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Inteligencia Social

Inteligencia Social Foto: Thinkstock

Un libro que abre la mente hacia una nueva ciencia que explora el efecto de las relaciones interpersonales sobre el cerebro y sus implicaciones en el amor, la familia y el trabajo.

El norteamericano Daniel Goleman, bien conocido por sus estudios y conclusiones sobre la inteligencia emocional, traducidos en el exitoso libro del mismo nombre (1995), acaba de lanzar al mercado editorial una nueva obra, Inteligencia social, una síntesis de los últimos descubrimientos científicos al respecto.

El autor describe, en términos sencillos, cómo entendernos y entender el mundo que nos rodea, aptitud que ya hace casi un siglo, en 1920, definía el sicólogo Edward Thorndike como “la habilidad para comprender y dirigir a los hombres y mujeres, muchachos y muchachas, y actuar sabiamente en las relaciones humanas”.

Nuestro cerebro está moldeado, plantea Goleman, por las relaciones que mantenemos con nuestros padres, marido, jefe y hasta por aquellas que apenas si advertimos, que se suceden con extraños que se cruzan en nuestro camino y que pueden afectar las células del cuerpo para bien o para mal.

El ‘alambrado’ de nuestro cerebro, para usar un término práctico, se conecta desde el momento del nacimiento con el de las personas que nos rodean. Las reacciones hacia los demás y las de los otros hacia uno tienen un impacto biológico sobre nuestro mundo interpersonal. El cuerpo segrega en esas circunstancias una serie de hormonas que alteran todo, desde el corazón hasta el sistema inmunológico.

Lenguaje sin palabras
El diseño del cerebro humano está hecho para socializar, y es por eso que un bebé desarrolla un lenguaje especial a base de sonrisas y llanto para comunicarse con su madre. Pero estas conexiones van cambiando a lo largo de la vida y tanto más fuerte sea la conexión emocional con una persona, mayor es el efecto de ésta en nuestras vidas.

En consecuencia, es común ver una pareja que ha permanecido muchos años casada desarrollar una conexión tan fuerte, que sucede algunas veces que si uno de los dos muere el otro se enferma y termina por morirse también. El resultado de tantos años de convivencia genera una especie de simbiosis que hace que una persona no pueda “vivir sin la otra”, y no como una metáfora, sino literalmente.

La ciencia de la inteligencia social se podría definir como la habilidad de comprender y manejar a hombres y mujeres, no en el sentido de manipularlos, sino en el de ‘leer’ a una persona y reaccionar inteligentemente a esa lectura que hacemos de ella.

En este orden de ideas, Goleman explica cómo la primera impresión suele ser siempre certera, de qué manera las hormonas que se segregan cuando se experimentan emociones hacen que una buena relación actúe como una vitamina, y una mala como un veneno. Es curioso cómo nuestra expresión nos delata, tanto si pasamos por un mal momento como si estamos viviendo una etapa emocional difícil.

La inteligencia emocional llega a terrenos tan intrincados como la complejidad de la atracción sexual y la forma natural y espontánea como detectamos las mentiras. Igualmente, Goleman define en su libro términos como el de ‘conciencia social’, que abarca aptitudes como la de intuir el estado anímico del otro, descifrar los sentimientos y pensamientos y captar situaciones sociales difíciles.

Cómo se expresa
Algunos de los términos que el autor utiliza para definir la inteligencia social son:

Empatía primaria: Se caracteriza por la intuición que tenemos acerca de los sentimientos de los demás y de la manera como entendemos sus emociones a través de los gestos. Es, básicamente, una habilidad para medir las emociones del otro. Es evidente que una cosa es lo que se dice con palabras y otra bien distinta las señales de nuestras emociones que se pueden leer en nuestro tono de voz o en la expresión, y que nos causan rechazo o aceptación inmediata. La empatía primaria es la habilidad que distingue a un excelente vendedor, a un diplomático, a un consejero discreto, a los buenos profesores y desde luego a los terapeutas exitosos.

Sintonización: ésta va más allá de la simple empatía y es, ni más ni menos, el acto de concentrarse y prestarle atención exclusiva a una persona creando entre ella y nosotros una emoción especial. Entrar en sintonía con alguien es como bailar un tango en el que se sincronizan los movimientos y las emociones sin necesidad de hablar. Suele ser una actitud que surge naturalmente la mayoría de las veces, no sabemos en qué momento. Pasa muchas veces que cuando conocemos a una persona nos es fácil crear nexos con ella casi de inmediato, y esto se da gracias a una sintonía natural.

Talento social: consiste en comprender, simplemente, cómo se siente el otro, pero saber qué piensa y adivinar sus intenciones no es suficiente para garantizar una relación gratificante. El talento social se construye tomando conciencia social, para conseguir que las relaciones fluyan y sean efectivas. Son pocas las personas que desarrollan este tipo de talento bien sea porque son egoístas y el pensar solamente en sí mismas no las deja asumir una perspectiva más amplia de relación con los demás, o porque simplemente son incapaces de mirar más allá de la simple relación verbal.

Sincronización: es la interacción fluida sin necesidad de palabras. A veces nos pasa que creemos estar ‘conectados’ con un amigo muy querido en momentos que afloran a nuestra mente los mismos pensamientos. No hay necesidad de palabras, y esta situación especial se da gracias a la inteligencia social. Se da muchas veces esta especie de sincronización con personas muy afines a nosotros, con seres que nos son entrañables.

Conocimiento social: consiste en saber cómo funciona el mundo desde el punto de vista social, comprenderlo en su totalidad o en los aspectos concretos que nos interesan, y sacar el mejor partido de esta experiencia.

En suma, se puede decir que algunos de los hombres más exitosos en el mundo de los negocios, como Bill Gates, o en el de la diplomacia, como Henry Kissinger, tienen el talento invaluable de la inteligencia social y eso es lo que les ha permitido desenvolverse como peces en el agua en su campo. Habrá también, y los hay, personajes que conociendo su talento para practicar la llamada inteligencia social la utilicen con fines ilegales y, lo que es peor, destructivos.

Es apenas lógico pensar que la inteligencia social se puede desarrollar y potencializar, pues se trata de un talento innato en todos los seres humanos. Los niños la utilizan espontáneamente, ya que no saben esconder sus emociones. Con el tiempo, las experiencias, la educación, la racionalización y la vida misma se encargan de que minimicemos este talento y que en algunos casos nos olvidemos
de usarlo.

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