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La guerra de las proteínas

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La guerra de las proteínas Pantherstock.

A la hora de dividirnos las cantidades diarias de los alimentos que comemos, es importante tener en cuenta las sustancias que los componen y que nos provén de la energía necesaria para llevar una vida sana. Aunque individualmente esto pueda variar, un hombre adulto necesita unas 3.000 calorías diarias, mientras que una mujer, unas 2.200.

Este cupo debe componerse de carbohidratos, lípidos y proteínas, pero también de agua, minerales y vitaminas.

Se calcula que un 10% de la energía que recibimos cada día debe tener forma de proteína, por lo que todos los días deberíamos consumir huevos, productos lácteos, alubias, legumbres o los clásicos pescado o carne, entre las que nos debatimos a la hora de elegir de dónde nos llega la cantidad más cuantiosa de proteínas cada día, muy importantes para el crecimiento.

En principio, no habría ninguna diferencia entre escoger una u otra, aunque los nutricionistas recomiendan alternar ambas opciones para conseguir también el resto de beneficios que ambos contienen. Lo único obligatorio en el binomio carne-pescado es consumir pescado azul al menos una vez a la semana. Así, podemos elegir entre anchoa, atún, caballa, arenque, lamprea, sardina o salmón para una dosis semanal. Este pescado se conoce como graso,  ya que a diferencia del pescado semigraso – besugo, lubina, dorada o salmonete– y del magro o blanco –bacalao, merluza, rape, gallo, rodaballo o rape–, cuentan con una cantidad mayor de grasa.

75 gramos de pescado azul o 150 de pescado blanco conformarían una porción de proteínas, y hay que tener en cuenta que se necesitan tres al día. De esta manera, si durante el día ya hemos comido dos cucharadas de frutos secos y dos huevos de tamaño medio –cada uno es una porción de proteínas– ya tendríamos completado el cupo de proteínas necesarias para un día.

En cuanto a la carne, 100 gramos si es cruda o 75 si es cocinada conforman una porción, de manera que tomando tres porciones, no podríamos consumir más proteínas al día. Las carnes blancas –de cerdo, pollo, pavo y otras aves– deben consumirse en mayor medida que las rojas –de buey, cordero o ternera–, ya que suponen un menor trabajo digestivo y no contienen tanto ácido úrico, cuyo exceso puede ser perjudicial para la salud. Sin embargo, si gustan más las carnes rojas, habría una pequeña excepción a la hora de permitir una mayor cantidad de este tipo de carne: la grasa y las calorías en la carne dependen del corte. Si una pieza de ternera proviene del lomo es más magra y puede tener menos colesterol que una alita de pollo con piel.

Por lo tanto, más allá de si preferimos comer más carne o más pescado, es importante hacerlo en la justa medida para recibir las proteínas que precisa el cuerpo, y no proveerlo de un exceso ni de una falta de alguno de los nutrientes básicos.                                                                                                                                        

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