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El precio de ser hombres

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El precio de ser hombres Ingimages

Ellos no lloran, no se abrazan, no se expresan. Se les ve como potenciales agresores de las mujeres. Y, además, la liberación femenina los ha ido llevando a un campo desconocido: el hogar. En el siglo XXI, ¿qué significado tiene la masculinidad?

Históricamente son los hombres quienes han ostentado el poder en todos los ámbitos. ¿Alguien quisiera entregar el mando cuando es dueño y señor? Cualquiera diría que no, porque pasaría al papel de oprimido de inmediato. Sin embargo, ¿qué carga les ha significado a ellos el poder?

Ricardo Zamudio, miembro del colectivo Hombres y Masculinidades, dice que “históricamente se les ha adjudicado la imposibilidad de llorar y de manifestar abiertamente los sentimientos”, porque los llaman ‘nenita, niña o mujer’. Y si realiza alguna labor en casa, los amigos le dicen “¿lo pusieron a limpiar?”. Ni qué hablar de si llegan a presentarse expresiones de afecto entre hombres, porque los catalogan como homosexuales. “Lo que proponemos en la organización son relaciones de forma horizontal, en la que se respeten los derechos humanos y no se establezca una diferencia por géneros”.

Esa superioridad que se ha establecido del hombre sobre la mujer, casi que ha llegado a estigmatizar a todo el género como agresores en potencia, dados los casos frecuentes de violaciones, violencia intrafamiliar o, más natural, el hecho de que las mujeres ganen menos dinero en el mismo cargo que el hombre.

La sicóloga Rocío Hernández, directora de As buena vida, habla sobre una malentendida liberación femenina que les ha quitado el papel a ellos en diferentes aspectos al tildarlos de agresores o abusadores per se. En el caso de la paternidad, se escucha a muchas mujeres decir que “para qué necesitan un hombre, si se inseminan y ya”. “Y el papel de hombres y mujeres en la sociedad, en el núcleo familiar es importantísimo. Cada uno cumple un rol que no se le puede negar. Los hombres y los niños tienen derecho a un padre y a su presencia en la crianza y el desarrollo”, dice la experta, salvando los casos en los que se comprueba agresión.

El músico colombiano César López se pregunta por qué el hombre no se ha pensado social y culturalmente, tal y como lleva la mujer haciéndolo décadas atrás. “Lo que deberíamos intentar es escuchar más las voces de los hombres reflexionando sobre nuestro propio rol. Me genera mucha admiración ver cómo las mujeres se reúnen, se agrupan, se movilizan, pero los hombres dan por sentado que tienen un papel, un espacio y no se han detenido a pensarse individual y menos colectivamente. Mientras eso no se dé, vamos a seguir repitiendo las noticias de violencia contra la mujer una y otra vez”.  

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El ensayo  ‘Masculinidad y género’ (Ellen Hardy y Ana Luisa Jiménez, Universidad Estadual de Cambinas en Sao Paulo, Brasil) reflexiona acerca de que “los varones enfrentan actualmente el dilema de cómo ser “hombres” y al mismo tiempo, ser justos con las mujeres. El dilema de las mujeres es cómo hacer las cosas que los varones hacen y reafirmarse como mujeres”.

Con este objetivo nació Hombres y Masculinidades hace casi 20 años (1996) en Bogotá, a partir de las reflexiones femeninas, en respuesta a la pregunta “y nosotros, ¿qué?”. La organización hace parte de una red de 11 grupos iguales en el país, que trabajan por derribar estereotipos que afectan hombres y mujeres, y que son alimentados por ambos. “Hay mamás que les piden a las hijas que les tiendan la cama a los hermanos, o no les dan permiso  de ir a una fiesta, pero sí a los hijos. En los medios seguimos viendo que el papel de las mujeres es el de ser adornos, mientras los hombres son quienes toman las decisiones”, explica Ricardo Zamudio.  

El investigador Kaufman (1994), señala el documento ‘Masculinidad y género’, asegura que las características sociales que se le dan al hombre y que intrínsecamente les adjudican el poder, los induce a ser racionales, objetivos y duros para no perder el control; esto es lo que le da un dominio sobre la mujer. Ahí es que surgen conductas machistas, pues es la manera errónea en la que sienten que se diferencia el hombre de la mujer.

Lo cierto es que las nuevas generaciones empiezan a crecer con más conciencia. “Un colectivo de jóvenes organizó la marcha por Bogotá ‘Hombres en falda’, que les proponía a ellos ponerse en el lugar de las mujeres y tratarlas como quisieran ser tratados”, recuerda Zamudio. Y es que con el empoderamiento de las mujeres de la vida pública, se hace evidente la necesidad el hombre de repensarse también en el campo privado, como el hogar, de crear relaciones más justas donde todos tengan participación, haya una colaboración de géneros y no una lucha de poder y subordinación.

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