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Nuevos y equívocos placeres

Carmen Posadas

Nuevos y equívocos placeres  Ilustración: Ivette Salom

Se echan de menos hasta los placeres más equívocos siempre que sean lo suficientemente intrigantes. De momento no sé nada sobre unos mensajes de voz en el celular, que un anónimo se empeña en grabar, a costa de quedar empeñada.

Tengo un admirador anónimo que, me temo, será mi ruina. Lo cierto es que desconozco todo sobre él. Para empezar, desconozco sí, como cree mi vanidad, es un admirador o tan sólo un bromista; o tal vez, quién sabe, se trate de un enemigo a juzgar por el dineral que me está costando este extraño romance.

Desconozco también si él sabe a quién dirige sus extraños mensajes o lo hace, así, a buen tuntún, pues debería explicar antes que nada, para no hacerles a ustedes un lío, que mi festejante —al que jamás he visto y ni siquiera he escuchado su voz— se dedica a dejar memensajes musicales (retazos de ópera para ser más precisos) en el buzón de voz de mi teléfono celular

La cosa sería agradable (tiene buen gusto musical, mi misterioso amigo) si no fuera por un detalle técnico. Por alguna extraña razón, todos los mensajes operísticos quedan registrados en el contestador de mi teléfono móvil del que una voz musical ( y carísima) los hace salir en un goteo interminable que comienza así: “Este es su servicio contestador XXXXX; ha recibido 15 mensajes nuevos” (y a casi un dólar por conexión hagan ustedes la cuenta).

Acto seguido, entra en acción mi terrorista operístico que ha dejado grabado, pongamos por caso, ese fragmento de La Figlia del Regimentoque dice… «Che voi m’amate» (otros 30 centavos el segundo, más o menos). Lo grave del asunto es que yo adoro la ópera y me quedo como una estúpida pegada al teléfono en los lugares más inoportunos: en mitad de la calle, en un ascensor, incluso ahora que escribo estas líneas tengo cerca de mí el teléfono por si suena…¡Ah!, porque esa es otra: una se acostumbra a esos detalles telefónicos tan sentimentales y ya no puede prescindir de ellos. 

He dicho antes que no sé nada de mi misterioso ‘Rigoletto’, pero debería corregirme. Sé muchas cosas. Sé cuando está melancólico porque entonces me acuna con L’Elisir D’Amore dejando caer una fortiva lacrima. Sé cuando le ha idobien el día porque entonces se pone muy verdiano y me regala con un Ritoma Vicitor! cantado por Pavarotti que suena a gloria pura. 

Y también intuyo cuando mi anónimo héroe ha tenido algún contratiempo con ¿su esposa? ¿su novia?, en fin, con alguna mujer menos virtual que yo, porque entonces se dedica a bombardearme con distintas versiones de La Donna e Mobile, y no en sus mejores versiones debo decir. En una ocasión, derroché cinco minutos tratando de descifrar de quien podía ser la voz que coreaba de fondo dicha aria de Verdi con mucho más sentimiento que talento. 

Sin embargo, fracasé por completo: se trataba de una voz atractiva pero completamente desconocida para mí. En esta intriga estoy y lo cierto es que me está volviendo bastante desconfiada. ¿Será un mensaje en clave? ¿Quizá una sutil venganza por parte de alguien que pretende tenerme en vilo con tan original sistema? ¿O se tratará —como mi absurda fantasía desea— de un romántico amante del belcanto que conoce mis debilidades operísticas? 

Cuando consiga averiguar algo más y si no me he arruinado del todo con tan diabólico invento (o me he dado un trastazo en mi coche atendiendo a las llamadas de mi contestador en medio de un atasco, cosa que también podría suceder), prometo comentarles el resultado de mis pesquisas. De momento no sé nada. Y ahora disculpen: vuelve a sonar mi celular. 

Espero fervientemente que sea él y no una aburrida llamada de trabajo. Ya, ya sé lo que me van a decir, que no conteste, pero no puedo resistirme; así es la naturaleza humana: uno acaba echando de menos hasta los placeres más equívocos siempre que sean lo suficientemente intrigantes. ¿Aló?

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