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Al que le van a dar le guardan

Al que le van a dar le guardan Al que le van a dar le guardan

Me acabo de echar al man del que estuve enamorada y por el que lloré en mi tierna adolescencia. Lo llamaremos Marco. Y esta es mi historia.


Marco tiene seis años más que yo. Lo conocí cuando él tenía 21 y yo 15. En ese entonces corría el segundo lustro de los noventa y yo estaba perdidamente enamorada de él. Lloré como una condenada porque nunca me paró bolas. Y, en cambio, estaba enamorado de una pobre idiota bruta y fea que lo hizo comer muchísimo popo (es que tal vez me censuren si digo que la babosa en cuestión lo hizo comer mierda). En todo caso se lo merecía por no pararme bolas (y la arpía que me lo quitó me caía bien, pero era mi rival, así que cero contemplaciones y la llenaré de adjetivos el resto de mi vida).

Pues bien, pasó el tiempo. Mi amor por Marco murió, nos dejamos de ver, les entregué mis lágrimas a otros hombres y pensé que este había sido el final de un tierno y juvenil capítulo de mi vida.

Pero, como al que le van a dar le guardan, a mi me guardaron este bocado (en realidad fue un bocadito) para que me lo comiera muchísimo después.

Nos reencontramos en Facebook. Un día, hace dos años, cometí la estupidez de cambiar mi status (en ese entonces todavía no era ñero decir que uno estaba ‘single’ o ‘in a relationship’), y Marco supo que había terminado con mi novio. Pues me invitó a salir, acepté, salimos y faltó poco para que tiráramos. Nos dimos unos besos salvajes en el taxi en el que él muy cortésmente me devolvió a mi casa. Estábamos un poco borrachos. Y yo lo dejé devolverse en el taxi, no quise tirar con él. Seguimos hablando un par de veces pero sin intenciones sexuales o románticas. Tiempo después se fue del país. Y nuevamente creí que había sido el final.

Pero no. Este destino desgraciado tenía otro guardado para mí. Marco vino a Colombia de vacaciones y por alguna extraña razón me llamó. Ahí sí supe que no escaparía (por eso el día del encuentro mandé a volar a mi ‘roomate’ y me hice una sesión intensa de cera). Y, en efecto, no escapé. Creo que el que no escapó fue él. Lo invité a mi casa, él llevó una botella de vino, y, como diría Pepe, “me lo eché a la muela”.

Muero de ganas por contarles cómo fue. Pero es que el encuentro fue cosa aparte. Merece todo un post al que ya le tengo nombre: “¡Que viva la vaca muerta!”, que era el título original de este post. Pero es que tenía que contarles cómo comenzó todo. Recapitulemos: yo, Susana, acabo de tirar con mi amor de adolescencia, que en ese entonces me hizo sufrir, nunca me paró bolas y dejó que una guaricha trapeara el piso con él. Esto pasa pocas veces, al igual que lo que viene a continuación… tara tan taaaaaaaaaan

Nota de Susana y Elvira: el post “¡Que viva la vaca muerta!” será publicado próximamente como una nueva actualización. Su autora le está dando los toques finales y creando toda la expectativa. Ella dice que si los libretistas de Grey’s Anatomy pueden ser tan cretinos como para dejarnos con la duda sobre la posible muerte de Izzie y de George; y los de Private Practice como para que no sepamos si le abren o no la panza a Violet, ella puede hacer esperar un rato a sus lectores. Está hecha una diva. O lo que debe estar es avergonzada, si ella fue la vaca muerta de su historia… ya lo veremos. Y, además, está prometiendo trilogía. “Si Frodo Baggins pudo, ¿por qué yo no, que mido 10 centímetros más que él?”, dijo furiosa. Entonces amanecerá, como dijo su abuelita.

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