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¡Qué guachada! Foto: Cortesía Odette Chahín

Un aforismo de esos motivantes dice: “Cuando naciste, tú llorabas y los demás sonreían. Vive tu vida de tal manera que cuando se termine tú estés sonriendo”, ¡sólo que no se aplica al amor ni cuando empieza ni cuando termina! ¿Habrá que aguantarse todos los matapasiones masculinos: hablar con la boca llena, su marca de territorio en el inodoro y sus hedores?

Tengo un amigo que se casó hace poco, aunque su verdadero amor es Natalie Portman. Sin exagerar, creo que antes de consolidar su unión, él le advirtió a su prometida que con la única mujer con la que le sería infiel, sería con Natalie. Según mi amigo, él ama a Portman como sea; ya sea de stripper, de princesa Leia (con todo y su peinadito absurdo) y hasta como heroína rapada. Pero, me pregunto si su pasión por ella seguiría ardiendo si Portman, por ejemplo, se sacara los mocos o tuviera un tatuaje nazi en su trasero.

Todo amor tiene su limite. En teoría, los casados deben permanecer juntos hasta que la muerte los separe. Pero, para los que todavía estamos solteros las reglas cambian, y sólo permanecemos juntos hasta que el otro la caga. Y, bueno, muchas veces son cachos, pero otras tantas las parejas se dicen auf wiedersehen! para siempre porque no soportan ciertos imperfectos que vienen con el combo (en su defecto, hombres que parecen distribuidores públicos de gas natural, rascadores crónicos de vellos púbicos o dispensadores de eructos) y hacen una transición acelerada de hombre perfecto a candidato para ‘el mejor guache del año’.

Cuando uno está empezando a salir con alguien, al principio uno sólo muestra lo bueno y lo bello, y se esmera por esconder todo lo que pudiera desencadenar el Apocalipsis. Ella se depila donde se debe, se aguanta ver los partidos de fútbol y hasta escuchar a Diomédez Díaz; él, por su parte, usa perfume, se aguanta ver las películas románticas de la Witherspoon y desempolva su etiqueta cuando van a comer. Hasta que llega el día en el que todo cambia, y hay un pequeño terremoto en la relación cuando uno presencia alguna matapasión. Llega ese momento “oh–oh” en el que le muerde a uno la duda si esa es la persona con la que uno quisiera compartir el resto de su vida, o qué diablos…
A cada uno se le revienta la burbuja del encantamiento en algún momento… Algunas los tienen en el baño cuando ella descubre que a él se le olvida bajar el agua.

Una amiga tuvo su momento crítico en Navidad cuando se dio cuenta de que su novio se creía el Che Guevara y les dijo a sus primitos que Santa Claus no existía. Yo he tenido varios momentos “oh–oh” sobre las pistas de baile, cuando me doy cuenta de que mi date es más arrítmico que japonés bailando joropo, eso es lo que yo llamo una matapasión o como le dicen los gringos un turn off.
Creo que en el fondo todos tenemos algún tipo de mandamientos que tiene que cumplir la persona que quiera salir con uno, porque un sólo comentario o comportamiento puede ser la cáscara de banana en el piso que tumbe la relación. Desde que sea hincha de otro equipo, que se coma las uñas, que diga vulgaridades, que no le guste el cine francés, todas estas son matapasiones que lo hacen a uno reflexionar si una relación es para el ratito o para siempre.

En todos estos casos, uno puede hacer una de tres cosas: 1) hacerse la de la vista gorda y aceptarlos tal y como son, 2) tratar de cambiarlos disimuladamente con regalos y crítica constructiva, ó 3) terminarles por incompatibilidad. Hay que poner en perspectiva la gravedad de estos defectos y preguntarse si uno puede vivir con ellos o matarlos por ello.

Por ejemplo, los hombres de mi familia tienen un defecto genético: todos roncan. Yo no sé cómo han hecho mi abuela y mi mamá para poder conciliar el sueño junto a hombres que suenan como una planta eléctrica. Pero bueno, creo que se aguantaron ese pequeño defecto porque al final del día eso nunca opacó las otras cualidades que los hacen excelentes hombres, amigos, esposos y padres. Unas cosas por otras…

A la hora de la verdad, hay que ver qué tanto pesan estas matapasiones en una relación, a veces uno se tiene que bajar de nivel, o trata uno de subírselo a su pareja para poder llegar a un equilibrio. Miren el caso de Justin Timberlake, él se ha aguantado los eructos de camionero de Cameron Díaz, porque sabe que de su boca salen otras cosas más lindas. ¡Ahhh! el poder del amor… ¿Aún no me queda claro si nos vuelve más tolerantes o más idiotas?

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