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El club de las desesperadas

Odette Chahín

El club de las desesperadas La paciencia y la mujer son como el agua y el aceite, vivimos en la era de la inmediatez, del “ya para ahorita es tarde”. (Foto: Thinkstock )

Si la pereza es la mejor amiga de los vicios, la desesperación es la mejor amiga de las locuras. ¿Tienes acciones en este club?

Últimamente, cuando saludo a mis amigas, me he dado cuenta de que todas huelen igual. No es que todas estén usando el mismo perfume, sino que están emitiendo cierta fragancia natural que huele mucho a patchoulí de desespero, cuya composición química consiste en gotas de descomposición moral, notas de nulidad selectiva y extracto de soledad. Desafortunadamente, este olor no excita las feromonas de los hombres, sino que, por el contrario, los espanta.

No basta mucho para reconocer a una desesperada. A simple vista se les nota el hambre en la mirada, se les agua la boca y otras cosas también, especialmente cuando ven a una posible presa de medianoche. Y si usted es de las que contabilizan, como los presos de cárcel, los días y meses que llevan cumpliendo la condena de la abstinencia, entonces, sólo resta decirle una cosa: ¡bienvenida al club de las desesperadas! Para obtener una membresía en este club tan poco exclusivo, sólo debe estar dispuesta a hacer cualquier cosa por mendigar un poco de cariño, comprensión y compañía. ¿Se le mide?

Y es que, como dicen los gringos: “desperate times calls for desperate measures”, y eso, nosotras las mujeres, nos lo tomamos a pecho. El desespero no es nada nuevo, las mujeres siempre hemos sido unas desesperadas de primera categoría; en Memorias de una geisha, la protagonista se lacera la pierna estratégicamente con un cuchillo sólo para tener una buena excusa de ser examinada por un médico que podría convertirse en su Dr. Corazón. Pero las occidentales no nos quedamos atrás, una amiga mía se puso jumbo–tetas sólo porque el hombre que a ella le gustaba, moría por Pamela Anderson. Usted llamaría a eso ¿desespero o suspicacia?, ¿locura o ambición? Ese es el dilema.

Lo cierto es que si la paciencia la vendieran por libras, estaría agotada en todos los supermercados. La paciencia y la mujer son como el agua y el aceite, vivimos en la era de la inmediatez, del “ya para ahorita es tarde”, del efecto microondas que todo es instantáneo. Que tire la primera piedra aquella mujer que no haya hecho algo que raye en lo sicótico para tratar de atrapar a alguien. Desde forzar encuentros fortuitos aunque uno se pase una hora en el frío esperando a que él salga para  decir “qué casualidad”, poner al abuelo a llamar a su casa para saber si él se encuentra ahí, e incluso ir a donde una bruja a que le recete algo para hechizarlo. Nosotras no escatimamos tiempo, dinero o vergüenza para atraparlos.

Todos estos ejemplos ilustrados los vemos como espectáculos patéticos en los demás, pero cuando los conjugamos en primera persona, los vemos como algo aceptable; y luego dicen que la hipocresía estaba muerta.

En mi opinión está bien estar desesperada, pero el secreto es disimularlo; hay que esconderlo como con los gorditos. Lo malo es que a veces  ni piensa con la cabeza ni con el corazón; el desespero empaña el panorama y podemos caer en situaciones de las que quisiéramos poder tener la opción de ‘erase and rewind’. Como el caso de la amiga A que le dice a su amiga B que no le conviene el chico con el que está saliendo, porque ella se merece algo mejor. Corte y en la siguiente escena vemos a la amiga A saliendo con el ex de su amiga B. ¿Moraleja? Siempre hay alguien más desesperada que tú.
En realidad somos tan desesperadas que si leemos en alguna parte o escuchamos a alguien decir que si nos untamos caca de pajarito en la axilas por cinco días nos va a llegar el hombre de nuestras vidas, lo hacemos.

Hay que aprender que las cosas buenas llegan con el tiempo, y que a veces nuestros actos desesperados, más que ayudar, matan cualquier posibilidad; tiempo al tiempo hasta que nos llegué nuestro turno.

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