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¡Adiós, piropos! Foto: Thinkstock

Los piropos son simples caricias verbales, pero, niñas, liberémonos: aprendamos a piropear también sin la necesidad de tomarnos cuatro martinis antes.

Yo no creo en la reencarnación. Sin embargo, cuando camino sola por la calle, siento que tal vez fui una fruta exótica en una vida pasada, sobre todo cuando los desocupados de esquina regalan coplas como “¡Uy mami, si así es la pepa como será el mango!”. A mí me provoca tirarles las pepas de mango cuando me desnudan con su mirada hambrienta de lobos al acecho, y es ahí cuando me explota el pudor, acelero el paso y me da gastritis por el sólo hecho de cargar con nuestros accesorios por naturaleza: las tetas y el trasero, que actúan como criptonita en los hombres: caen redondos por cada una. No comprendo porqué  es el ‘sexo fuerte’.

Estoy segura de que no soy la única mujer que detesta ese tipo de piropos que nos otorgan estos galanes sin gloria, que actúan como simples ventrílocuos de sus pipís. Por experiencia propia, estos piropeadores son en su mayoría clientes de Viagra, casados, divorciados y algo frustrados, que caen en esos requiebros porque saben que es como disparar una pistola sin balas, porque hay más posibilidades de que caigan del cielo carteras Louis Vuitton, a que ellos cacen algo con sus alabanzas ofensivas.

Pero yo no odio los piropos en general, para nada, a todas nos gusta escuchar de otras bocas reafirmaciones personales (aunque éstas sean mundanas) sin tener que pagarle a un sicólogo por ello.
Dentro de las cosas que más extraño de vivir en Toronto, además de su bufé multicultural de habitantes y deliciosas donas de maple, es el tacto e ingenio de sus piropeadores.

El top 1 de los piropos que he recibido fue en Canadá: una tarde de verano mientras caminaba con una amiga por Queen St., un muchacho simpático parado en una esquina se me quedó mirando; el repartía flyers rosados de alguna fiesta y yo caminé por su lado sin hacer mayor contacto visual, continuando mi camino. Él me siguió y me palmeó el hombro diciéndome: “Se te cayó algo”. Sabía que mi billetera tenía tendencias suicidas queriendo saltar de mi cartera a cada rato, pero no me había percatado que algo se me hubiera caído en ese momento, así que le pregunté qué era, a lo cual él respondió con una tímida sonrisa: “Se te cayó mi corazón”. Y me lo entregó haciendo de mimo, pero sin la cara pintada de payaso triste.

En cambio en Colombia uno no pasa del: “con ese culo haz de cagar bombones, reina”. A la hora de piropear, no es sólo lo que ellos dicen, sino cómo lo dicen, y en ese espectro la ‘piropoteca’ tiene categorías como los tiernos, cursis, vulgares, elegantes, sutiles y divertidos. Desde el clásico: “quisiera ser lágrima para nacer en tus ojos, vivir en tus mejillas y morir en tus labios”
, que hacen derretir a  más de una; pasando por otros divertidos como el: “Señora, usted está como la historia: antigua, pero interesante”; y los que nunca faltan, los vulgares, como: “Mamacita, estás como una caja de cereal Kellog’s, sólo falta mi plátano y la leche”. Y luego nos preguntan por qué la furia.

Pero, tengo que admitir algo, aunque me da pena… Irónicamente, cuando no me echan flores en la calle pienso que: a) los jeans no me lucen; b) que el grano de la frente asustó a mis potenciales piropeadores; o, c) que no hay nada mal conmigo, sino que me he topado con caballeros que tienen a sus pipís domesticados (algo raro) y mi seguridad aprecia este hecho, pero mi ego no tanto.

Lo cierto es que cuando una se deprime porque el novio se fue con otra, les sugiero que en lugar de la tradicional terapia de llorar, comer helado y ver Cuando Harry conoció a Sally, se pasen por una construcción, donde los albañiles le reconstruirán el ego o… le darán ganas de tomarse un buen baño después de tantas palabras sucias.

Si dicen que las mujeres queremos estar a la par de… pues, llevemos esta igualdad al campo de los piropos y hagamos sentir a los hombres como mangos, plátanos y muslos de pollo…

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