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Elvira D’Acero vs. Danielle Steele

Susana y Elvira Susana y Elvira

Elvira D’Acero vs. Danielle Steele Elvira D’Acero vs. Danielle Steele
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La semana pasada, en uno de esos días de desparche, entré a una librería y terminé chismoseando una novela de la famosísima Danielle Steele. La verdad, las primeras páginas me atraparon, y muy a pesar de mi código ético-literario, terminé comprándolo. Me lo leí en una tarde y entendí la “magia”de esta mujer. Me puse un reto: imitar a Danielle Steele para ver qué tan difícil es ser Danielle Steele.
 
Así que aquí está:
 
“Un perfecto desconocido” por Elvira D’Acero
 
André es un tipo no muy alto, trigueño, musculoso, con pelo rubio a la altura de los hombros, y le gusta cortarle las mangas a sus camisas para mostrar sus brazos bien trabajados. Evelyn es un poco más alta que él, le encantan los tacones altos, las botas más arriba de las rodillas, las medias de red, las faldas cortas y los corsés; aunque eso lo deja para la noche, de día siempre permanece sobria y elegante.
 
Evelyn está en su receso de almuerzo. Lleva su falda negra con apertura trasera y unas medias veladas con una discreta raya que atraviesa y alarga sus piernas. Hace calor, se quita la chaqueta y queda con su camisa blanca de botones que deja entrever su brassier de encaje.
 
André tiene que trabajar duro, la hora de almuerzo aún está muy lejana. Seguro tendrá que esperar hasta la noche cuando llegue a su casa para ver qué encuentra en el refrigerador. Está descargando el camión de trasteos justo al lado del café donde Evelyn mira la carta pero no puede decidir qué quiere en esta tarde de sol asfixiante. Parece tener la cabeza en todas partes menos ahí; ha sido una semana dura, llena de números y cuentas por rendir.
 
El hombre trigueño baja del camión un sofá con la ayuda de uno de sus compañeros. El calor y el cansancio han hecho que el cuerpo de André se llene de sudor marcándole cada uno de sus músculos definidos y sus venas se broten. Saca un pañuelo y se limpia el sudor de la frente. Abre su botella medio vacía y se toma las últimas gotas. Su sed es implacable. Mira en sus bolsillos y espera poder comprar algo más para tomar. Entra al café, el único sitio que ve cerca para comprar su bebida. Se acerca al mostrador, pide una cerveza fría y se revisa nuevamente los bolsillos. El dinero no le alcanza.
 
Evelyn, sentada justo en la mesa detrás suyo lo mira de reojo, se para de la mesa y se hace al lado de André. Ella detalla minuciosamente cada uno de sus músculos y su pelo crespo y húmedo por el sudor, e imagina lo que sería que alguien así la tuviera en sus brazos. Saca unos billetes de su cartera y le dice al mesero: “dele lo que él quiera. Anótelo en mi cuenta”.
 
A Evelyn le tiemblan las piernas. La atracción por André ha sido inmediata e intensa. Hace rato un hombre no la hacía temblar así. Sólo pensar en tener a ese hombre entre sus piernas hace que la temperatura suba por lo que decide desabrochar dos botones de su camisa. Regresa a su mesa y se toma un vaso de agua casi de un sorbo. André le agradece el gesto, destapa la cerveza recién salida del refrigerador y se pasa la botella helada por su frente. Se acerca a la mesa de Evelyn, posa sus fuertes brazos sobre el espaldar de la silla vacía y le pregunta si le importa que la acompañe. Evelyn asiente, tímidamente, entreabriendo un poco sus piernas.
 
Empiezan una tímida y anodina charla tratando de cortar la barrera de hielo que se antepone frente a los dos a pesar del intenso calor que emiten. Evelyn toma un portavasos y empieza a abanicarse con intensidad diciendo cualquier cosa para disimular sus nervios. André la mira con lujuria, posando su mirada sobre sus pechos mirando su camisa desabotonada que deja ver un poco el encaje de su brassier. Evelyn se da cuenta y se cierra sólo un botón. André le pregunta por qué lo hace. Ella, sonrojándose, le dice que le incomoda que la mire de esa manera. Sin embargo, cuando él se voltea, vuelve a desabotonarse la camisa, cruza las piernas y pone sus codos sobre la mesa inclinándose hacia adelante.
 
