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Las francesas no se engordan

Lila Ochoa

Las francesas no se engordan  Foto: Archivo Fucsia

Finalmente aparece un libro que explica cómo perder kilos con una dieta sensata. Escrito por la francesa mireille guiliano, quien se ha convertido en la gurú de las dietas en la televisión de estados unidos, es ya un best-seller.

La idea, aunque parezca un contrasentido, es la de “comer para adelgazar”, una novedosa propuesta de Mireille Guiliano, quien conoció de primera mano la sociedad norteamericana cuando estuvo en ese país como estudiante, a través de un programa de intercambio. 

Durante su estadía se dedicó, como cualquier adolescente, a consumir comida basura, y cuando regresó a Francia pesaba diez kilos más, pero gracias a su médico logró volver a su peso normal. Hoy en día es presidente y CEO de Clicquot Inc., en Nueva York, y una de las directoras de Champgne Veuve Clicquot, compañía que hace parte del grupo LVMH. Viaja frecuentemente a París y como buena francesa es una amante de la buena cocina y heredera de una cultura centenaria que concibe la comida como fuente de placer y no de sufrimiento.

Aunque Mireilleno es médica, sicóloga o nutricionista, ella cree que con este libro, basado en su experiencia personal y en la ayuda que le brindó a algunas amigas, puede ayudarle a muchas mujeres que luchan por mantenerse en un peso razonable.

Comer es un placer

El libro parte de la premisa de que las mujeres francesas comen todo lo que les gusta y no se engordan. Desayunan con un croissant recién horneado en la panadería de la esquina, se toman un delicioso café por la tarde, acompañado de un eclair oun macaroon (especie degalleta rellena) y a lo mejor hablan con sus amigas acerca de dónde se consigue la mejor repostería de París, si en La Durée o donde Pierre Herme, o dellibro de moda, pero la conversación no toca el tema de la gordura.

La teoría del libro Las francesas no se engordan gira alrededor de cómo la calidad y la diversidad de los alimentos son las condiciones que permiten mantener el peso. Los gringos la llaman “la paradoja francesa”, pues hasta ahora se creía que solamente dependía del vino rojo el hecho de que los franceses se mantuvieran delgados y saludables.

Pero esta realidad, que podría suscitar la envidia de muchas mujeres, no es cuestión de que la naturaleza le haya jugado una mala pasada al resto de ellas. Simplemente, las francesas tienen un estilo de vida y esta es la clave del asunto. Su dieta no está basada en cambios radicales como los que plantean la dieta Atkins, la Zona u otra de las miles que aparecen todos los días, puesto que todas ellas exigen medidas extremas imposibles de cumplir a lo largo del tiempo y se contradicen unas con otras. 

Lo nocivo de estas dietas es que dejan un sentimiento de frustración permanente, pues después de bajar unos kilos, en poco tiempo se gana el doble acausa del llamado ‘efecto yo-yo’. En cambio las francesas llevan una dieta a base de frutas y verduras frescas, de pan, proteínas y vino.

Según las últimas estadísticas, 65 por ciento de las norteamericanas presenta sobrepeso. Parte del problema es que estas dietas no tienen encuenta que el metabolismo de las mujeres cambia radicalmente con la edad y que por lo tanto las necesidades de una mujer de 20 años no son las mismas de una de 50. Para no hablar del aburrimiento que causa el hecho de comer los mismos alimentos durante un tiempo largo.

Al estilo francés

Los secretos de  las francesas no son muy complicados. Para empezar, ellas no andan obsesionadas con el peso, aun más, no se preocupan por tener una balanza en el baño de su casa. Comen porciones pequeñas de frutas y vegetales frescos tres veces al día, toman mucha agua, disfrutan del vino, caminan en vez de usar el automóvil, suben y bajan escaleras y se conceden un antojo de vez en cuando.

Y es que para las mujeres en Francia la comida es un placer que disfrutan realmente; por el contrario, para las norteamericanas representa una lucha permanente, un enemigo que hay que vencer. Y como a nosotras, las colombianas, nos gusta copiar todo lo gringo, nos está pasando lo mismo.

Ellas, las francesas, comen con la cabeza, sin llenarse o sentirse culpables. La clave está en la moderación, no en la eliminación de determinados alimentos. También en la cantidad de calorías que se consumen y en la cantidad de agua que se toma. Ir al mercado para comprar los productos de temporada o escoger con cuidado la carne o el pescado es visto en Francia como algo placentero, no como un deber.

En consecuencia, no comprar productos cargados de azúcares y grasas que gratifican sólo un instante para luego producir ansiedad como los carbohidratos procesados, los dulces o los chocolates, es el primer paso para poner a prueba la fuerza de voluntad. Es un comportamiento que tiene tanto que ver con el sentido común que no debería ser difícil de seguir. Y algo más: una dieta no es algo que se deba cumplir sólo por un tiempo, sino que significa un cambio de estilo de vida para siempre.

 

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