es un símbolo y no se puede soslayar que el fundamentalismo musulmán es causante de
muchos males.
*Malala es valiente, aprendió desde muy niña que no hay que ceder ante las amenazas.
*Las niñas en Pakistán se muestran todavía temerosas de asistir a la escuela y sus comunidades se ven afectadas con la amenaza constante  de la violencia talibán y de los drones occidentales.
*Aunque la historia de Malala es increíblemente inspiradora, también hay un lado oscuro en su estrellato. Colmándola de elogios, los occidentales niegan el papel de sus gobiernos en la lucha de Pakistán con los talibanes y promueven una visión simplista de los conflictos internacionales.


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