Evelyn se excusa un momento. Se para de la mesa pero al primer paso que da, se tropieza y se rompe un tacón de sus zapatos casi nuevos. André se para rápidamente de su silla y ataja su caída. Toma el tacón de Evelyn y le dice que en su camión tiene pegamento, que si lo espera un momento se lo traerá. Ella insiste en acompañarlo.
 
Salen del café, ella cojea de manera torpe y él la sostiene fuertemente rodeando su cintura con su brazo. Súbitamente, Evelyn tiene un arranque que no entiende. No sabe si desconfía de él y no quiere dejarlo solo con sus zapato Prada de mil dólares, o si no quiere dejarlo ni un solo segundo.
 
André carga a Evelyn y la obliga a sentarse en el borde del platón del camión. Destapa una bolsa de plástico y saca de ahí el pegamento. André desliza su mano por la pantorrilla izquierda de Evelyn hasta quitarle el zapato. Evelyn siente una descarga de corriente que eriza todo su cuerpo. Su mente se nubla y sólo puede pensar en abalanzarse hacia ese hombre, tomarlo con todas sus fuerzas mientras él la estruja con pasión animal.
 
André se prepara para pegar el tacón. Por un momento se detiene y clava su mirada en la de esa mujer que en otrora hubiese considerado inalcanzable. Evelyn le sostiene la mirada y de repente le rapa el zapato de su mano callosa, lo lanza hacia el fondo del camión y se abalanza sobre él, como segundos antes había imaginado.
 
Él la agarra fuertemente de sus muslos y la arrastra hacia él, besándole el cuello, el pecho, lamiendo sus orejas, su cara... bruscamente hala su camisa y los botones salen volando. Por un momento se detiene y la observa. Acaricia sus pechos y los besa con pasión. Mete su mano debajo de la falda ajustada de Evelyn, palpando cada centímetro de sus piernas. Siente su calor debajo de la falda, rasga sus medias y no se puede detener. Evelyn ha liberado un animal enjaulado.
 
Todo pasa de repente. Evelyn se entrega a la cadencia del momento, abraza a André con sus piernas y se libera con pasión desenfrenada. Se siente fuera de sí, completamente sometida a este hombre que no deja de tocar cada centímetro de su cuerpo. Deja que André haga lo que quiera con ella, se somete a su fuerza, a sus besos, a sus caricias violentas, a sus suaves golpes, a sus palabras necias... Se siente sucia. El sentimiento de suciedad solo hace que deseé que ese hombre desconocido la haga sentir como nunca antes se había sentido. Quiere ser una cualquiera, que hale su pelo con más fuerza, que la deje inmóvil mientras él introduce su hombría en su más dulce profundidad.

Los dos siguen el juego sin saber quiénes son, dónde están, ni hacia dónde van. Ninguno sabe nada del otro, ni siquiera sus nombres. Sólo conocen sus cuerpos que han desencadenado la lujuria de la carne, de la pasión prohibida, del desconocimiento absoluto. Sobre todo ella. El juego cada vez se intensifica más y más. Se descubren en cada segundo, en cada caricia. Y así, al unísono se desata esa fuerza vital que nubla los sentidos y los disfraza; los gritos de placer hacen que los transeúntes miren con sorpresa y curiosidad ese camión donde dos desconocidos han desatado toda su lujuria...
 
Pasan unos segundos. Los desconocidos se miran el uno al otro y luego se miran a sí mismos. Están desnudos y sudorosos. André le sonríe a Evelyn. Busca sus pantalones, se los pone y le pasa la camisa sin botones a Evelyn. Ella se cubre tímidamente y no le devuelve la sonrisa. André estira su mano y le dice a la mujer que logró someter: “Mucho gusto. André. Debo continuar descargando mi camión”.


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