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Lo que las mujeres no saben de los hombres

Gustavo Gómez

Lo que las mujeres no saben de los hombres Ni todos odian a la suegra y a muchos les gustan las lobas, aunque lo nieguen. (Foto: Thinkstock)

Hoy es el día del hombre, y para celebrarlo Gustavo Gómez llega a FUCSIA con la acidez, humor negro, frialdad a desnudar las verdades más ocultas de los hombres. ¡Feliz día a todos!

El título de la columna, claro, es una gran mentira, un desesperado gancho editorial que garantice alguna lectura. Lo digo porque las mujeres lo saben todo de los hombres y somos los hombres los que no hemos podido nunca conocer a las mujeres. Nos gusta conocer mujeres a diario, pero a lo largo de nuestra vida no logramos conocer con cierta profundidad a más de una o dos.

Así que, si no fuera porque es muy extenso y porque no sería tan exitoso para encender la curiosidad femenina, el verdadero título de esta columna sería: “Lo que las mujeres ya saben de los hombres y nunca está de más recordar”.

Los hombres terminamos enamorándonos de nuestras mejores amigas…

FALSO: Sólo nos enamoramos de las amigas que se enamoran de nosotros, porque los hombres tenemos la voluntad tan frágil como fuerte el amor propio y practicamos la odiosa (¿peligrosa?) costumbre de reparar en las mujeres que abiertamente nos demuestran cariño. Por eso, aunque lo saludemos amablemente o lo invitemos a la cena de Navidad en familia o le contestemos con cortesía el teléfono, siempre tenemos la alarma prendida en rojo frente al ‘mejor amigo’ de nuestra pareja: no dudamos ni por un segundo que el cariño que ella le demuestra puede convertirse para él en una primera señal de que “si hay cacería… habrá presa”. (Si usted tiene un ‘mejor amigo’, léale a su marido este párrafo y le aseguro que la respuesta será más o menos así: “¡Cómo se te ocurre que vaya a desconfiar de Andresito, si él es un tipazo!” Sabrá usted, entonces, que estoy en lo cierto, porque contrariamente a la tradición popular, es cuando decimos no que los hombres decimos sí).

Los hombres corremos detrás de un par de tetas…

FALSO: También corremos detrás de un buen culo.

Los hombres les tenemos miedo a mujeres como Isabella Santodomingo…

FALSO: Les tenemos ganas.

Los hombres, aunque lo neguemos frente a nuestra pareja, adoramos a las ‘lobas’…

VERDADERO: La culpa la tienen Rómulo y Remo.

Los hombres volteamos en la calle a ver el trasero de la mujer que acaba de cruzarse con nosotros por motivos puramente genéticos

FALSO: Volteamos a verlo porque cuando viene caminando hacia nosotros no podemos mirarlo. Anatomía elemental.

Los hombres odiamos a la suegra…
FALSO: Odiamos que llame todas las noches por teléfono, pero nunca la odiamos a ella. Es más, odiamos que entre siete y nueve de la noche nuestra esposa hable con la suegra, las hermanas y aquella amiga que “tiene un problema”, una tras otra, en conversaciones que no bajan de 25 minutos, pero jamás odiamos a ninguna de las mujeres que llama. Clarísimo: no odiamos a la suegra; odiamos al teléfono.

Los hombres no estamos dispuestos a ceder el control remoto del televisor a nuestras mujeres…
VERDADERO: Si ellas tienen el control de nuestras vidas, ¿es mucho pedir que nos permitan conservar el control del televisor?

Los hombres siempre estamos mirando a las mujeres como si sólo fueran libras y libras de carne de primera…
FALSO: Lo hacen con más vehemencia las mujeres. Una mujer puede repasar por 20 minutos cada foto de la revista SoHo y sólo una mujer mira de pies a cabeza a otra en la calle, y luego es capaz de rendir un informe pormenorizado de sus curvas, ropa, peinado, zapatos y clase social. Las mujeres miran más (y con más detalle) a las mujeres que los hombres.

Los hombres soñamos con tener una reina en casa…

FALSO: Queremos una reina en cama, pero en casa siempre nos atrae más alguien que, además de amarnos, haga todas las cosas que hacía mamá. Los hombres, todos, somos hijos de nuestras esposas.

Los hombres no leemos revista femeninas…

FALSO: Nunca las compramos, pero leemos cuanta revista femenina se nos pase por delante… y hasta escribimos en ellas.

*Nota: No he usado mi segundo apellido al firmar esta columna con la esperanza de que si mi mujer la lee piense que quien la escribió es mi papá, que se llama igual que yo. Ojalá, cuando la lea mi mamá, por el bien de papá, piense que la escribí yo.

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