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La soledad acompañada

Carmen Posadas

La soledad acompañada  Ilustración: Ivette Salom

No es lo mismo que la “soledad en compañía”, eso de sentirse solo a pesar de estar rodeada de muchas otras. más bien, es esa soledad íntima que respeta la libertad del otro, vivir como individuos que comparten una vida pero que no por eso dejan de ser dos individualidades.

Siempre me he tenido por una persona solitaria. Incluso cuando estaba felizmente casada con un marido que respetaba mucho mis manías, llegué a añorar esa sensación de pequeña libertad que se traduce en pensamientos como: “Qué bueno sería tener habitaciones separadas, así podría dormir con la radio puesta sin dar la lata a nadie”. 

Y también: “Maldito fútbol, otra vez tendré que aguantarme sin ver Friends”, o: “Por Dios, necesito unos días para mí sola”. Son los conocidos peajes del matrimonio, incluso de los matrimonios felices, pero la mayoría de nosotros los pagamos a regañadientes.

Como viuda, podría pasar ahora a enumerar las ventajas de mi recién descubierta soledad: en buena lógica, tendría que ser más llevadera para mí que para otras personas. Sin embargo, no es así. Mis amigos, para animarme, dicen que aún soy joven, que disfrute de la vida, que recuerde que la palabra soledad no es más que un antipático sinónimo de la palabra libertad y que únicamente los solitarios son completamente libres...

Es cierto que lo somos pero no tanto para bien como para mal, añadiría yo. Y es que ahora descubro que los que presumimos de amar la soledad, los misántropos que aseguramos ser poco sociables y nos quejamos de que la multitud nos aturde, somos en realidad mucho más felices viviendo en pareja. 

Sé perfectamente que este tipo de afirmaciones no está de moda, que lo que se lleva hoy entre mujeres profesionales es jurar que están encantadas con su soledad, que no necesitan a un hombre que les diga cuándo tiene que apagar la luz o que les utilice la pasta de dientes. 

Sé también que ellas afirman que vivir solas no es sinónimo de soledad sentimental y que es mucho más razonable, cuando se habla de relaciones amorosas, vivir cada uno en su casa y Dios en la de todos. Bien, me alegro por ellas, pero lo que yo echo de menos es otro tipo de relación más sutil, como la que tenía con mi marido y que bien podría llamarse una soledad acompañada.

La soledad acompañada no es lo mismo que la “soledad en compañía”, ya que por esto se entiende el caso de una persona que se siente sola a pesar de estar rodeada de muchas otras. Lo que yo sostengo es todo lo contrario: me refiero a esa soledad cómplice que consiste en respetar la libertad del otro, en vivir como individuos que comparten una vida pero que no por eso dejan de ser dos individualidades. 

Son, éramos (mi marido y yo) amantes, compinches, camaradas, dos–contra–el– mundo–cruel, apoyo, espejo, compañeros de fatigas y muchas cosas más, pero sin confundirnos el uno en el otro. Por eso, durante toda mi vida de casada puede permitirme el lujo de guardar un territorio para mí sola, una habitación en la que escribía, leía o podía hacer todo lo que me gustaba sin que nadie, ni mi marido ni mis hijas, entraran. 

A veces tomaba el coche y me iba sola, durante horas, carretera adelante, sin rumbo, por el puro placer de no estar con nadie. Un bicho raro, ya lo sé, le estoy haciendo un flaco servicio a mi imagen confesando estas cosas, pero es la estricta (y excéntrica) verdad. Sin embargo, como el destino es aun más raro y excéntrico que cualquiera de nosotros, ahora al dolor de la pérdida de Mariano se ha añadido otro descubrimiento: ni siquiera los solitarios como yo sabemos no estar solos.

Tendré, pues, que acostumbrarme a cambiar el discurso, a confesarme frágil y desvalida, lo que me molesta bastante. Preferiría, qué duda cabe, poder proclamar que he descubierto las delicias de la soledad, como hacen tantas mujeres de hoy, pero sería falso. 

Lo cierto es que sospecho que también lo es en el caso de ellas (y en el de ellos, naturalmente, pues no parecen obedecer a diferencias de sexo esas mentiras posmodernas que suenan cool y que todo el mundo repite como un loro.) Pero para qué engañarse: la soledad no elegida es muy dura, lo sabemos todos.

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