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Cuando el trabajo se convierte en tu obsesión: 6 soluciones y síntomas de la adicción al trabajo

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Cuando el trabajo se convierte en tu obsesión: 6 soluciones y síntomas de la adicción al trabajo No te castigues por tener tiempo libre y dedica más tiempo a tu familia y amigos. (Foto: Thinkstock )

No paras de revisar tus mails, tu cama se convierte en un escritorio improvisado y crees que siempre te falta algo por hacer. Trabajar de más y ser exigentes no está mal, pero cuando se convierte en una obsesión que le quita tiempo a tus otras actividades, la cosa ya no es normal.

¿Quién dijo que trabajar, trabajar y trabajar es malo para la salud? Seguramente tus  jefes no opinarían lo mismo, pero cuando exiges tu cuerpo y mente a un 101%, tu trabajo puede estar convirtiéndose lentamente en una adicción. Socialmente, el exceso de trabajo no se puede comparar con, por ejemplo, el consumo de sustancias psicoactivas o de alcohol; sin embargo y progresivamente, afecta considerablemente el sistema nervioso de la persona, y, finalmente, su organismo. De ahí a que la gravedad del asunto sea llevada a menos.

Controla tus impulsos “laborales” y presta atención a estos síntomas, porque el tema puede ir incluso a vacíos afectivos que estás tratando de llenar por otras vías laborales. Lo peor de todo, es que es una enfermedad de la que ni te das cuenta.

1.    ¿Perfeccionista, controladora u obsesiva?: Las 3. Una de las principales causas de la adicción al trabajo son las ansías por tener un control desmesurado de las cosas, en este caso, tus tareas de “hormiguita trabajadora”. Quieres estar a la cabeza de todo lo que pasa, cuando bien sabes que tú sola no puedes controlar absolutamente todo. La “loquera” sigue su curso cuando buscas hacer todo a la perfección, pero nunca es suficiente por más que dediques muchas horas del día en dicha labor. Tienes miedo de cometer errores, te persigue la duda frente a tus acciones y el temor a equivocarte con tus decisiones, lo que te lleva lentamente a la obsesión. Pero ésta no viene por si sola: todo proviene de conflictos sentimentales, la necesidad de compañía o problemas sentimentales. Tratas de ocupar tu mente y energías con tu trabajo, pero te tenemos malas noticias: las controladoras compulsivas siempre sentirán que han fracasado y que sus esfuerzos fueron en vano.

2.    Existe vida más allá del computador:
Tu nuevo mejor amigo, tu pareja y tu polo a tierra es el PC, el computador portátil y cualquier otro elemento que te mantenga conectada con la realidad virtual. Estar pendiente de tu mail en todo momento, comunicarte con tus colegas, familia y amigos a través del BlackBerry (no tienes tiempo para más, porque estás “trabajando”), desayunar, almorzar y cenar frente al computador chequeando asuntos de la oficina, son claros síntomas de tu poca conexión con el mundo real y tu círculo social.

3.    “¿Día festivo? Perfecto, más tiempo para trabajar”: Sientes que en los momentos que le dedicas al ocio, estás perdiendo el tiempo y siendo poco productiva. Una de las más frecuentes “recaídas” en pleno proceso de rehabilitación de una mujer ‘workaholica’ es cuando en sus ratos libres cree que debería estar trabajando como lo hacía antes, lo que la hace tener una sensación de mala empleada o de un trabajo mal hecho. Pasar el fin de semana adelantando tareas porque “nadie más puede hacerlo”o programar reuniones innecesarias con tus compañeros y empleados, es una fiel muestra de que buscas excusas para seguir trabajando, incluso cuando no tienes que hacerlo.

4.    Nervios de punta: Desde que te levantas hasta que te acuestas (que comúnmente viene siendo en horas de la madrugada) vives en estado de alerta: ocupada, apurada, afanada y con la energía a 1000 por hora. El estrés es común en ti, y el día que no se presenta un inconveniente en la oficina, no parece día laboral. Permaneces tensionada, preocupada y no te relajas fácilmente. Haces varias tareas al mismo tiempo y cada una es más importante que la anterior, así que no puedes ni delegarla ni dejarla para después. Tu desayuno y almuerzo suelen no tomarte más de media hora, y la cena o un café con los amigos desaparecieron de tu itinerario hace mucho tiempo.

5.    La mejor de todas o la gran perdedora: Los especialistas en el tema afirman que quienes son adictas al trabajo, sufren un sube y baja con respecto a su autoestima: hay días en que sientes que tu ego no te cabe en el cuerpo porque “todo lo haces perfecto”, y otros en los que tu autoestima está por el piso y crees que por más que te esfuerzas, todo te sale mal y no logras la perfección que has estado buscando.

6.    “Vacaciones...¿eso existe?”: No hay un momento para el relax o para apartar la idea obsesiva de trabajar. Tus fines de semana se convierten en tortura porque sientes que dejaste algo pendiente; no te tomas vacaciones desde hace mucho rato y ni hablar de los horarios de oficina: nunca llegas ni sales a la hora que es, siempre estás antes de tiempo y te quedas hasta tarde, y de hecho, cuando trabajas, el tiempo se pasa demasiado rápido. Lo peor de todo, es que en tus ratos libres tu misma te impones nuevas labores,  aceptas o te ofreces para realizar actividades adicionales o cubrir turnos extra. Las personas allegadas a ti te reclaman el poco espacio y tiempo que les dedicas. Y si te pones a pensarlo, hace tanto que no vas a cine o a una fiesta...

Un paso al más allá: relájate
Como en cualquier tratamiento de adicción, los remedios más comunes parecen sencillos en el papel, pero la negación del adicto hace el trabajo más difícil.

 El primer paso que no te puedes saltar: aceptar que tienes un problema. Admitir que requieres de ayuda (ya sea profesional o de una amiga/go cercanos) le da a tu mente la concepción de que debes “trabajar” en ello.  Un tratamiento terapéutico es una buena opción, siempre y cuando tengas presente que debes invertirle unas horas de tu semana y alejarte de la oficina, lo cual en principio puede que no sea sencillo.
 Un nuevo cronograma: Si has decido a hacerlo por tu cuenta, programa un nuevo itinerario de labores y de ocio. Dedica algunas horas del día o de la semana a tus actividades lúdicas y viejos pasatiempos que dejaste en el olvido. Siempre debes dejar un momento del día para esto.
Sesiones de relajación: Puedes acudir a un centro de spa o improvisar en la sala de tu casa. Pon música relajante, date un baño de espuma de más de una hora, anímate a practicar yoga o pilates con un entrenador. ¿Para qué? Una vez disfrutes de estas sesiones de descanso, tu cerebro le sacará gusto a mantenerse en reposo y tu cuerpo te pedirá, a las malas, que le des un break  y que lo mantengas inactivo.

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